CAVALONGA (POR: FRANCISCO JAVIER TEJERO)

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CAVALONGA

Lo trajo el tren de la mañana. Cuando se disipó el humo, el vapor y el barullo de la gente, lo vieron parado en el andén y de inmediato se notó su presencia, debido a que venía enjaretado dentro de un traje, “Flus” le llamaban en ese tiempo, a pesar del calor que comenzaba a desprenderse por todas partes; una camisa que en sus buenos tiempos fue blanca, donde resaltaba una corbata de color indefinido, un saco negro con los puños y codos brillantes ya por el uso, que hacía contraste con un pantalón café, también en partes brilloso y con algunos remiendos, pero que conservaban la raya que nacía a la altura de las bolsas y terminaba en unos zapatos ya viejos, pero limpios. Él: flaco, moreno y con el cabello lacio enclaustrado siempre en un sombrero de fieltro que hacía juego con el resto de su vestimenta por eso del uso.

Por equipaje, traía una caja de cartón donde se empacaba quién sabe que producto, muy bien amarrada con ixtle y a la cuál cuidaba con especial atención y buen trato. Con un caminar muy digno y saludando de “buenos días” a cuanta persona se encontraba en el camino, recorrió los 250 metros que mediaban entre la estación del ferrocarril y el mercado; aquél mercado que parecía traído de algún país del oriente por su forma de pagoda compuesto de madera y láminas (otra belleza que perdimos en aras del crecimiento); buscó un sitio en la banqueta que da al frente de la iglesia, sacudió el piso con un pedazo de cartón, desató la caja, extrajo una manta blanca que acomodó en el piso y comenzó a sacar y acomodar como si fuera un acto de magia, dedales, hilos de diversos colores, agujas grandes, medianas y chicas, para coser a mano o a máquina, refacciones como bobinas, aceite, tornillos, tuercas de diferentes calibres, en fin cosas relacionadas con el arte de coser.

A pesar de que realizó en el pueblo su actividad comercial por espacio de dos años, nadie recuerda dónde pernoctaba, la cuestión era que se le dejaba de ver por las tardes, pero a la mañana siguiente, de nuevo enflusado con toda pulcritud, realizaba su acto el magia de acomodar la mercadería en el piso del mercado. Esto lo repetía  cinco días a la semana, porque  la tarde del viernes, montaba el tren rumbo a Tekax o Peto. Iba a surtir su caja de cartón de mercancía que se le había terminado.

Estos individuos, a los que el pueblo bautiza con el sobrenombre de “Solovino” pasan a formar parte del paisaje, del folclor y, en muchas ocasiones, dejan más huella que los nativos (pobres o ricos) por su manera sencilla y estrafalaria de vivir. Cavalonga, así lo conoció el pueblo, fue uno de ellos.

Ya la gente se había acostumbrado a la rutina de Cavalonga, en especial las mujeres quienes requerían más de la mercancía que manejaba: se iba los viernes por la tarde y regresaba los lunes por la mañana. Un viernes, nadie supo por qué, tomó el tren en el horario equivocado y en lugar de ir hacia el Sur, se fue hacia el Norte, y ya no regresó. Solovino…. Y solo se fue.

Oxkutzcab, Yuc. Marzo de 2018 “Año del cambio”

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