DESDE OXKUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

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CANÍCULA

 

Sólo ver llegar a mi papá por la noche, con un refresco embotellado de naranja en la mano y se me alborotaba la tranquilidad. Ese tipo de lujo – el refresco – nos lo dábamos cada dos o tres meses cuando había bonanza en la casa y compartíamos un refresco de 250 mililitros entre los tres hermanos, o también cuando salíamos en familia al parque y mi papá nos invitaba a un refresco (una cristal, decíamos) en el puesto de don “Mitos”, quien atendía a mi papá de no muy buena gana, pues pedía dos refrescos con 5 vasos con hielo (el hielo era gratis) y ocupábamos una mesa por largo tiempo, mientras saboreábamos el milagro.

Por eso,  nada más verlo entrar con el refresco sin haberlo programado, sólo significaba una cosa que me hacía sentir como el niño más desventurado que existiera sobre la faz de la tierra: purga; aceite de ricino.

Todo por culpa de la canícula. En los meses de junio y mayo, acá en Yucatán, arrecia el calor al grado de que hace tronar al cielo ceniciento sin nubes, y en esos meses, hasta las brisas tienen flojera de andar fuera en la resolana que raja las piedras, de manera que el calor se convierte en un aire soporífero que te persigue hasta bajo la sombra de los árboles. A este período le llaman Canícula y en mis tiempos infantiles, en mi pueblo, todas las familias, sin importar la condición social, tenían que pasar por el suplicio del aceite de ricino, debido a que este calor infame alborotaba hasta las lombrices que cargaba uno y ni modo, había que echarlas fuera.

Esto lo traje a colación, porque, si me lo permiten, les voy a relatar la última vez, cuando tenía 9 años, en que mi familia trató de purgarme y tras fracasar, arriaron banderas. Como precedente les digo que al saber que a las 4 o 5 de la madrugada nos iban a despertar para darnos el aceite – que más que aceite parecía melcocha – ya el tiempo de dormir se me convertía en un cuadro cubista, me negaba a cerrar los ojos, pero al mismo tiempo quería dormir para pensar que todo era un mal sueño, al final Morfeo ganaba arrastrándome a su mundo y me dejaba sólo, en un laberinto de sobresaltos. Me despertaba la luz del quinqué y de reojo veía la preparación del ritual (de sacrificio para mí, y cerraba más fuerte los ojos)

Mis hermanos, ya mayores pues, se tomaban las cucharadas de manera voluntaria. Cucharada sopera de ricino y trago largo de refresco de naranja, así que imaginen, cuando me tocaba, ya el dichoso refresco que servía para disipar el penetrante sabor de la pócima, contenía ya un 20 por ciento de ese brebaje ingrato. Esa madrugada me llegó el turno de manera irremediable, primero me hice al dormido, hasta que recibí el primer chancletazo, después el llanto, seguido de una lucha sin límite de tiempo entre mis hermanos, padres y yo; mis hermanos aferrados de mis piernas, el padre de las manos y la madre arrodillada a un lado, tratando de hacer palanca con la cuchara para abrirme la boca y yo retorciéndome como las lombrices por el calor de la canícula. En una de esas, no sé cómo, logré liberarme por un momento que aproveché para quitar la tranca de la puerta y salir corriendo hacía la calle (no recuerdo si volví a saltar la portada, aquella de cuando el caballo) me dirigí hacía el parque en completa oscuridad y me recosté en una de las bancas de cemento, esas que parecían lápidas pues tenían el nombre y la fecha de donación, desde ahí escuchaba a mis hermanos llamándome a gritos y que no contesté, desde luego.

En ese lugar me encontró la claridad de la mañana. Ahora tenía el tremendo problema de regresar a la casa, pues tenía que regresar. Entre mi pesadumbre, recordé que éramos voceadores del periódico “Sureste”  del gobierno del estado, y eso vi como tabla de salvación; el periódico llegaba en el camión de las siete y de inmediato fui a esperar que llegara, ganándoles el “jalón” al resto de la familia. Recibí el paquete, repartí las entregas y vendí el resto. Terminé como a las dos de la tarde y con una amplia sonrisa llegué a la casa, entregué el dinero de la venta e informé que había hecho las entregas.

Ni eso me salvó, de premio me recetaron 10 cintarazos certeros en la parte que usamos para sentarnos y en las piernas, nunca más hicieron el intento de purgarme, gané y ganaron mis hermanos, porque no recuerdo haber visto nunca más un frasco de aceite de ricino, ¡ni refresco de naranja!

Oxkutzcab, Yucatán, marzo 2018. Año del cambio.

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