LUZ DE LUCIÉRNAGAS* (POR: JOSÉ SALATIEL TEC POOL)

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Cuando puso los primeros puños de pepita pelada y semitostada en el molino de mano, tuvo algo así como una hilera de vivencias que vinieran de repente. Como si parte de su vida volviera hacia atrás, como un suave golpeteo de palomas en el viento, como espirales de humo girando siempre en sentido contrario a sus deseos. Tal vez por eso no quiso mirar por la ventana abierta de la cocina, donde escapaban libremente los olores de sus guisos, porque ella era algo así como una torcaza enjaulada, por voluntad propia, inmersa en sus dolores temblando como un suave pétalo de rosa, cada vez que oía hablar de libertad.

Apretó con más fuerza las mariposas que sujetaban las espirales del molino. Luego metió una de sus manos en el recipiente con agua de epazote y roció  la pepita para que saliera húmeda y oliente, destilando gruesas gotas de aceite, como lágrimas traslúcidas perdiéndose en la vasija bajo el molino, que hacía estallar con suavidad las semillas humedecidas y olorosas. Cuando volvió a meter la mano en el agua de epazote revolviéndolo con parsimonia….

“Ahora revolvía el mar. Estaba ahí porque la “chichí” le dijo, cuando salió huyendo de su casa por los golpes de su padre, que buscara el puerto para apaciguar su alma. Que le contara todo su infortunio a las olas para que llevaran sus penas hasta donde no pudieran encontrarla de nuevo. Pero no le dijo que ese inmenso mar doliera mucho. Que esa extensa libertad azul fuera en si misma dolorosa, y ella lo comprobó, cuando hundiendo sus manos en el agua, levantó un poco de las olas y lo roció suavemente en una parte de su espalda, sintió como una daga quemantísima hundiéndose en su carne, como veneno de serpiente corriendo a través de las heridas producidas por los cintarazos de su padre. Permaneció en silencio de rodillas en la arena. Cerró los ojos y dejó que el mar con sus olores y sonidos se escurrieran en cada parte de su alma, porque sintió que nunca más volvería a verlo, porque había decidido guardarse a sí  misma, como en un frasco de condimentos, para que nadie la alcanzara con tenazas hirientes. Por eso quiso apresar al mar de esa manera, así como lo hace un caracol marino…

Cuando abrió los ojos….

“La pepita que había molido en su totalidad, reposaba en el recipiente como un pedazo de tierra café y fragante a pan recién horneado. Acercó el agua de epazote, y con esa precisión que había desarrollado en sus manos, fue sumergiendo poco a poco la pepita molida, disolviéndola lentamente hasta convertirla en un caldo espeso y oloroso. Lo dejó reposar por un momento para que se mesclaran los sabores de la tierra. Prendió un fogón con displicencia. En una olla mediana puso agua con una pizca de sal, y colocó los huevos para sancocharlos. Prendió luego el otro fogón y colocó el comal para calentarlo. En su mesa de trabajo colocó la masa humedeciéndola poco a poco, mientras la amasaba, y con la misma destreza en las manos, comenzó a darle forma a las tortillas que iban reposando en el comal cuidando que no estuvieran tan cocidas para que pudieran soportar el remojo del caldo de pepita sobre ellas.

Lo caliente del fogón, le trajo a la memoria, su cuerpo y corazón de mujer recién nacida al amor…” Cuando lo vio por primera vez, no supo amarrar su corazón de nueva cuenta” Lo dejó sentir con libertad, como quien corta el hilo de un papagayo en pleno vuelo. Y entonces se deshizo en suspiros y melancolía, mientras fueron y vinieron cuatrocientos días con sus noches de andar revoloteando como mariposa en las manos de su amado bajo los ojos luminosos de la noche. Hasta que una vez…

– ¡Si quisieras vivir conmigo – le dijo el hombre en un murmullo parecido al de un lobo adormecido – me dedicaría por completo a hacer de ti la más feliz de las mujeres!

–¡He vivido tantas cosas repletas de tristeza, que no sé si la felicidad que me prometes, pueda ser suficiente para vivir contigo!- le dijo ella con un temblor en el corazón, como un presentimiento.

-¡La única forma de no cumplir con mi promesa, sería que mi vida se terminara!

-¡Entonces quiero, con  toda el alma! le dijo ella, con esa voz que dejaba entrever la fragilidad a la que habían llegado sus ataduras, porque el amor es lo único que puede destrabar la más extraña cerradura.

Y entonces la noche se deshizo entre suspiros y la luz de las luciérnagas. Su voz se hizo canto de paloma, su cuerpo se hizo blanca masa adormecida, moldeándose bajo la fragua amarilla de la luna…

“Cuando el murmullo de su vida pasada desapareció, comenzó a quitar las tortillas del comal apilándolas en la tortillera azul, junto a su mano. Luego levantó la olla del fogón con los huevos sancochados, los remojó en agua fría para que adquirieran consistencia más firme. Cuando enfriaron quitó las cáscaras con delicadeza, luego los “mastrujó” con suavidad quedando como pequeños terrones blancos y amarillos. Pero el guiso que quería reclamaba un último ingrediente: La salsa de tomate. Cortó estos en cuadros chicos  e igual la cebolla para freírlos en aceite, y cuando ambos se juntaron, levantaron un olor electrizante que invitaba a la comida, formando una pasta suave y roja como la sangre

“Cuando resbaló aquella tarde, por un pedazo de tomate, cayendo sobre su-vientre redondo y abultado, sintió como si el mundo se hubiera fragmentado en ella en punzadas dolorosas. Algo comenzó a manar entre sus piernas, formando un charco parecido al jugo de tomate, junto a ella. El fruto de su amor idolatrado, se desgajó violentamente de su vientre deshaciéndose en oleadas hirientes de tinieblas. Todo pasó como un suspiro. En el hospital le dijeron que su pérdida sería doblemente lastimera, porque también había perdido toda posibilidad de germinar la vida.

Cuando el hombre que le había dicho que la amaba se enteró de la tragedia, se llenó de espinas amarillas, ahuyentó la luz de las luciérnagas y llenó su corazón de oscuridad. Sus labios se llenaron de espadas puntiagudas que dañaron sin remedio el corazón desorbitado de ella. Y todo terminó cuando le dijo…

-¡Si tan solo hubieras perdido a nuestro hijo!…  pero no…Ahora vivir contigo sin la más mínima posibilidad de continuar mi descendencia…sería algo así como vivir con una piedra…

Entonces decidió desde ese día de la separación, amarrar su corazón de nueva cuenta, y esta vez sería para siempre. Decidió cerrar su cuerpo a la pasión. Ahuyentar por completo sus deseos como si fueran avispas dolorosas. Se refugió en su cocina. Depositó todos sus deseos en sus guisos, y aquellos que los degustaron, dijeron que sintieron haber comido el cielo en cada bocado

“El chisporroteo de la salsa de tomate en la sartén, detuvo sus recuerdos. Se dio cuenta de que se hacía tarde para abrir la cocina económica. Procedió a remojar con rapidez las tortillas una por una en la mezcla de pepita y epazote, poniéndoles después en el centro los terrones de huevo, para luego enrollarlos con suavidad presionando débilmente las orillas. Las dispuso en un plato plano y los cubrió con la mezcla de pepita y epazote para después cubrirlos con la salsa de tomate añadiendo sobre esto, unas gotas del aceite de pepita.  El olor fragante  cubrió completamente sus sentidos. Fiel a su costumbre, probó la exquisitez de su comida. En cuanto sintió la mezcla de sabores deslizándose en su paladar y después por su garganta, sus sentidos se abrieron a la gloria del platillo. Paladeó los papadzules con el más desorbitante de los deleites. Era lo único que hacía estallar su corazón en fragmentos de arco iris. El deleite de los papadzules se introducían en cada fibra de su ser. Luz Amaranta Ortiz, muerta al amor desde hacía seis años atrás,  ahora giraba en remolinos de delicia, y mientras comía, cruzó las piernas y sintió correr entre ellas algo así como una miel suave y transparente, algo que no había sentido durante mucho tiempo tras su encierro en la cocina, y que ahora había vuelto por fin a su vida triste y solitaria como un caracol marino que había aprendido a recordar el mar.

 

PRIMER LUGAR DEL  CONCURSO REGIONAL DE CUENTO: PURUXÓN CAUICH.

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