¡AGARRÓ Y SE MURIÓ(POR: LUIS CHAY CHUIL)

 

 

Como un niño lloró al ver el ataúd de su padre, tras largo viaje de Cancún hasta su casa en un poblado de Yucatán. Aunque se ocultó detrás de la casa de huano en la que pasó su infancia, su llanto de desahogo no pasó desapercibido, pero nadie lo interrumpió, por respeto a su dolor.

Años atrás, un sobrino que fue testigo de esta escena da testimonio de los diversos trabajos que desempeñó, entre ellos el tendido de red del sistema de agua potable de Sisal puerto.

Situaciones de estudio y trabajo separaron a sobrino y tío, hasta que años después se volvieron a encontrar, pero en esta ocasión en una sala de espera de un hospital, cuando su hermano inmediato batallaba con una enfermedad que a fin de cuenta se lo llevó a la tumba.

Recuerda el sobrino que  fue como voluntario a donar sangre, pero ya no era necesario; sin embargo, se quedó hasta el final. Desde la mañana hasta el anochecer estuvo pendiente del traslado del cadáver de su hermano de la funeraria hasta su pueblo natal.

El apoyo incondicional entre tío y sobrino era manifiesto, pues mientras el segundo hacía trámites para solventar los gastos, el primero estaba pendiente de los pormenores para que el cuerpo de su consanguíneo llegara a lo que fue su hogar: una casa de paja donde el difunto creció a sus seis vástagos.

En el ínter de este trámite prolongado -hasta la muerte se torna engorrosa por la burocracia-, el tío se la pasó con 20 pesos en la bolsa para mitigar el hambre y la sed.

Transcurrieron los años hasta que  tío se vio involucrado en una escalada de hechos que afrontó con entereza: el abandono de su esposa, la muerte de su hija mayor, la pérdida de su único hijo varón que se hacía la mar y en uno de esas travesías ya no volvió.

Tiempo después, los estragos del esfuerzo laboral desde muy joven y la edad empezaron a cobrar factura mediante un mal en la columna, lo cual fue mermando su fortaleza física que lo llevó a tramitar su jubilación, si así se le puede llamar a la miseria económica que recibía al mes.

Así que con eso se la pasaba tranquilo hasta que en una de esas tuvo que acudir a IMSS de Kinchil, de donde es originario, a s consulta acostumbrada de “control”, pues ya llevaba una operación en la columna. Fue muy temprano y luego de consultar, mientras esperaba sus medicamentos un dolor muy agudo en el pecho lo sorprendió.

En cuestión de minutos empezó a hincharse y quedar morado, según cuenta la hija que lo acompañó. Un infarto al corazón se lo llevó; lo que es el colmo es que a pesar de estar en un lugar donde se supone se cuida la salud no se le aplicó. Protocolo  de reanimación Quiero pecar de inocente y suponer que no fue posible porque no se contaba en esa “nueva” clínica con el equipo adecuado para hacerlo.

Por fuera se ve nueva la clínica, pero por dentro y la acritud de algunos, salvo notables excepciones, que cursan la noble tarea de velar por la salud de sensibles tienen muy poco. Y por añadidura, cuando llegaron los paramédicos después de las quinientas se querían llevar el cadáver, que para hacerle la autopsia ¿No se supone que falleció en un lugar donde se podía emitir el parte médico de la causa del deceso?

¡Cómo la béisbol! se diría en expresión dominguera. Así es como el “tío gordo” se fue a reposar en un lugar mejor, donde ya sus achaques serán aliviados y a disfrutar de paz y armonía, mientras sus hijas esperemos no se peleen por su casa que por desventura quedó intestada.

 

 

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