ALMA BUENA (POR: SONIA MAYLLEND)

 

Rezaba en medio de la noche ─Dios bendito,perdona mis pecados y recibe mi alma en tu santo seno. Amén─ quiso persignarse pero no pudo… estaba toda tiesa.

Pancracia era la devota de la familia. Los preceptos de la biblia los tenía bien aprendidos y trataba, por todos los medios, de cumplirlos, aunque, según ella, de vez en cuando cometía algunos “pecadillos”, los mismos que serían perdonados, siempre y cuando se confesara y cumpliera su penitencia. Por tal motivo y ante el umbral de la muerte, ella sonreía al entregar su alma sin temor alguno. Claramente escuchaba el aleteo del Espíritu Santo que le mostraría el camino hacia el cielo.  Sólo la inquietaba algo, no veía la luz que debería seguir. En ese momento recordó a las 3 palomas que amanecieron muertas en el traspatio de su casa y comenzó a temblar de pies a cabeza diciéndose ¿porqué no encuentro el camino?, ¿porqué no siento frío?, ¿acaso estoy soñando?─, ante tantas preguntas sin repuesta, de súbito abrió los ojos y de su boca salió un grito ─¡Santa Madre de Dios!─ y se enderezó, encontrándose aún en su cama, sudando y con el corazón latiendo aceleradamente.  

Su prima Lalita la recibió con su cotidiano saludo en la cocina, ya que era el lugar adecuado “para romper el ayuno”, como decían ellas, de ahí que se le llame desayuno. ─Buenos días Panchita. Alabado sea el Señor y su día bendecido. ¿Cómo amaneció usted?, ¿querrá ya su desayuno?─ Al no recibir el consabido “Dios le bendiga a usted también”, le dijo a modo de pregunta ─¿La notó algo apesadumbrada?, ¿tal vez alguna congoja por el episodio de las palomas?. Usted no se apure, ya les di santa sepultura a un lado del limonero y…─ Panchita, con un ademán, le pidió silencio, lo que inquietó a Lalita ya que su prima se caracterizaba por ser parlanchina y mostrar siempre una sonrisa que iluminaba su afable rostro. El día de hoy, no era la misma. Y en verdad que ambas se conocían muy bien, ya que desde 15 años atrás, decidieron vivir juntas para hacerse compañía.

─Panchita─ le inquirió Lalita, ─debe usted decirme qué le acontece, me preocupa su palidez y su silencio. Llamaré a su sobrino el doctor y que venga a visitarla─. Pancracia, sin voltear a verla siquiera, dijo ─voy a ver al Párroco de la Santísima Trinidad─ Sin más, salió a toda prisa, dejándola con las palabras en la boca.

Entró al templo como si fuese un vendaval, dirigiéndose a la oficina del párroco Pedro Damián y ante su asombro, se arrodilló tomando su mano para besarla ─¡Hija mía!, ¿a qué se debe esta visita tan inesperada?, ¿qué sucede?, levántate y dime─ aquella hizo una aspiración  profunda y, con lloriqueos y sofocos, le narra el sueño de terror que la asaltó por la noche. Una vez terminado su relato y más sosegada, le pregunta ─padre, ¿usted cree que los insectos son criaturas del Señor y que el uso de insecticida sea pecado?, aunque he de confesar que ya van dos, o tal vez unas tres palomas, que se mueren, ¿piensa que a ello se deba esta pesadilla?─ El párroco se frotaba la frente tratando de asimilar la perorata de su feligresa, también buscando en su mente las palabras adecuadas para tranquilizarla. ─Efectivamente hija mía, todo en esta tierra es obra del Señor, pero si tu conciencia no está tranquila por la muerte de esas pequeñas aves, te aconsejo alejarlas de tu casa sin recurrir a productos tóxicos, recuerda que, a la larga, también a ti y a tu familia les puede perjudicar. Anda ve con Dios─ Pancracia inclina su cabeza para recibir la bendición y se retira santiguándose, por enésima vez, antes de salir de la iglesia.

─Panchita, que bueno que regresas, ya te veo más tranquila. ¿Ahora sí me contarás que diantres te traes?, me tienes con el Jesús en la boca. ¡Anda dime ya!─ aquella sonriendo sólo preguntó, ─¿todavía hay leche con chocolate? Y también quiero un pan con mantequilla y miel de colmena. Al rato te platico, primero, ¡rompo el ayuno!

Al medio día, Pancracia se encontraba en el jardín del traspatio, mismo que colindaba con el de su vecina que, dicho sea de paso, era un poco desaseada y casi nunca estaba en su casa, pero cuando llegaban a coincidir en ese lugar, sólo recibía gestos de mala cara a lo que ella respondía con sonrisas y bendiciones. ─Panchita, ¿por fin me dirás que sucedió esta mañana?, ¡me tienes en ascuas mujer!─ Lalita la veía sin comprender lo que hacía en esos momentos, ya que, antes de salir al jardincito, se había desecho de los botes de insecticida, incluso, dos de ellos, eran nuevos. ─¿y qué haces ahora?, ¡ya habla por el amor de Dios!─ Con la parsimonia que le caracterizaba, comenzó diciendo… ─mira Lalita, anoche tuve un sueño muy feo y después de hablar con el Padre Juan Damián, tomé la decisión de que, a partir de hoy, no mataría ni una mosca─ Lala preguntó de nuevo ─¿y para qué quieres los platos?─. ─Verás, en el plato hondo, un chorro de coca-cola, para las abejitas; en este plato extendido, tres cucharadas de azúcar, para las hormiguitas; en este otro, un puñado de alpiste, para las palomas; y en ese rincón, un bolillo desmenuzado, para los ratoncitos─ Lalita seguía sin comprender del todo lo que había escuchado y por lo que estaba viendo, creyó conveniente hacerle notar que… ─pero los estás poniendo en el jardín de la vecina, ¿por qué?─ Panchita se pone de pie y sacudiéndose las manos y con una pícara sonrisa le responde, ─¿acaso no son sus animalitos?.

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