DESDE OXKUTZCAB DE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

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REMEMBRANZAS

 

En los pueblos como el mío, siempre hubieron personajes que sin ser de gran linaje dejaron huella con sus sencillas historias, quizá por haber tenido ellos mismos, una vida sencilla, a veces en extremo sencilla, debido a esto, por ser un tanto diferente a los cánones sociales de ese tiempo, dejaron recuerdos, que por desgracia, se van diluyendo con los vientos del tiempo. Para las generaciones venideras, serán fantasmas muertos si no rescatamos su memoria.

Así podemos nombrar a “Gordo Camas” quien desde muy temprano, repartía hielo en  una vieja carretilla de madera a los  diferentes puestos que lo requerían. Para las once de la mañana, ya por completo beodo, empujaba su armatoste lanzando maldiciones a diestra y siniestra, siendo icónico su grito: “Yo soy quien soy y no me parezco a nadie, hijos de su p…” así, hasta que los vapores del aguardiente lo vencían y se quedaba dormido en cualquier banqueta. Bajito de estatura, tez blanca y ojiverde, fue la rutina del pueblo en la década de los cincuentas, hasta que la muerte le encargó hielo para el más allá. A pesar de ser un referente para el pueblo, murió sólo, arrimado y con una pierna menos, en la comandancia de policía, siendo acompañado para ser enterrado, sólo por los tres agentes que lo trasladaron a panteón.

Otros fueron Isabel Serralta (Chabelo) y don Juan (Se me escapa el apellido) voceadores y repartidores de los periódicos de aquel entonces, bebedores empedernidos. De los dos, fue Chabelo el que dejó más recuerdos. Difícil era entender lo que hablaba pues lo hacía casi como un murmullo, como hablando consigo mismo y peor cuando llevaba ya unos alcoholes encima, pero al cantar acompañado por alguna guitarra, lo hacía con una voz ronca que le daba un estilo especial a sus interpretaciones, ganándose con ellas el derecho a unos tragos. Ambos fallecieron víctimas de Baco.

No podemos pasar por alto a Castañón, pues no puede faltar en los pueblos un poeta, menos en las décadas de los cincuentas y sesentas, tiempos de aventuras y ansiedades, culpa de los amores platónicos que ponían a flote al romanticismo que nos hacía leer a Nervo, Byron, Bécquer y cuanto libro de poesías que se nos atravesara. Más las serenatas.

Enjuto, con su clásica figura de tímido enamorado que se sancocha en su propio caldo de amores imposibles, hombre de pocas palabras quien vivía en un cuarto sin ventanas y con piso de tierra y piedras, en cuyos resquicios brotaba la yerba en tiempos de lluvia.  Es posible que jamás haya usado zapatos cerrados, pues sus pies terminaban en unos dedos desparpajados, que se parecían más a los de un campesino que a los de un escribidor. Y esto viene al caso, porque en una ocasión participó en un torneo de las flores en la ciudad de Mérida y el poema con el que participó fue de los finalistas (prometo recuperarlo, si lo encuentro en la Hemeroteca) ocupando el segundo lugar, aunque algunas participantes sudamericanas opinaron que merecía el primero que fue otorgado a un participante de Mérida con apellido de rancio abolengo.

Al parecer, según relatos, el presidente municipal de aquel entonces, le compró unos zapatos “choclos” que fueron su tortura durante todo el evento, deseando más que algún premio, retornar al pueblo para poder descalzarse el tormento de todo el día. Como todo poeta pueblerino, él, que cantó al amor y a la mujer, murió célibe y…. sólo.

SOLOVINO

Aquí en mi pueblo vivieron personas que aparecieron de la nada y así mismo desaparecieron. Cuando el transporte principal era el ferrocarril (Aquel que quemaba leña y caminaba sin prisas) el punto de reunión dela gente, era precisamente la estación del tren. Acá en mi pueblo acostumbraba esta inmensa oruga, descargar el exceso de vapor de sus calderas, para regocijo de los niños que se metían entre la nube caliente de agua y salir empapados.

Un buen día, al disiparse la nube de vapor, apareció A’ (Pronúnciese como una “a” afrancesada, gutural), rechoncho, prieto, pelo ensortijado y cojeaba ligeramente del pie izquierdo.

Avelino, porque así se llamaba, se dedicó un tiempo a hacer mandados y se le veía desde muy temprano en el mercado del pueblo, atento para con los que solicitaban sus servicios. Con el paso de los meses, cuando ya era un personaje conocido, comenzó de pronto a pedir limosna o comida y eran pocas las veces que se acomedía a realizar algún trabajo.

Por ese tiempo, la oficina de correos se encontraba a un costado de la iglesia donde ahora se encuentra la sacristía y la encargada era la señorita N quien vivía en el mismo sitio, alternando las labores domésticas con las propias del correo.  Como la cocina estaba a un tiro de piedra del cuarto donde atendía a las personas que venían a depositar o recoger su correspondencia, éstos podían adivinar, por el aroma, lo que la señorita N preparaba para comer.

Sucedió que un día, pasando Avelino por el sitio, se le hizo irresistible aroma de los frijoles recién cocidos por lo que acercó al sitio y en un descuido de la señorita N al atender a un cliente, se apoderó de la olla aún caliente, emprendiendo veloz carrera y subiendo a una de las palmeras que se encontraban en el atrio de la iglesia y lógico, la dueña de tan tentador guiso salió corriendo y vociferando tras el osado tunante lo que atrajo a un buen número de curiosos.

Dichas palmeras tenían una altura aproximada de unos seis metros, lo que no fue impedimento para que A’ se sentara cómodamente en la copa a disfrutar tan antojado manjar, haciendo caso omiso de los reclamos que le hacía la gente por la parte de abajo. No  supe cuál fue el desenlace de tal aventura, lo que sí me dijeron, es que al día siguiente el pueblo amaneció sin Avelino. Jamás se volvió a saber de él.

CAVALONGA

Otro personaje fugaz en la historia del pueblo, lo trajo también el tren que provenía de la población de Peto que se encuentra a unos setenta  kilómetros más al sur de mi pueblo. Cuando el ferrocarril venía de esa dirección, llegaba acá, en la estación  entre las cinco y seis de la mañana. Un día, bajó de uno de los vagones un hombre todo porte, flaco, moreno, digno en su andar y su vestir que no podía pasar desapercibido. Pantalón de casimir, desleído por el uso, un saco negro con algunos remiendos y brilloso ya por el paso de los años, una camisa que en sus buenos tiempos fue blanca, corbata a pesar del calor que se siente por estas latitudes y zapatos negros limpios, rotos, pero limpios.

Con paso firme y  seguro llegó al mercado, aquel de techo de láminas con forma de pagoda que tan buenos recuerdos nos dejó a los que entonces éramos niños, y en el costado que mira hacia la iglesia, en el piso, extendió una manta y comenzó a acomodar de manera ordenada, hilos de distintos colores, agujas de variados tamaños y formas, dedales y otros objetos relacionados con la costura que sacaba de una caja de cartón que hacía juego con su vestimenta. De eso vivía.

Siguió por varios meses la rutina de llegar en el tren de las cinco de la mañana y tomar el de las cinco de la tarde, para sepa Dios donde, después se quedaba algunas noches a dormir en los andenes del ferrocarril o en el mercado mismo y sólo se ausentaba tomando el tren de la tarde, cuando tenía que surtirse de más hilos, agujas y dedales. Un día tomó el ferrocarril en el horario y dirección equivocada y no volvió jamás. Cabalonga o Covadonga le decían, nunca supe su nombre, ni nadie del pueblo lo recuerda.

Fueron varios los que llegaron de la misma manera. Muchos recuerdan tal vez  Bat man, puso de moda el transporte de mercancías en una carreta de tracción humana: de la estación del ferrocarril al mercado municipal, en los tiempos en que despertaba el comercio de frutas a una escala mayor, todo sudoroso, requemado por el sol por la costumbre de trabajar sin camisa.

Lo mismo se han de acordar muchos del panadero aquel, quien desde las cuatro de la madrugada, pasaba por las calles pregonando pan calientito para el desayuno y que muchos agradecían, pues  existía la costumbre de ir a la “milpa” muy temprano. Era despertador puntual su clásico grito de “¡ceeeees! apócope del pan francés que era el más solicitado.

 

ALGUNOS FUERA DE SERIE

Comenzamos con Omar. Un individuo ciego que se desempeñaba como diligenciero,  es decir, viajaba  la ciudad de Mérida a realizar compras para la gente que no podía o no tenía tiempo para viajar, ya que por esa época apenas comenzaban a circular los autobuses y se tardaban hasta 4 horas para llegar a la capital.

Este señor se acompañaba de una persona que le ayudaba a cargar los canastos de comercio en comercio hasta terminar con todos los encargos y retornaban al pueblo para hacer entrega de los encargos, nunca se hizo “bolas” con las cuentas, ni para bien, ni para mal.

Otro ciego (aún vive) es Basilio. Cuando era más joven hacía entrega del periódico a las personas que tenía abonadas. Caminaba por todo el pueblo sin “Lazarillo” y quien sabe porque artes, al llegar a los domicilios de sus clientes los llamaba por su nombre para entregar el periódico. Cierto que el pueblo era más pequeño, pero sus calles eran más complicadas de caminar, como en el caso de las casas que se encontraban a lo largo de la las vías del ferrocarril, que eran tan sólo una veredita rodeada de maleza y piedras – me guío por el viento en las esquinas – contestó cuando le preguntaron cómo sabía dónde andaba. Ciego de nacimiento, pero con los múltiples trabajos que realizaba, logró formar y criar una familia.

Y había un tercero, Estrella me parece que se llamaba, osado como sólo lo puede ser un ciego, un día, en el centro de la población, pidió prestada una bicicleta y navegó dentro de su ceguera por un rato, hasta que vino la inevitable caída que el celebró con sonora carcajada.

 

 

 

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