LA DAMA DE LOS COLIBRIS(POR: JESÚS VARGUEZ)

FOTO OFIC CHUCHO

 

Fidelia tenía ochenta años de edad pero la mirada con la viveza de los veinte, ni gorda ni flaca, más blanca que morena, de pocas pero directas palabras, su rasgo distintivo era una bufando morada que siempre llevaba al cuello.

Cuando enviudó a los cincuenta, su vida se hizo trizas como un vaso, alejo con furia a todas sus amistades de juventud, cerró las puertas a sus vecinos y se tragó todas las lágrimas como un veneno. Todos los días se acostaba a dormir con  la esperanza de no despertar. Pero los días se iban sumando, se hacían meses y los meses años,  pasaron veinte años  y la amargura cubría su alma como un limo. Los pensamientos como pájaros de malagüero rondaban en bandadas su cabeza, la línea entre la demencia y la locura era casi imperceptible. Las palabras encerradas tras los dientes como barrotes. Las personas del  vecindario olvidaron su voz y se acostumbraron a convivir con la sombra en que se convirtió.

Un día a mediados de marzo, mientras comía un pedazo de melón vio a través del cristal de la ventana un colibrí, se alimentaba de unas flores rojas empecinadas en vivir a pesar de la falta de cuidado. Sus giros hacían parecer que aparecía y desaparecía, la luz sobre su pequeño cuerpo  despedía fulgores tornasol, por quince minutos el tiempo se detuvo para Fidelia, cuando desapareció el colibrí, la mujer despertó de su fascinación y termino de dar el mordisco congelado a la fruta, por el cristal del trinchador vio su reflejo y se sorprendió al ver en su rostro algo parecido a una sonrisa.

Los  días siguientes empezó a sentir cierta ansiedad por la llegada de la hora de la visita del ave que se alimentaba de sus flores, decidió que su jardín necesitaba ser atendido, tal vez plantar algunas flores, deseaba tener más invitados a su raquítico jardín. Con una sorprendente alegría creciendo en su interior, desyerbo la maleza, cabo unas pocetas, coloco la nueva manguera a la llave del agua, le maravillo ver el arco iris que formaban las gotas de agua.  En ese momento una vecina paso por su banqueta, y sin pensarlo:

— ¡Buenos días vecina!—expreso con alegría. La vecina casi se  infarto, pero respondió el saludo.

Como esperaba los colibrís llegaron a todas las horas del día, o tal vez era una especie de migración. Incluso cuando regaba las flores los milagros con alas como los llamaba se acercaban  a beber del néctar de las flores, le encantaba ver como introducían su pico para extraer su alimento. Un día descubrió en una rama un pequeño nido, sonrió abiertamente, (una carcajada que limpio cada arteria de su corazón e ilumino su alma), dos diminutos y blancos huevos estaban depositados en el diminuto útero de minúsculas ramas. El tránsito de colibrís era más intenso según avanzaba  la primavera, las flores se multiplicaban, el amor con que Fidelia las atendía era el mejor de los nutrimentos. Pero no solo era el jardín el que florecía magníficamente, también el corazón de la viuda se llenaba de vida y colores. Incluso los vecinos, ya se paraban a platicar con ella y la saludaban en el supermercado o en la calle. Pensaba que al paso que iban las cosas, tal vez invitaría a sus vecinas a tomar chocolate y platicar…

Con sumo cuidado vigilo la incubación de los colibrís, más de media docena de nidos estaban disimulados entre las ramas de las flores, calculó que tardaba entre 18 y 20 días en brotar los polluelos. Cuando  abandonaron el nido, Fedelia  los tomo y analizo su formación; era una obra maestra de corteza y acolchonado con telaraña, tan diminuto como una moneda.

Esa primavera paso como una brizna de lluvia, los colibrís partieron a lugares más cálidos, pero el corazón de Fidelía quedo tibio y las heridas cicatrizadas, volvió a esperar un día maravilloso al despertar, se reconcilio con la naturaleza entera, con el afecto de la gente, las hojas del calendario volaron llevadas por las ráfagas del tiempo.

Ese año la primavera llego adelantado al jardín de Fidelia. Las flores cubrían literalmente cada planta, el rojo y el naranja deslumbraban, se había preparado un banquete de néctar para los colibríes que llegaran. No tardaron en arribar, el zumbido de su veloz aleteo era la música más bella que podía escuchar la mujer renacida, abrió de par en par sus puertas y ventanas, corrió las cortinas y dejo que la felicidad circulara libremente, la gente se detenía a admirar el jardín de los colibrís, otros hicieron el viaje exclusivamente a comprobar lo que les habían contado del jardín de la dama de los colibrís

Uno de los floridos días de abril Fidelia escucho con sobresalto como se rompía un cristal, salió a prisa y vio con horror el cadáver de un colibrí;  junto a la reja un niño como de doce años, parado con una resortera en la mano, y paralizado.

— ¿Qué hiciste hijo? ¿Por qué la mataste? No te hacia ningún daño—dijo con la voz temblorosa la mujer.

—Señora lo siento…

Fidelia sabía que el chico pudo haber huido pero se quedó, salió lo tomo de la mano y le pidió que le ayudara a sepultar al colibrí, al tenerlo en su mano sintió lo frágil que era, cómo era posible que esa criatura tan pequeña hubiese obrado un efecto tan grande en su vida, sintió que las lágrimas al bajar por sus mejillas eran puras y limpiaban los resquicios de dolor que aún conservaba.

—Mañana, cuando salgas de la escuela quiero que vengas a cuidar el jardín conmigo, para que estas hermosas aves puedan alimentarse y vivir la vida que dios les ha dado—asintió en silencio el niño.

Fidelia vivió hasta los 92 años, murió en primavera, con las puertas y las ventanas abiertas, los colibrís revoloteaban alrededor de las flores, lanzando destellos tornasol en cada aleteo.

Aquel niño que un día mato de una pedrada a un colibrí, se hizo jardinero.

 

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