SAK LUM(POR: JESÚS VARGUEZ)

FOTO OFIC CHUCHO

 

 

Cuando visitamos por primera vez el municipio de Sacalum;  pueblo donde nació mi padre, todas las historias que me contaron de niño, ocuparon mis pensamientos y avivaron mi curiosidad.  Mis primos llegaron a casa de mis abuelos, dos  tenían catorce años igual que yo, uno un mes mayor y otro un mes menor. Fernando era el más inquieto, además de temerario, Eduardo por el contrario era tímido, pero fornido y más alto que nosotros por quince centímetros.

— ¿Entonces primo mañana vamos a hacer lo que planeamos?—Fernando me miro con picardía y reto. Eduardo a quién llamábamos Wadin me toco en el hombro esperando mi respuesta.

A las tres en punto estábamos en la boca de la mina del sak lum; un tipo de mineral que se usaba para aliviar los dolores de las paperas y comían las embarazadas para procurarse calcio, la mina  pocas personas las explotaban, ya que la boca de la misma la iba cerrando las raíces de un gran álamo que creció en la orilla. “Peligro, prohibido entrar” anunciaba un letrero. Cinco velas, unas galletas y unos biscochos, una caja de cerillos y tres litros de agua eran nuestras provisiones para la gran aventura.

No fue muy difícil entrar a la mina, excepto para  Wadin por su corpulencia. Cuando llegamos al fondo como a unos siete metros de profundidad, la cámara se dividió en varios túneles lo suficiente amplios como para estar de pie y avanzar. Fernando señalo el de la izquierda, encendimos una vela y comenzamos a caminar, parecía que el tiempo  se había quedado esperándonos afuera, el olor  a sak lum que conocía por haber sentido su frescor por una semana cuando  me enferme de paperas, se metía por nuestras narices, las paredes se sentían húmedas, nuestras sombras al reflejarse en las paredes se estiraban y se encogían por el parpadeo de la llama de la vela

—Oigan se acabó una de las velas debemos regresar—comento Fernando a la vez que encendía la segunda. Los tres estábamos de acuerdo para un día eran muchas emociones, apenas dimos unos paso para volver, escuchamos que algo se arrastraba hacia nuestra dirección, el miedo nos hizo correr aullando como perros apaleados, cuando nos detuvimos no sabíamos en que parte de los túneles nos encontrábamos. En aquel silencio el sonido de nuestras tripas parecían fieras rugiendo, comimos unas galletas y unos sorbos de agua, y guardamos una reserva por si acaso.

Conforme las  velas se iban agotando una sensación como de hormigueo me llenaba el estómago, ¿y si no encontrábamos la salida?

— ¿Qué será lo que se ve en ese rincón?—el dedo tembloroso de Fernando señaló un bulto que apenas  podía verse con la luz de la vela. Los  tres nos acercamos con más miedo que curiosidad, lo que vimos nos puso los pelos como puerco espín. Era un esqueleto entre harapos, la mandíbula abierta de la calavera hacia deducir que había muerto de terror, a su lado un atado de velas, un machete y una picoleta pequeña.

— ¿Será don Dionisio, el anciano que dicen que se perdió aquí hace veinte años?—comento asombrado Wadin.

—Tal vez. Lo importante es que tenemos velas y estas herramientas ¡vamos tenemos que seguir!—ordeno Fernando.

Con el ánimo reavivado, seguimos caminando sin más guía que el instinto. Todo el tiempo que avanzamos, cuando había una bifurcación doblábamos a la izquierda, la próxima decidimos doblar a la derecha, cual sería muestra sorpresa al topar con un cenote y una pared de tabique sobre un cerro de piedras. Subimos con cuidado y Wadin empezó a golpear con la picoleta la pared. El sonido del agua al agitarse nos detuvo, al voltear vimos como el agua del cenote iba subiendo. El sonido hacia subir el nivel del cenote

— ¿Qué vamos a hacer? —dijo Wadin—si sigo golpeando se va a llenar este lugar y nos vamos a ahogar si no hay nada del otro lado—los tres no miramos y decidimos; ¡sigue golpeando! Cada golpe volvía más estruendoso el rumor del agua al subir y Wadin golpeaba con desesperación y coraje. Ya el agua fría nos llegaba a las rodillas cuando la punta de la picoleta atravesó la pared. Nuestros ojos acostumbrados a la semioscuridad fueron heridos por las flechas de la luz del día. El agua nos subía por  el pecho. Con todas sus fuerzas mi primo abrió un boquete, por el que fuimos empujados por el rebosar del cenote… ¡estábamos en el altar de la iglesia de San Antonio de Padua de Sacalum!

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