LA NIÑA DE LA IGLESIA(POR: MARÍA TERESA MORENO)

tarjeta de ma teresa moreno

 

Ulises manejaba su taxi ansioso por llegar a casa. Era ya bastante tarde. La jornada había sido especialmente pesada ese día y lo único que quería era llegar con su esposa, cenar algo e irse a dormir.

 

De pronto, al pasar por una calle poco transitada, vio a una jovencita que levantaba la mano para que se detuviera. Con fastidio, Ulises fingió no verla y siguió de largo ya que no quería seguir trabajando. Sin embargo, un par de cuadras más adelante se arrepintió al acordarse de su hermano, el cual había muerto tiempo atrás en medio de un violento asalto, todo por estar caminando solo en la noche.

 

Muy preocupado dio la vuelta y regresó esperando encontrar a la muchacha. Por suerte así fue. La chica subió al asiento trasero con timidez y cuando la vio de cerca, Ulises se percató de que era linda y muy joven. No podía tener más de dieciséis años.

 

—¿A dónde la llevo, señorita? Ya es muy tarde y no es bueno que ande usted sola por ahí.

 

—Por favor, lléveme a la iglesia más cercana. Tengo que alcanzar la última misa de la noche.

 

Extrañado, Ulises se dirigió a una parroquia conocida. Allí se bajó la chica, pidiéndole de favor que la esperara en lo que terminaba la misa. Así lo hizo y al salir de la ceremonia, ella volvió a subir al taxi y le pidió que la dejara en el cementerio.

 

—¿El cementerio? ¿No prefiere que la lleve a casa?

 

—No se preocupe, yo vivo muy cerca de allí.

 

Ulises se dirigió al camposanto y antes de salir, vio como la muchacha se quitaba un relicario de oro del cuello.

 

—Tome, señor. No tengo dinero para pagarle, pero si le lleva este relicario a mi papá, él le pagará lo que corresponde. Aquí le dejo la dirección.

El taxista miró un momento la joya y cuando alzo la mirada, apenas un segundo después, la chiquilla había desaparecido. No la había escuchado bajar del auto, ni abrir la puerta,

 

Confundido retomó el camino a casa, pensando que de seguro el cansancio le estaba afectando.

 

Al día siguiente se dirigió al domicilio indicado para entregar el relicario y recoger su paga. Le abrió un señor de edad avanzada, quien se quedó perplejo al escuchar lo sucedido durante la noche anterior.

 

—En efecto, este es el relicario de mi hija, yo mismo se lo regale —confirmó—, sin embargo, no puede ser lo que usted me está contando.

 

—¿Por qué lo dice, señor?

 

—Porque mi hija murió hace varios años —le confesó el viejo con tristeza—. Y lo que más me duele, es que éramos tan pobre que nunca pudimos hacerle una misa de despedida. Dicen que el alma de la muchacha envió al taxista con su padre, para que supiera que finalmente había ido a misa y ahora podía descansar en paz.

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