ALBONDIGAS YUCATECAS* (POR: SAMUEL GONZÁLES)

  FOTO OFICIAL 2 DE YOXI 

Llegué justo a tiempo, era el convivio mensual de amigos y ese día le tocaba a Elsa darlo en su casa. Entre pláticas y sonrisas de los invitados, de una enorme fuente de porcelana china que hacía juego con el cucharón, se servía la comida. Esperé a que todos estuvieran listos y empezamos a comer. Fue en ese momento que miré mi plato y de la nada me vino un sentimiento de tristeza y frustración… No sé qué cara puse pero ella lo notó enseguida, intrigada se acercó y me preguntó:

  • ¿Qué tal está mi guiso eh?
  • Se ve muy bueno

Se puso en jarras y en broma me retó.

  • ¡Pues qué esperas, cómelo!
  • Claro… -dije muy quedo

Fingí mi mejor sonrisa, metí la cuchara al plato y tomé una cucharada del caldo con fideos, me quedé pasmado…

  • ¿Qué guiso es? –pregunté
  • Albóndigas yucatecas

Dijo firmemente con un cierto dejo de exasperación en su voz, que corrigió enseguida y entonces, tranquila explicó:

  • No las veas así, mira que están muy bien preparadas, llevan carne molida de puerco, arroz, huevo duro, caldo con condimento y fideos sancochados; es una antigua receta familiar están muy ricas, anda come ya sin miedo.
  • Sí, claro. -Balbuceé

Mientras ella me miraba extrañada, devolví al plato la cucharada de caldo con los fideos, partí titubeante una albóndiga en cuatro partes, vi los granos de arroz en el interior y un poco de huevo duro, tal como ella había predicho. Probé un bocado y al masticarlo me vino un raro sentimiento de honda tristeza, que me hizo un nudo en la garganta; Me  dieron tantas ganas de llorar que tuve que hacer un esfuerzo supremo para no romper en llanto como un crío ahí mismo delante de todos. Me miró ahora decepcionada y dio media vuelta, fingió que no pasó nada y se puso a charlar por ahí, mientras en mí crecía una profunda confusión.

Con trabajo seguí comiendo, pero con cada bocado la tristeza iba en aumento y se clavaba cada vez más hondo en mi corazón, hasta que me empezaron a brotar las lágrimas.

Sin poderlo soportar  más, me quité la servilleta que llevaba de babero -suelo salpicar mis camisas con el caldo- empujé el plato y torpemente arrastré el mantel, sonó la loza al chocar con los cubiertos y el vaso, todos voltearon a verme. Me disculpé y me levanté arrastrando la silla, que se quejó amargamente con las patas en el suelo, fui al baño, di sin querer un portazo al cerrar y me vi en el espejo, sollozaba. Tenía un semblante terrible; los ojos enrojecidos, ojeras azules de cadáver recién fallecido, y sin saber porqué, me desahogué llorando ahí dentro…

Esperé a calmarme un poco, pero no se me pasaba, me lavé la cara, salí y me disculpé, les dije que no me sentía bien y me tenía que retirar. Todos asombrados, en silencio me veían como un bicho raro. Levanté los hombros, traté de sonreír, pero no pude -probablemente me salió una mueca grotesca por sonrisa, que alarmó aun más a los asistentes- bajé la cabeza avergonzado y me dirigí a la puerta. Voltee por última vez antes de  salir, ella me miraba con un mohín de disgusto que no podía disimular y los ojos visiblemente enrojecidos, lloraba.

Llegué a casa y me sentía fatal, estaba decepcionado conmigo mismo, ¡Como pude hacer eso en casa de mi amiga delante de todos! El guiso no estaba mal, entonces ¿qué me sucedía? ¿Y si tuviera un problema sicológico y me estuviera volviendo loco? ¿O si fuera bipolar  o  esquizofrénico?  ¿O tal vez estuviera pasando sin saberlo por una depresión profunda que pudiera desembocar en un suicidio? ¡Nada, Era yo un perfecto imbécil!

Traté de sacarme las especulaciones fatalistas de la cabeza, me recosté en la hamaca, respiré hondo para calmarme y tratando de no pensar más  en el asunto, cerré los ojos y poco a poco me quedé dormido.

Soñé que era niño y me encontraba a la mesa con mis cuatro hermanos, era la hora de la comida y todos gritábamos en perfecto caos como solíamos hacerlo diariamente, así éramos de chamacos; Mientras, mi mamá nos servía la comida tratando de no perder la calma. Vi claramente mi plato servido y ahí estaban las albóndigas caldosas, los fideos gruesos medio dorados y medio chamuscados que tanto me intrigaban ¿porqué no estaban quemados parejo? Pero en vez de comer jugaba la comida con la cuchara y miraba aburrido a mis hermanos por turno.

En eso mi madre se acercó por detrás y por sorpresa me pegó un gritó acompañado de un wascop; ¡Paco, que con la comida no se juega! Brinqué del susto. Yo era el mayor y mis hermanos rieron a carcajadas, había  quedado como un tonto delante de ellos. ¡A comer! Repitió amenazadora blandiendo en el aire el  cucharón; Y así, ofendido y humillado, para evitar que me dieran otro wascop, me comí las albóndigas que para entonces ya estaban frías, mientras, de reojo amenazaba a mis burlescos hermanos para después, para cuando mamá ya no nos viera. Dentro de todo el asunto algo me quedó grabado de ese momento, el sabor… Si, fue el sabor de la comida lo que me hizo recordar…

Desperté  impactado, pero: ¿Cómo explicarle a Elsa que su comida tenía el sabor de la comida de mamá?

SEGUNDO LUGAR  DEL PRIMER CONCURSO DE CUENTO REGIONAL: PURUXÓN CAUICH

 

 

 

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