ARRUINADO POR UN PÍIB(POR: LUIS CHAY CHUIL)

 

 

Para muchos los escrúpulos ya no existen, cada quien busca “llevar agua para su molino”, lo digo porque luego de bajarme del transporte caminé sin un trayecto definido, pero sin olvidar a dónde iba; en el camino me encontré a uno pidiendo limosna a las puertas de una tienda famosa.

Le di una bolsa de limones que me pareció no le gustó, por su mueca, creo que prefiere “money”; pasos después estaban dos invidentes, uno con su grabadora en la que sonaba música cristiana, el otro entonaba cantos tradicionales que de seguro ha oído en misa, ambos aún tenían sus trastecitos vacíos.

Lo bueno es que los pseudoinspectores no los habían corrido a empujones y a mentadas de madre, como señal de su cortesía en el trato habitual. Ya en el mercado me vi envuelto en el griterío de los oferentes, a quienes ni las piedras se les escapa de ser vendidas.

¡Oh, sorpresa! Ofertas engañosas: espelón a 20 pesos se leía en un improvisado letrero, y junto una bolsa como de un kilo, pero al detenerme descubro que hay tres tamaños, 40, 20 y 15… ¡plop!

Siguiente puesto, en un pedazo de papel se anuncia hojas de plátano a cuatro pesos. ¡Ya la hice!

Mi ilusión y mi sonrisa huyen al preguntar y recibir respuesta de que hay paquetes de 20 y 10, los de cuatro son sólo cuatro barras, como se le conoce a cada pieza, y las más rotas, de modo que sólo sirven para completar o agregar al guisado de entomatado o cochinita.

Sigo mi recorrido y me hallo plátanos a seis pesos… medio kilo, según se lee en el papel cuando me paro junto a la mesa de la oferta. Dos tortas a 25 varos, se anuncia en el siguiente puesto, pero las de jamón con queso, las de carnitas o asado a 20 cada una.

Aguacates a 10 pesos el platito, con dos piezas, se exhibe en un improvisado mostrador de huacales, pero resulta que los de la primera fila son de a 20, los de la segunda de 15, hasta la tercera se hallan los de 10 pesitos. Mercadotecnia del mercado.

Compré mis anheladas flores, de las llamadas margaritas, y de nuevo caminé para abordar el camión de regreso a casa; ahora sí hice un esfuerzo de no sentirme tan mal al no dar los buenos días, pero ¡qué difícil! Después de esta experiencia me he sacudido para alejar las malas vibras y decepciones y mantener la convicción de no dejarme contaminar y actuar como muchos.

Con este rosario de quejas no digo que sean anatema todos, sólo considero que respecto a los vendedores pueden ser más directos en sus ofertas, sin necesidad de letras chiquitas, como estrategia de otras instituciones. Quienes van a comprar ya saben a lo que van y que tienen que caminar para encontrar mejores precios, sin necesidad de ser “enganchados” con costos ilusorios.

Aunque reme contra la corriente, la formación que recibí, con buenas costumbres y lenguaje, no las dejaré cubrir por el polvo, pues soy parte del mundo y tengo que florecer donde fui puesto, a pesar de las hierbas dañinas que crecen alrededor, pues si las dejo pueden echar raíces hasta envolverme con sus ramas.

La inercia puede hacerme actuar como el montón. Aunque yo mismo salude y me responda, seguiré con las actitudes cotidianas, aunque siga sin amigos o no cultive otros ¡qué me importa!

Pero traigo a la memoria que a lo largo de mi vida he conocido gente humilde, sin estudios, que tiene un trato amable, sin insultos, honesta, servicial, dispuesta a dar sin recibir nada a cambio. He tratado con personas con “estudios” con una actitud altanera, pedante, lépera, en espera del más débil para aprovecharse, deshonesta.

Concluyo entonces que lo que vale no son los conocimientos que se tienen en la cabeza, sino la grandeza del corazón, la cual no la dan los libros.

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