LO QUE EL CORAZÓN ME DICTA(POR: RITA ELENA VÁZQUEZ PEÑA)

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Alas del alma

 

  • Me gustaría ser una mariposa ¡mira cómo vuela, sus alas son preciosas! le decía Rosita a su mamá, mientras miraba por la ventana que daba al patio de su humilde casa.
  • Mi amor, tu eres muy bonita, tanto como la mariposa; tienes una sonrisa hermosa, tu cabello largo y negro contrasta con tus ojos melados… le contestó Mary, su madre.
  • Gracias mamita, pero la mariposa vuela libre y conoce muchos lugares… replicó Rosita.

 

Mary sonrió con el corazón apretujado. Le dolía el alma ver a su hija postrada en aquella silla de ruedas. Rosita fue la más afectada en aquel accidente ocurrido hacía un año, cuando regresando  de la escuela a su casa, un coche la atropelló. El conductor huyó sin asumir su responsabilidad; por los testigos del accidente se supo que al parecer el chofer estaba alcoholizado porque venía zigzagueando y en doble sentido.  Mary gastó todos sus ahorros y se endeudó otro tanto en el hospital donde Rosita fue operada de la espalda, sin embargo,  no logró volver a caminar.

 

Ante esto, Mary no se rindió y siguió tocando puertas para la rehabilitación de Rosita. La más reciente fue una institución benefactora  donde acuden  niños de escasos recursos económicos y la pusieron en  lista de espera. Una nueva esperanza brilló en la vida de estos dos personajes.

 

Rosita, a sus diez años, era una niña muy lista. Para su madre era muy difícil llevarla diario a la escuela, por lo que había logrado que en la primaria pública le dieran oportunidad de asistir a clases tres días  a la semana; así que la niña redoblaba esfuerzos por ponerse al corriente y cumplir con las tareas obteniendo  altas calificaciones. Un poquito más y concluiría el cuarto año con diploma de aprovechamiento.

 

Con mucho esfuerzo Mary, (quien había quedado huérfana cuando tenía tres años),  hacía hasta lo imposible por darle lo necesario a Rosita, de quien se había embarazado en su juventud y el “padre” no quiso apoyarla, por lo que decidió tenerla a pesar de la adversidad.  Con su trabajo de modista, había logrado sacar adelante a su hija,  a quien le hacía vestidos  de los retazos de tela que le sobraban, lo que no  demeritaba la calidad y hermosura de los mismos. Rosita amaba mucho a su mamá y se sentía muy orgullosa de ella; soñaba con terminar sus estudios, convertirse en doctora y trabajar fuerte para comprarle una casa grande y  bonita.

 

Habían pasado casi seis meses desde que Mary ingresó la solicitud de apoyo en la institución y aquella mañana recibió la visita de una trabajadora social de esa dependencia. Los ojos de Mary se llenaron de lágrimas al escuchar que su petición había sido aprobada y recibiría apoyo en la rehabilitación de Rosita.

 

La niña comenzó con sus terapias las cuales eran muy dolorosas, pero esto no la desalentaba, ponía todo su esfuerzo para realizarlas  porque la sonrisa de su madre la animaba a seguir adelante.

 

Una tarde mientras Rosita estaba en sus terapias, visitaron el lugar distinguidos funcionarios extranjeros, entre éstos un renombrado cirujano ortopedista, quien quedó admirado del  empeño  de Rosita y ofreció sus servicios gratuitos para realizarle estudios. El diagnóstico fue que había grandes posibilidades  en que la niña  recuperara la movilidad de sus piernas mediante una operación muy delicada. Rosita  y su madre no podían creer tal bendición y, aunque tenían temor por lo riesgoso de la operación, confiaban en las manos del cirujano, por lo que  cumplieron con  todos los requisitos y trámites necesarios.

 

Una noche antes de su intervención quirúrgica, Rosita rezó la oración que su madre le había enseñado desde pequeñita: El ángel de la guarda. Y así  durmió,  conversando con Dios.

 

La operación fue un éxito y Rosita estuvo en recuperación por unas semanas. Hoy dio sus primeros pasos, apoyada del  brazo amoroso de su madre. Muy pronto podrá “volar”  cual mariposa en pos de sus sueños.

 

 

 

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