EL HOMBRE QUE REGALABA MARIPOSAS(POR: ROBERTO CRUZ)

 

Aquella mujer caminaba como si el mundo entero la acechara. Erguida, grácil, sin sombra de miedos o preocupaciones, pisando suave hasta dar la apariencia de que flotara en el aire.

Por supuesto, alguien así atrae muchos ojos. Los de Roque y sus amigos eran habituales, a juzgar por la plática que sostienen.

—Roque, Gina está atravesando la alameda, parece que va al mercado.

Entonces Roque dirige la mirada hacia la mujer señalada que camina sobre la alameda. La distancia y un poste que alcanza a medio taparlo, les permite mirarla a sus anchas, pues si Gina notara su acecho, moriría de vergüenza. Ella tarda poco en cruzar la explanada. Luego sin pregunta expresa reanudan la plática.

—Va a la mercería por sus hilos, posteriormente pasará a la florería por [sus] mariposas que tanto le gustan.

—Sabes de memoria  su rutina, no obstante los años de no ser novios—, tercia con la rutina acostumbrada, uno de los amigos de Roque.

—Y como no Tony si durante diez años era yo, por encargo suyo, quien los martes le compraba sus hilos y cada tarde por ahí de la seis y media pasaba por la florería y le compraba un ramito de mariposas. De hecho fui yo quien la aficionó a las mariposas.

— ¿De verdad?

—Claro, recuerda que mi madre las cultivaba, hasta que murió, y pues se me hacía fácil  cortar un ramito y llevárselo a Gina desde que éramos solo amigos. Luego cuando nos volvimos novios durante diez años, cada día, al caer la tarde, llegaba con el mismo presente a su casa.

— ¿Y nunca mostró fastidio por esa rutina?

— La verdad no. De hecho siempre parecía que fuera la primera vez que se las entregaba. Miraba el ramo con esos ojos claros que las hojitas verdes de las mariposas matizaban como piedras de turquesa y luego las acercaba a su rostro para aspirar su aroma como si intentara llenar sus pulmones de un fluido que únicamente ella conociera. Su cara se transformaba y me decía: Gracias Roque, me haces tan feliz. Yo no decía nada.

— ¿Y por qué?

— Porque sentía que si decía algo la magia del momento terminaría. Y yo quería prolongar esos instantes que me parecían sublimes. No sé; todo era tan perfecto, la blancura de las mariposas, lo terso de sus pétalos, su tallo y hojas frescas pero sobre todo ese aroma tan limpio y tan puro. Es difícil de explicar Tony.

—Estabas muy enamorado Roque, que digo, sigues muy enamorado. De hecho puedo decir que a ella se le notaba a leguas el amor que te tenía. La verdad creo que te sigue amando porque su hermana le contó a mi esposa que rechazó al Doctorcito Paz, que la verdad es un galán y no mal partido. No es que seas feo pero la verdad tampoco eres guapo.

—Sí, la sigo amando.

—Al parecer ella también te sigue amando.

—Puede que sí.

—Entonces que te impide regresar Roque, ya vas a cumplir cuarenta años y ella debe estar por encima de los treinta.

Roque no contesta, permanece callado, sus ojos cristalizados parecen a punto de estallar. Son la última capa porque se puede adivinar que por dentro está roto. Tiene un aguijón clavado que no puede arrancarse y cada que recuerda, el dolor se le hace insoportable. El problema es que agarro él vicio de soñar despierto los momentos felices con Gina, pero en cuanto despierta el dolor se presenta.

Tony, no entiende nada de esto, pero tiene un momento de gracia.

—Roque ¿Cuéntame que paso, porque te alejaste de Gina?

Entonces sucede lo inesperado cuando Roque rompe en lágrimas y ya quebrado totalmente, comienza a hablar…

—Te lo voy a contar, te lo voy a contar, ya no aguanto más…

Roque habla en susurros, como que no quiere que nadie más lo escuche…

—Una tarde, como cada tarde,  lleve a Gina su acostumbrado ramito de mariposas. Cargaba una urgencia y por ello se lo entregue en la calle; disfrute del momento y me dispuse a partir…

-¿Y?

-Entonces al montar mi bicicleta, que me echo un sonoro pedo. Jamás en mi vida, ni antes ni después he soltado un pedo con ese trueno, como que se hubieran combinado todos los pedos del mundo. Fulminante Tony, su hedor era terrible… Presuroso y avergonzado aceleré pero no pude eludir mirarla de reojo… y me pareció que lloraba, no sé si de decepción o de qué.

—Roque ¿No es natural…?

— ¿Natural qué Tony? ¿No puedes entender?

— ¿Entender qué Roque?

-Eche a perder todo… ¿Cómo le iba a entregar mis mariposas y revivir la magia sin recordar ese sonoro y apestoso pedo?

 

 

 

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