MIS ABUELOS Y PORQUE LOS PERROS SE ACUESTAN A MEDIA CALLE(POR: RAÚL R. DZUL PAREDES)

foto Raul

En mi infancia llegue a pensar que los abuelos nacían como tales. Sin pasado, con sólo su presente, similar a un objeto antiguo, accesorios decorativos imprescindibles y si, usualmente apreciados. Igual que la luna presta su luz al sol, me parecía que los abuelos  cobraban brillo frente a sus nietos y sin ellos opacos podían deambular sin reparos. El tiempo se encargaría de resolver esta mirada inicial.

Mi abuelo apenas alcanzaría el metro y medio de estatura, vestía siempre de blanco y los domingos incluía manga larga y sombrero. Mi abuela igual de bajita,  portó de siempre el clásico hipil blanco matizado de flores, principalmente margaritas. El aspecto menudo de ambos, abonaba a su carácter tierno y juguetón.

Un día de junio, de esos ideales, cuando llueve con sol, salimos a bañarnos entre  columnas de luz y rayos de agua; luego, con una tabla, tres clavos, un pedazo de hilo y un pañuelo viejo construimos un barquito. Lo marcamos con el nombre de “Nena” y salimos a la calle veinticuatro; lo asentamos en un enorme charco, del que brotaban hileras de agua, como gusanos transparentes zigzagueando vigorosos. En un principio, la violencia del agua le hizo dar varias vueltas, luego se estabilizo y entonces, comenzó a navegar con prisa, lo vimos tropezar, con varias salientes de piedras, nada lo detenía; lo seguimos un par de cuadras, nos distrajo un rayo que pego en un árbol de jabín y lo perdimos de vista. Le pregunte a mi abuelo si creía que llegaría al mar. Lo pensó un poco y me contesto que en agosto cuando fuéramos al puerto de Telchac, quizás lo pudiéramos ver en la playa.

En julio, mi abuelo, que era carpintero, se acercó a mí con las manos por detrás, como escondiendo algo y me preguntó de qué color preferiría mi caballo, le dije de plata. Enseguida mostró lo que traía: Un palo de escoba al que le había habilitado una cabeza de caballo, hecho de madera, precisamente pintado en plata. Con un pedazo de cartón, teñido de negro y un pedazo de liga me elaboró un antifaz. Un trozo de tela negra y un improvisado chicote, a manera de látigo y un sombrero blanco, complementó mi indumentaria del  Llanero Solitario. Le pregunte a mi abuelo si quería jugar conmigo y me contestó como Toro: “A sus órdenes Kimo Sabi”. Jugamos toda la tarde hasta que mi abuelo me dijo que el caballo debía estar cansado.

En diciembre, en uno de sus días cuando no hay frío ni calor, mi abuela me pregunto si quería hacer una casita. Fuimos al monte cercano, cortamos una buena cantidad de palos de varios grosores y tamaños, tomamos zacate de una vieja casa derrumbada, un rollo de mecate, una cubeta de tierra colada, una estopa y cal. Mi abuela, me pidió que armara un cuadro, mientras ella hacía el techo. “De dos aguas, para que sea vea linda”, comentó alegre. Luego unimos las partes. Preparamos lodo y mientras ella rellenaba con paja las rendijas que dejaban los palos que fungirían como paredes, yo le aplicaba lodo hasta hacer un adobo sólido. Lo dejamos secar un rato y luego lo lechamos con cal diluida en agua. También le fabricamos un corralito. Concluida esta labor, le pregunté cómo haríamos para poblar los corrales. Saco una bolsita de galletas  con diversas figuras de animalitos y me dejo pintarlos de blanco. Nos fuimos a tomar un refresco de tamarindo para esperar que el sol horneara nuestra obra. Al rato regresamos. Cuando vi el contraste de las paredes blancas y el techo café de la casita, lleno de alegría abracé a mi abuela y no supe porque terminamos llorando.

Una tarde de enero, le pregunte a mi abuela por qué los perros se acuestan a media calle, especialmente por las noches. Me  dijo al oído, te lo voy a contar pero tienes que guardar el secreto. Emocionado acepté y me lo reveló: “Si te fijas bien, los perros no duermen, tienen los ojos entrecerrados, como vigilando discretamente. Si te fijas mejor, su mirada enfoca hacia arriba, hacia el cielo. La razón se encuentra en una leyenda casi olvidada, según la cual, muchos años atrás, todos los habitantes del pueblo fueron llevados por una nave a una estrella llamada Toktunich.  Y desde ese día los perros, vigilantes esperan el regreso de sus amos. Yo le creí.

Han pasado muchos años desde que mis abuelos murieron. No sé si ahora estén en Toktunich o en otra estrella.  A veces me acuesto en la hierba, de cara al cielo, entrecierro los ojos, dirijo mis recuerdos hacia ellos y evoco potente una de  las promesas suyas,  escrita en mi corazón: Que algún día volveremos a vernos. 

Un día, mientras camino por el muelle de Telchac, diviso a unos pocos metros un barquito de madera que alegre juguetea con las olas o quizá trata de llamarme la atención, leo claramente su nombre: “Nena”. Tenía razón mi abuelo.

Sin duda, algún día volveremos a vernos.

 

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