LO QUE EL CORAZÓN ME DICTA(POR:RITA ELENA VÁZQUEZ PEÑA)

R-3

Cándida y  Humberto: Un amor para la eternidad

 

“Sí, acepto”… Fueron las palabras mutuas de aquella pareja que había decidido comenzar una gran aventura. Humberto y Cándida unieron sus vidas en una mañana de enero. Él, ejidatario que labraba la milpa; ella, una muchacha huérfana que vivía con su tía y abuelo.

La casa del matrimonio estaba a unas cuantas esquinas de la plaza del pueblo. Cándida asumió su papel de ama de casa que esperaba a su esposo quien llegaba cansado de las arduas labores del campo. La recompensa era un almuerzo sencillo pero delicioso como frijoles con huevo frito, tortillas a mano y refresco de naranja agria. No importaban las carencias materiales si tenían la riqueza de su amor.

Al poco tiempo de casados, la pareja no cabía de felicidad al enterarse de que tendrían a su primer hijo; pasaban las tardes haciendo planes y  pensando qué nombre ponerle al bebé. Grande fue su dolor al llegar el momento del parto y la criatura, quien era una niña, nació muerta.

Fue difícil para Cándida y Humberto esta primera prueba de tantas que el destino les tenía deparadas, pero el gran amor que se tenían, les serviría de escudo para enfrentarlas.

Llegó el momento en que el trabajo en la milpa no era suficiente para que Humberto solventara las necesidades de la familia, ahora con seis hijos. Trabajó en muchos oficios entre ellos el de obrero en la construcción de carreteras en donde su piel fue curtida por el sol, acentuando el color moreno de su piel, que hacía contraste con sus ojos verdes.

Por su parte, Cándida lo apoyaba criando en el patio gallinas y cerdos que servían de recurso alimenticio. Los niños, dentro de la precaria alimentación, de cierta forma se nutrían bien tomando huevos abotonados y consomé de gallina.

Sin embargo, la escasez de trabajo hizo que Humberto se aventurara como trovador  a los incipientes hoteles de la Riviera Maya, en donde este tipo de amenidades eran bien pagadas. La ausencia fue dolorosa para el matrimonio, por un lado, aunque Cándida recibía los envíos de dinero que Humberto le hacía, a ambos les dolía el corazón el no poder verse por semanas prolongadas.

Sola,  por necesidad, durante un buen tiempo Cándida tuvo que hacer el papel de padre y madre en el cuidado de los hijos. Lo peor era cuando éstos  se enfermaban y necesitaba del apoyo solidario de su esposo.

Al cabo de varios meses Humberto retornó al hogar para dedicarse ahora a la fabricación de sogas para el uso doméstico, actividad que de allí en adelante le serviría de sustento a la familia.

La vida transcurre, los hijos crecen y hacen su vida. De nueva cuenta Humberto y Cándida se quedan solos, como cuando comenzaron. Ahora con una vida más desahogada en el aspecto económico, le permite a Humberto darle comodidades a su esposa. La vida tranquila y feliz fluye  para esta pareja y era común verles salir de misa en la Catedral para  luego degustar un rico helado en El Colón.

Las canas en sus cabelleras eran  hermosos hilos de plata que tenían un significado especial en cada uno. Representaban  los días transcurridos llenos de amor, manteniendo la promesa de permanecer juntos en las buenas y en las malas.

La vida terrenal termina primero para Cándida. El adiós fue inmensamente triste para Humberto, sin embargo el amor de los hijos lo mantuvo esperanzado y continuó con su vida solitaria, con la esperanza de reunirse de nuevo con su esposa.

La cita del reencuentro se dio siete años después. Humberto, como cada noche, soñó con su amada, quien venía a recostarse en la hamaca verde que guardaba tantos recuerdos. Cerró los ojos para siempre y en  su boca estaba dibujada una  dulce sonrisa, muy similar a la que tuvo aquella mañana de enero en la iglesia del pueblo, cuando enamorado y mirando dulcemente a su novia exclamó: “Sí, acepto…”

 

 

 

 

 

 

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