GUIJARROS Y ROSAS(POR: JESÚS VARGUEZ)

FOTO OFIC CHUCHO

 

Pedro cerró la puerta con la violencia de siempre, su recorrido por las calles del pueblo solo le dejaban un amargo sabor de boca y en la bolsa del pantalón un número de piedras de rio recogido en señal de recordatorio de lo mala que era la gente.

La vida lo había pateado como a un perro, esa vida que algunos llamaban hermosa. Hubo un tiempo en que pensó igual, pero la realidad se impuso. Ahora, a los 65 años, era un ermitaño, vivía en la afueras de la ciudad en una casa hecha de madera de reúso,  en cada rincón de la covacha un montón de guijarros.

Todo los días recorría las calles del pueblo con un viejo costal al hombro, hurgaba entre la basura en busca de latas de aluminio, envases pet,  toda basura que se pudiese vender. La gente se hacía a un lado cuando pasaba junto a ellos, los jóvenes se burlaban de su aspecto; le apodaron “el Mugres”, algunos se atrevían a arrojarle lo que tuviesen a mano. Pedro no respondía, la rabia y la impotencia la guardaba en su corazón, y al pasar por el rio para ir a casa, tomaba un guijarro por cada insulto y desprecio que recibió.

Pedro Martín Tellez, destacado contador, era un joven ambicioso el mejor de su clase, se casó a los treinta años, a los diez meses del matrimonio llegó su primogénito. Si alguien estaba realizado era él, por lo menos eso sentía. Para festejar su quinto aniversario decidió llevar a su familia a la playa. Un ebrio a toda velocidad terminó con  su mundo ideal, Isabela su esposa, murió instantáneamente, Pedrito luchó una semana, pero terminó por perder ante la muerte. Cinco años trató de procurar justicia para sus seres queridos, pero el culpable era el junior de un encumbrado político, nada consiguió.  Decepcionado de la sociedad dejó todo. Así nació el Mugres.

Lloviznó todo el día, el costal de Pedro estaba a medio llenar, pasó a la tienda de Don Faustino, el único  hombre que lo trataba como ser humano. Compró una bolsa de galletas y una botella de agua purificada. Se despidió  agitando la mano y salió arrastrando los pasos. Antes de cruzar el riachuelo, cerca de un montón de cajas con fruta podrida, escuchó unos chillidos, pensó en ignorarlo y continuar su camino, dio unos diez pasos, y la curiosidad pudo más, se acercó y revolvió, con el fin de descubrir que era lo que producía aquel chillido, al mover un cartón de huevos lo vio. Era un cachorro tan pequeño que le cupo en la palma de la mano, lo limpió lo más que pudo y continuó su camino, como siempre recogió las piedras por los agravios recibidos.

Al llegar a su cuarto, por primera vez no aporreó la puerta, se dirigió a un rincón, y vació sus bolsillos. En aquel cuarto apenas había espacio para él una mesa y el catre, todo estaba lleno de guijarros que día a día se iban acumulando. Depositó al perro sobre unos trapos viejos, deshizo unas galletas en agua y alimentó al pequeño animal.

Los días se sucedieron vertiginosos, uno tras otro, todos los días al pasar por la tienda de Don Faustino se llevaba un cajita de leche líquida y sus acostumbradas galletas y agua, el tendero se sorprendió  cuando Pedro le hizo un comentario sobre el tiempo, de los más de diez años que lo conocía nunca había platicado de nada, pedía lo que necesitaba, pagaba y se iba, pero un comentario como ese, al parecer sin trascendencia, alegro al tendero.

“Negro” fue el nombre con que Pedro bautizó al perro. Los primero días pensó que no sobreviviría, pero el animalito se aferró a la vida con terquedad. Al poco tiempo andaba tambaleándose, subiendo sobre los cerros de guijarros, el hombre lo miraba y en su rostro una sonrisa se esforzaba por surgir. La armadura de resentimiento y rencor que lo cubría, comenzó a fisurarse. Las travesuras del cachorro iban cauterizando las heridas de su alma.

Algo había cambiado en el viejo Pedro: su paso antes cansino, ahora revelaba un cierto aire de alegría, cuando los jóvenes le gritaban, levantaba la mano y los saludaba sin voltear a verlos. Definitivamente ya no era divertido molestar al anciano, así que optaron por ignorarlo. Las facciones relajadas de su cara, ya no provocaba  miedo ni asco. Incluso, algunos ciudadanos lo saludaban con  un leve movimiento de  cabeza. Al caminar junto al rio se detuvo, tratando de recordar un motivo para llevarse un guijarro al bolsillo, pero no lo encontró.  Ahora si sonrió franca y abiertamente. No importaba, ya no necesitaba más guijarros, su hogar estaba lleno de ellos, casi a punto de sacarlo a vivir a la intemperie, apresuró el paso para llegar a saludar a su amigo… ¡Si, su amigo!

Abrió la puerta y le sorprendió no sentir la peluda presencia del perro entre sus pies. Miró para todas partes y no lo vio,  iba a salir en su busca cuando escuchó un gemido débil, puso atención e identificó el lugar, era una cubeta de plástico donde guardaba agua para lavarse las manos, se acercó y vio a Negro sumergirse y emerger desesperadamente, las resbalosas paredes del recipiente le impedían salir , se notaba que el animal se encontraba en lo último de sus fuerzas, por un instante que pareció una vida, las miradas de ambos se cruzaron, en la del perro se veía una súplica, en la del hombre una rendija que permitía ver su alma. Con un movimiento rápido lo sacó del balde de agua. Lo acunó en su pecho y todas las lágrimas que retuvo al morir su esposa e hijo se desbordaron; arrasando a su paso el rencor y el odio que lo mantuvo ciego a todo lo bueno.

Una mañana contemplo una flor silvestre y pensó que tal vez florecería en el frente de su casa, y así comenzó una práctica cotidiana, cuanta flor veía tomaba un renuevo o la llevaba de raíz para plantar en lo que ahora bien merecía el nombre de jardín. ¿Y los guijarros? Los usó Pedro para decorar el jardín, su hermoso jardín lleno de flores. Su hogar, ahora limpio y pintado de verde, parece resplandecer en las afueras del pueblo.

La casa de aquel hombre al que la vida había pateado como a un perro, ahora es conocida como: la casa del jardín de los guijarros y las rosas.

 

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