DESDE OXKUTZCAB TE CUENTO(POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

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MI PRIMER CICLÓN

 

Como a las tres de la tarde se cerró el cielo. Los nubarrones espesos y oscuros se retortijaban como enormes orugas y podíamos escuchar el rumor, allá arriba, del viento que las zangoloteaba para todas direcciones. A ratos, se aporreaban en el suelo y los techos una que otra gruesa gota de lluvia y se escapaba de vez en cuando, en cualquier resquicio que se abría entre esa masa de nubes, algún relámpago seguido del trueno seco, como quejido del cielo, por tanto reborujo que hacía el viento allá arriba.

Todo eso presagiaba la llegada del ciclón que habían anunciado por la radio los días anteriores, alertando a todas las poblaciones por donde iba a pasar, entre ellos mi pueblo. Este sería mi primer Huracán en mis largos seis años de edad. A pesar de no tener idea de la magnitud de estos fenómenos, el temor me hacía seguir a mi madre por todos lados donde ella se dirigía, con los ojos bien abiertos por la negrura inesperada de la tarde y dando de saltos cada que se producía un trueno.

Como a las cinco de la tarde, todo ese viento que daba vueltas allá en lo alto, comenzó a descender de manera paulatina en ráfagas que producían un silbido muy especial al atravesar entre las rendijas de la puerta y las múltiples oquedades que tenían las paredes de p’aalum (lodo con zacate) de mi casa y sacudían el techo de palmas, como esperando ver salir corriendo a la gente que estuviera abajo.

A pesar de los rechinidos de la estructura de nuestra endeble casa, mi padre dormía tranquilamente su siesta de las dos de la tarde, después de haber comido. Mi madre, toda nerviosa le había informado que doña  Rita le dijo que: “si se ponía fea la cosa esta del ciclón, que nos fuéramos a resguardar en su casa” (una casa de piedra de las antiguas, de esas que se construyeron antes de que hubieran ingenieros y que están hechas para durar una eternidad). ─ No pasa nada ─ Fue la respuesta de mi padre y se reacomodó en la hamaca para seguir roncando.

Mis hermanos y yo, pegados a la mamá, sólo pelábamos los ojos, viendo cómo se sacudían las puertas y se movían los palos del armazón del techo. En una de esas, una fuerte ráfaga se llevó una buena parte del “caballete” del techo (la parte más alta donde rematan las palmas), de un salto, fue mi padre el primero que se puso en movimiento ordenándonos: “Vámonos con doña Rita”. Ya en un lugar seguro, dejamos todas nuestras preocupaciones a nuestros padres, pues a pesar del ruido provocado por el viento, ya sin la adrenalina, éste se volvió monótono y pudimos dormir.

Al amanecer, constatamos los estragos causados a nuestra casa, que por fortuna no fueron muchos y fuimos a la plaza donde los enormes laureles descansaban recostados sobre sus ramas, exponiendo al aire sus raíces que habían sido arrancadas haciéndolos perder piso, despanzurrando algunos de los puestos donde se expenden refrescos o dulces. Las calles y el parque cubiertos de ramas, pedazos de lámina, papeles y toda clase de material que el ventarrón pudo elevar como papalotes; algunas casas de paja no corrieron con la misma suerte de la nuestra, debido a que fueron despojadas por completo del techo; otras habían sido aplastadas por los grandes árboles de “mamoncillos” o de “ramón” que son poco aguantadores. Lo más impactante fue ver la campana de bronce y de más de cuarenta kilos, estacionada a media calle a un costado de la escuela, la cual tuvo que pasar volando por encima del techo de la misma, debido a que se encontraba en la parte baja del corredor.

La verdad, no sufrimos más que el temor al ruido del viento y a la oscuridad; y no encuentro la razón del por qué estos terribles fenómenos destructivos de la naturaleza, ya sea huracán, terremoto, inundación, deslaves y demás, siempre se suceden por las noches, cuando el humano se siente, y es más vulnerable. A pesar de eso, caes en cuenta que siendo pobre, estos sucesos casi no te afectan como sucede con la gente acomodada, y pienso que, antiguamente, se sentían menos las molestias que en los actuales tiempos modernos; no sufrimos por escasez de agua potable, por la sencilla razón de que no había en el pueblo, todo mundo se surtía de los pozos que existían en los patios de las casas; no sufrimos la falta de electricidad, debido a que ni soñando nos podíamos dar el lujo de esa extravagancia, por tanto no necesitábamos de abanicos, ni refrigeradores, ¡no teníamos ni radio! ¿Por comida? Ya teníamos la costumbre de comer poco, debido a la austeridad obligada en mi familia.

De forma tal, que a pesar de sus vientos de más de doscientos kilómetros por hora, el ciclón Hilda del 55, nos hizo “Lo que el viento a Juárez”. Al menos a mi familia.

Oxkutzcab, Yucatán. Diciembre 24 del 2018.

 

 

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