LO QUE EL CORAZÓN ME DICTA(POR: RITA ELENA VÁZQUEZ PEÑA)

R-3

GOULD Y SU LIBERTAD

Se llamaba  Gould , era un pajarito muy hermoso. Su plumaje era motivo de envidia de los demás pájaros porque el colorido era especial y cambiaba cuando recibía los rayos del sol. Su canto era inigualable,  las finas notas de su pecho llegaban a las fibras sensibles del alma.

Si bien todas estas cualidades hacían  dignas de admirar a Gould, qué decir sobre su calidad espiritual. Era un excelente amigo  porque en las buenas y  en las malas allá estaba, siempre al pendiente de ayudar a los demás.

Cierta vez que Gould  salió a volar por el bosque, encontró tirado en los matorrales  a un gorrión desmayado y malherido. Con mucho trabajo lo llevó a sitio seguro y le curó sus heridas, le dio alimentos y veló su sueño. Debido a los cuidados de Gould, el gorrión, quien se llamaba Trevor, salió del peligro y pudo volar de nuevo.

Tita, una ranita que habitaba el bosque, era muy amiga de Gould. Le  estaba eternamente agradecida porque el pajarito le había salvado la vida. Ingeniosamente, Gould había logrado abrir la  caja en la que Tita  estaba  encerrada y a punto de asfixiarse.

Y hay muchos casos más en los que Gould  era  el héroe y por eso era muy querido en el bosque.

La vida de este pajarito aunque sencilla, era muy feliz;  sin embargo un día ésta  cambió drásticamente: fue atrapado y encarcelado en una jaula. De pronto, se vio en un lugar en donde no había árboles ni flores, ni el riachuelo en el que se bañaba,  ahora en su alrededor sólo habían  paredes de concreto y personas que le hablaban en un idioma extraño.

Lo que más le dolía a Gould  era que ya no podía ver a sus amigos y cuando intentaba volar, se aporreaba con los barrotes de su nueva casa: una jaula de alambre.

Gould creía vivir una pesadilla pues a causa de su estado,  dejó de cantar y se le quitó el apetito, incluso ni  agua quería tomar. Adelgazó tanto,  que de su otrora belleza casi no quedaba rastros;  lejos estaban aquellos  días felices en el campo, con sus amigos y árboles del bosque.

Cierta mañana, Gould no despertó temprano como solía hacerlo.  Una noche antes, había soñado que estaba nuevamente en el campo, conversando con Tita y los demás animalitos. Su plumaje era bello como siempre y su canto transparente se dejaba escuchar.  Se sintió tan feliz que le pidió a Dios le permitiera quedarse en ese lugar que tanto extrañaba.  Su deseo se  concedió.

 

 

 

 

 

 

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