DESDE OXKUTZCAB DE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

 

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PAPALOTES.

 

 

Cuando éramos niños, nos bastaba ver como amanecía el día para saber cuál juego íbamos a desarrollar. También las estaciones (aunque acá en Yucatán solo existe la del calor) tenían sus juegos particulares: canicas, trompo, yoyo, balero, tinjoroch – que viene siendo el spin maya -. kin bomba; otros eran permanentes, como el beisbol de una o dos bases, los encantados, pesca – pesca, (roña), tamalitos a la olla y otros más folclóricos que se iba abandonando conforme crecía la edad: rueda de San Miguel, Doña blanca, perrito chuchul juá, táa ku k’ú-ul a chich, el aro que, como si fuera un vehículo, lo llevábamos por todas partes: si aro grande, lo hacíamos rodar con una vara, si pequeño, con un alambre al que hacíamos un doblez en la punta y con él lo impulsábamos. En fin, había tela de donde cortar, lo cierto es que después de la escuela y de haber ido a cortar leña al monte o de ir a “jalar agua” que era la obligación diaria, los fines de semana, vacaciones o algún día de asueto, generalmente el patio de mi casa siempre se veía con niños o jóvenes departiendo de los juegos mencionados u otros que se inventaban sobre la marcha, como las representaciones teatrales de mis hermanos y sus amigos, iluminados con velas, quinqués y escenarios conformados con sábanas.

Entre los juegos de temporada, esperábamos siempre los vientos de octubre para dar vuelo a la alegría elevando papalotes, cometas, (papagayos les llamamos acá en estas tierras, así los voy a seguir nombrando) y como ustedes sabrán, es nuestra época de niñez, muchos de los juguetes los teníamos que elaborar nosotros mismos. Parecía que la construcción de los juguetes era cuestión de genes, pues de manera instintiva nos fabricábamos trompos, yoyos, baleros; en tiempo de lluvias, barcos impulsados por medio de ligas en los charcos que se formaban en las calles, pero los papagayos, eran algo especial. Desde los cuatro o cinco años, si no nos los fabricaban los hermanos o padres, los elaborábamos nosotros: una hoja de cuaderno doblada en un tríptico, se le ponía el “frenillo” con hilera y soskil que es la fibra del henequén y a correr se ha dicho, debido a que estos no se sostenían en el aire y tenía que estar uno siempre en movimiento, se llamaban “chinitos”.

Después, ocho años, ya los hacía uno con papel periódico con su clásica figura de hexágono y con armazón de varillas de la palma del coco y se arriaban con cáñamo que generalmente lo adquiría uno de las hamacas que se desechaban en las casas, y ya lucían nuestros papagayos una cola estabilizadora para mantenerlo en el aire.

Pero los de los hermanos mayores, esos ya eran de otro nivel. Los armaban con papel que sacaban de los sacos vacíos de cemento y la armazón lo hacían con palos del arbusto llamado “táj” que tiene unas flores amarillas donde las abejas toman la materia prima para elaborar la mejor miel del estado, también con las varas hacen los “voladores” (cohetes) que aún se acostumbran quemar en las festividades de mi pueblo.

Estos papagayos descomunales, pues medían un metro o más, llevaban una cola larga hecha con retazos de tela trenzada en ixtle de fibra de henequén, el cual servía también para elevarlos. Se prestaban estos papagayos para hacer algunas suertes. Una era la que se llamaba “chuca” y consistía en atar en el extremo del cordel un manojo de arbustos que lo hacía un tanto pesado, y luego uno de los muchachos lo lanzaba hacia el grupo que se encontraba en un nivel más bajo; el que lograba atraparlo, le correspondía ser el siguiente lanzador. Lo emocionante era cuando nadie lograba asir el cordel y se escapaba el papagayo, llevando consigo hasta doscientos metros de cordel difícil de recuperar por enredarse en los árboles que abundaban. También era de emoción cuando dos jóvenes se retaban a volar los papagayos uno junto al otro, ya que le ponían navajas a la cola y en las orillas del hexágono y buscaban cortar el cordel del contrario.

Ha mucho tiempo que las siluetas de los papagayos, no recortan en lo alto la penumbra de las tardes – noches del otoño con su melancólico vaivén, como  palmeras que buscan liberarse de la atadura de la tierra. Hace mucho que los niños pequeños, con su “chinito” en las piernas contemplaban, soñando, a esos pájaros de papel. Ahora, en esta gran era tecnológica, elevan los papalotes, cometas o papagayos de su imaginación, en la pantalla de un celular.

Oxkutzcab, Yuc. Junio de 2018. Año del cambio.

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