EL ESCUPE FUEGO(POR: JOSÉ GARCÍA)

 

josÉ garcia

 

Le di un trago, a un bote con Diésel para después escupirlo a una tea ardiendo. Se hizo el  fuego de frente a los automóviles en espera del siga.  Había que moverse rápido para lograr buena morralla.  Cargando apenas 14 años, no fue mi decisión pero  al no encontrar trabajos bien pagados –todos te explotan—tomé el más fácil, según yo.

No me iba mal, aunque no sé diferenciar si mal, también implica dinero y salud. Cuando “escupo fuego”, es decir;  lo briso a una antorcha, siento la espalda al rojo vivo, como si me clavaran espadas. Una vez, intenté “tragar fuego”, y anduve con los labios  hinchados, me veía al espejo y reía, parecía un “cubanito”, por ahí andando.

La vida te pone trabas  hasta para ser alguien en la vida. ¿Si está esquina hablara…? Tuve que intercambiar opiniones de golpes con los malabaristas, limpia parabrisas, venteros….! Uff ¡

Al final, descubrimos que en un cuadrante hay cuatro opciones y todos felices. En días lluviosos, es cuando más bebo líquido, termino andando en reserva a punto de caducar. Lo colorido de la vida, es descubrir a cada personaje, hay quienes te miran con desprecio, con indiferencia, pero las miradas que me calan hondo son la de los niños como yo, que te miran con tristeza.

Aquel día se tatuó en mi vida. Me fue bien en la recolecta, por lo que más temprano  junté mis tiliches para partir, cuando un fuerte golpe a mis espaldas me sacudió. ¡Tremendo choque de frente! Sin tardanza comenzó el fuego en uno de ellos, iba escalando, absorbiendo la parte trasera, mientras en el automóvil contiguo, una gota de gasolina iba encharcando, formando una hilera explosiva.

Escuché los gritos de una mujer desesperantes, pidiendo le auxilien. Los mirones  creo entender, al ver viva las llamas en un mar de gasolina, retrocedían sus pasos resguardándose de lo que se aproximaba. Hacía lo mismo, pero me detuvo la voz de infortunio que hacía  un eco desgarrador, el fin de  todo, tal vez…

Corrí hacia aquella voz;  con el rostro cubierto en sangre, atada a su cinturón de seguridad, mis fuerzas valían nada. Estaba atorada. Por la espalda sentía  las llamas pinchándome, “advirtiéndome hay te voy”. Lo único que pensé, era en lo que hacía: escupir fuego. Me incliné al tanque en fuga, contuve todo el líquido que pude, saqué mi encendedor de bolsillo, le tape el rostro a la infortunada  y  escupí una bocanada de fuego que la libraron de  los amarres. Sentí  manos que me ayudaron a arrastrar el cuerpo inerte hasta un lugar seguro.

–¡justo!– En el instante que ambos vehículos se desintegraban.

Heme  aquí, de nuevo en la esquina del milagro. Hay competencia. En los meses que anduve en reposo por las quemaduras en los labios y las manos pensé que mi vida seguiría igual  y sí, sigue igual pero mejor. Doña Elvira, a quien pude rescatar ese día, al reponerse de todo, no cansó en buscarme, saber de mí  y cuando escuchó mi vida repartida  entrego su apostolado a hacerme un hombre de bien.

Y ahí vamos…

 

FIN.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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