LA NEGRITA (POR: JOSÉ GARCÍA)

 

Lo primero, al regresar al hogar después de varios meses, fue visitar el cuarto de la abuela. Desde la cocina se mira, pasando un pasillo que esta tapizado con cuadros de ella y sus hermanos, ¡ocho ¡…como diría, mostrando con los dedos el número, en anverso y reverso, junto a una fila de maceteros de varios tamaños.

Abrí la puerta con nostalgia; las cortinas se ven limpias; lavadas, sus ropas ya no están, vacío quedo su closet, su espejo ovalado de píe luce sin  polvo. La ventana donde se pasaba las horas de sol y algunas de luna, la clausuró mamá con dos tablas cruzadas, presumían la vista al jardín, que ya con las rosas marchitas y los matorrales altos, lo muestran desecado y olvidado.

Ayer la soñé: “Haciendo lo que le hace feliz, su pie en el pedal de la máquina de costura, sus manos guiando la tela, rebobinando el carrete con hilo y reposando la mirada en su inolvidable jardín que el abuelo desde temprano cuida”

La gente del pueblo la conoce como Doña Carelia, la artista del bordado. Nadie como ella para vestir un hipil de flores y colores vivos. Venían de otros lugares para hacerle encargos, por docenas.  Cuando así era, sin descuidar la atención al abuelo, cocina temprano, barre, lava la ropa de ambos, y entonces … !listo¡,

 Se encierra en su cuarto para hacer lo suyo.

“Su máquina de coser, montada sobre un mueble de hierro fundido y madera con una gran polea y un pedal que alimenta una correa de cuero”, la tenía siempre en su recámara, junto a la ventana, que abierta o cerrada el aire pasajero le juguetea su cabello gris muy, pero muy dulcemente. Pasaba horas con su: tac, tac, tac .

Amaba a su “negrita”. Así le llamó, desde que se la donó su hermana mayor. Aprendió su uso  y no hubo  máquina de otro color en su tiempo.

La voz de mi madre vuelve el presente, me retiré de su cuarto dejando la puerta semi-abierta para observarlo desde mi hamaca, en la sala.

El sonido del pedal me despertó:

 ¡Mi abuela ha regresado!

 Ilusionado dejé la hamaca para estar con ella. Nos separaba el pasillo en el reencuentro, sonriente pensé, hay tanto que decirle. En un espacio del tiempo me detuvo su rostro, tantas mañanas sin saber de ella, de recuerdos…que le guarde uno más para dárselo.

Me detuve en la puerta.

Se apagaron los sonidos…se borró su imagen. Ella partió ayer con los ángeles y, ¿yo?…

No recibí su último beso.

FIN.

José  García.

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