MEMORIAS DEL MASIOSARE(POR: LUIS CHAY CHUIL)

AÑORANZAS DEL AYER

 

El flaco anda muy inquieto porque en su colaboración antepasada confió una frustración personalizada, y en persona; del verbo presente de aquí estoy en carne y hueso. Ahora pretende compartir algo vivido durante sus recorridos por los caminos tortuosos de sus fascinantes andanzas por las veredas del Mayab; concretamente, en su pueblo natal.

Como se frustró a causa de todas las diligencias que hizo en la ciudad “blanca” para remediar su millonaria deuda en el Infonavit, a pesar de que cuando se lo “engancharon” de que el costo de su “lujosa” casita se mantendría hasta al final.

El costo de su terreno de 10 por 20, cuyo documento que firmó por, si mal no recuerda, por 92 mil baros (¿cuándo iba imaginar que un calvo, le iba quitar tres ceros al peso…?), ahora resulta que debe más de quinientos mil pesotes.

En su vida el esquelético había oído esa cantidad, pues en la escuela a la que fue a terminar a duras penas su primaria sólo fue a cumplir, porque sus papás lo exhortaban a que si no quería acabar con las manos callosas, que mejor estudiara.

Refiere que su primaria la comenzó en forma a los nueve años, ya que su mamá (siempre las mamás entrometidas… je je je) lo inscribió en tiempo y forma; sin llevar su silla un mes antes a las puertas del colegio para que su querubín machacara y se volviera un hombre de bien… ¡Ay, hombe!

Pues resulta que este descarado tilico salía de su jacal muy temprano rumbo al colegio, pero resulta que asistía sólo los primeros días o semanas, y luego se desviaba y se refugiaba en el atrio de la iglesia y ahí se la pasaba hasta la hora de salida; obvio que al terminar el curso estaba reprobado.

Los regaños no eran para menos. Repitió el curso en dos ocasiones hasta que la tercera fue la vencida y de ahí no paró hasta irse a Cancún, pero a chambear, no a turistear. Hasta que sentó cabeza y regresó a su casa para que todos los días madrugara para viajar a Mérida a machacar de nuevo en una escuela técnica y volverse un gran constructor, pero de sueños y castillos en el aire.

Cuenta el atlético que su infancia no fue nada fácil; no tuvo juguetes al ritmo de la modernidad o para presumir a sus compañeros de colegio o vecinos, pero procuró ser feliz con los juegos tradicionales tales como “busca busca” –creo que allá surgió el famoso lo busco y no lo busco–, las corridas en las que el corcel era una madera de escoba y el burel una palma de huano desprendida desde su base.

Otros de los entretenimientos que tenía era la kimbomba (pronunciaba timbomba, no sabe dónde sacaron k), trompo, canica, “pesca pesca” o ir a casa de algún amigo que tuviera pila en su casa (estanque pequeño) el cual habría que llenar a cubetazos o cuando llovía bañarse con todo y ropa o darse chapuzones en el agua acumulada mientras duraba la lluvia o bogar mientras durara el estancamiento en las calles.

¡Oohh, tiempos aquellos! suspira el deportista mientras se prepara para hacer sus ejercicios matinales: correr 10 kilómetros, 5 kilómetros de natación, 3 millas de caminata, 15 kilómetros de ciclismo para después nutrirse con 20 pesos de chicharra, cuarto kilo de tortillas y un refresco de cola ligth… Ya lo encontraremos la próxima.

 

 

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