EL ARCA(POR: JOSÉ GARCÍA)

JOSÉ GARCIA

 No había lugar más seguro que el cuarto de lavado. Cubría los oídos con mis manos para no escuchar los gritos. Después de las seis de la tarde ella cambiaba. Mostraba su enojo hasta en la manera de cortar la cebolla. Y todo, porque  seguramente  papá llegaría borracho. A mis ocho años conocí el miedo, sus gritos  me herían, aceleraban mi corazón y humedecían  mis mejillas.

Llegaba pateando todo lo que encontraba en su camino. Lo primero que gritaba era el nombre de ella  y en sus ojos rojizos  rebosantes de alcohol, su mente embrutecida con dificultad hilvanaba palabras. La amenazaba como poseído y luego caía, vencido de cansancio hasta la mañana siguiente. Ella, no lograba ocultar los golpes con el maquillaje.

¿Si, era una bestia? ¿Porque seguir con él?…Son cosas que no entendía.

Un día como tantos dejé de escuchar su  grito, su  palabra suplicante y los golpes secos. Desde mi escondite, lo vi   jaloneándole el cabello, arrastrando su cuerpo indefenso .Me asusto tanto la escena que salí con los puños apretados, la mirada puesta sobre el enemigo  y  tomar lo primero que encuentre en el trayecto. Me armé de  valor.

En la mano un pedazo de leño fuerte. De reojo me vio llegar y sin inmutarse me sonrió con ironía y reto. El  ver el rostro de mi madre ensangrentado hizo que  le asentará un fuerte golpe en la cabeza  que lo apartó. “!Un segundo golpe lo acaba ¡”…pensé. La bestia solo me miraba vencido y  esperando su final.

No pude hacerlo. Es quien me dio vida…es mi padre ante todo.

Tiré el leño y  abrace a mi madre. Lloramos junto aquel ser  humillado. Él, se puso de píe y ante nosotros con los ojos llenos de lágrimas sus palabras sonaban limpias, sinceras, puras por primera vez. Juró cambiar, respetarnos. Los siguientes días cada vez que el alcohol tienta a papá, se toca la cicatriz de la  frente, mira  al cielo y  me bendice por que  ACTUÉ  con RESPETO.

***

Ahí estaba Doña Meche. Sentada junto al  amplio ventanal  sosteniendo su bastón. A sus 78 años según ella, todavía tiene las fuerzas necesarias para valerse por sí sola.

Cada vez que pasaba  me saludaba con un ademán de mano. A esa hora sale el periódico de la tarde y con lo que me pagan ayudó para los gastos de la casa. No he descuidado mis estudios pero la jefa ya no aguanta el lavar  ajeno. La escucho por  las noches quejarse.

Con tantos pendientes hasta me olvido de comer, pero gracias a aquella viejecita y sus elotes recién cocinados que me convida, aguanto para la cena.

No le he querido preguntar dónde están sus hijos. Hace tres meses que nadie  va a verla y si no fuera por los buenos vecinos que le regalan un plato de comida y los “chescos”  y  dulces que vende, quien sabe que hubiera sido de  ella.

Por ser buena persona conmigo todos los sábados le arreglo su pequeño jardín y sacudo sus ventanas. Cuando estira su mano para darme unas monedas me niego a ello  y  me lo canjea con una dona azucarada.

Ya de noche saliendo del periódico el camino obligado es su casa. Un foco de luz pálida alumbra el único cuarto de la vivienda  cuidada por “manchas”, un perrito callejero que se regaló en su patio y le hace compañía.

Aquella mañana salí temprano del colegio. Me dirigía al periódico y me detuvo el  movimiento de gente aglutinada en su casa. Hasta policías presentes. Me puse al tanto del asunto y me dejó triste saber que la habían asaltado. Por fortuna solo se llevaron su caja de cartón donde  guarda su venta. No dejaba de llorar…claro, a su edad pasar por eso.

Habían partido todos. Pasaba a despedirme cuando me tomó del brazo, miró a los lados cerciorándose  que  nadie este. Me sentó a su lado y me susurro al oído:

¡Sé quién fue!  Con  ojos saltones  afirmo…

¡Fue mi hijo! … El que me abandonó.

A los dos días del suceso pasaba con mis revistas. Varios policías salían de su casa moviendo la cabeza como de frustración y haciendo  gestos  con las manos.

En interior. Doña Meche le acariciaba el cabello a una persona madura que arrodillada le pedía perdón. Me invito a pasar, nos presentó…y supe que era el hijo perdido y el que le robó por desesperación para seguir bebiendo. Con los ojos humedecidos y con palabras cortas le decía: el CARIÑO  y  el  AMOR  de una  madre…perdona todo.

Al día siguiente  camino al periódico  nos saludamos los tres  con una sonrisa.

 

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