KUXTAL BILIM(POR: ANA FERNANDEZ)

 

 

 

Pablo Kalan nació en Bilim, al oriente del estado de Yucatán, era un pueblo tan pequeño que las familias que ahí habitaban solo se contabilizaban hasta diez. El canto del gallo, anunciaba la bendición de un día más de vida y una sólida jornada de trabajo desde el apuntar del alba hasta el ocaso; los sueños eran escasos, pues la realidad les hacía poner los pies sobre la tierra, bastaba con mirar el horizonte para comprobar que no había lugar para las ilusiones y mucho menos oportunidad para conquistarlas.

Pese a todo lo anterior, la estancia en este lugar era un paraíso terrenal, las copas de los árboles se encontraban repletas de frutos suculentos en casi todas las estaciones del año, el trino de las aves, el cacareo de las gallinas y el aroma de las flores de campo parecían congeniar para dar alabanzas al creador; el olor del atole nuevo por las mañanas y el de los guisos del almuerzo como el caldo de gallina de patio, el escabeche, el tomate con pepita, entre otros, se impregnaba en el aire incluso a kilómetros de la casa de paja, salvo la “comida para los gran señores” que solo los “elegidos” podían cocinar. Según una leyenda maya, cualquier otro platillo estaba al alcance con tan sólo desearlo; el placer de disfrutar de los frutos del trabajo, no tenia precio alguno. Sin embargo, la exigencia a la tierra de proliferar rápidamente  era un poco desmedida e inconsciente.

De manera abismal e inesperada, al término del más caluroso verano, plagas de insectos azotaron la región, los pocos cultivos que no habían sido cosechados se desvanecieron en un abrir y cerrar de ojos, la tierra se tornó infértil, el agua escaseaba y en la mayoría de los hogares se sobrevivía con las reservas de meses pasados, ya que el trasladarse a otro poblado en busca de alimentos era cansado, peligroso y a veces con resultados nulos. Los meses pasaban y las cosas permanecían tal cual, Bilim estaba sumergido en la miseria, a duras penas se cosechaban leguminosas y hierbas para subsistir, su estado actual le hacía perfecto honor a su nombre. Los meses pasaban y sólo quedaba asimilar un fin prematuro.

Una mañana totalmente ordinaria, repleta de los estragos de la hambruna, Pablito se encaminó hacia el pozo que estaba cerca del barranco, antes de llegar a la milpa, ya que el fresco del otoño le había resecado un poco la garganta y el agua del Chúuj no sería suficiente para saciar la sed hasta el atardecer, mirando su reflejo en el agua cristalina, notó la presencia de un ser extraño y pequeño al otro extremo del brocal.

El pequeño hombrecito media poco más de  medio metro, era tan oscuro como el barro y colgaba una medalla brillante en el cuello; ambos se observaron fijamente en un tiempo semejante al que se concreta un bostezo, hasta que el enanito tocó a Pablo en el punto medio de la frente y manifestó lo siguiente:

“Las plagas destinadas a Bilim no son sino una simple advertencia, tu pueblo explota la naturaleza para beneficio propio, cada uno de ustedes representa una amenaza para nuestra madre Tierra y por tal motivo ella decidió darles una lección, al menos la mitad de los integrantes de cada familia morirá de hambre”

Pablo no pudo más y rompió en llanto, había contribuido al deterioro del hábitat común y la culpa le pesaba demasiado, tampoco quería ver padecer a sus seres queridos,  segundos después de esclarecer sus pensamientos cayó de rodillas ante aquel ser de extremidades tan peculiares  y con un nudo en la garganta suplicó piedad, parecía que su insistencia era en vano, pero nada lo detenía.

Luego de notar bondad en su corazón, Kuxtal, que era el protector del campo y ante quien se encontraba Pablo, tomó la medalla que prendía de su cuello y se la otorgó al campesino, ordenó sembrarla y esperar hasta que produjera por sí sola, y así lo hizo Kalan; a los primeros rayos del día setenta, un arbusto tan alto como el cielo y con múltiples ramas florecientes yacía a los pies de Bilim, era relucientemente dorado, como un reflejo del sol,  todos los pobladores aplaudieron con emoción y agradecieron la nueva oportunidad que se les había dado ya que semejante arbusto era suficiente para alimentarlos por siglos; Kuxtal fue testigo del cumplimiento de su mandato, antes de retirarse otorgó a Pablo el título de Elegido y le concedió la gracia de poseer el mejor sazón, todo con la condición de siempre estar agradecido con la madre Tierra.

Cada inicio de primavera, en honor a la dicha concebida de la vida, Pablito prepara Papadzules, nombre común que le asignó a la “comida para los gran señores” que desde hace siglos anunciaba la leyenda más antigua de su civilización y que solo pudo degustar gracias a su título de Elegido.

 

 

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