INTRUSOS EN LA COCINA(POR: SONIA MAYLLEND)

sona 2

 

Esther se dirigía a la cocina sigilosamente, se diría que caminaba de puntitas y aún así no pudo evitar que el piso de madera crujiera. A cada paso dado, hacía una pausa y miraba a un lado y al otro antes de seguir avanzando.  En cuanto entró, cerró la puerta tras de sí, con la sensación de que se le saldría el corazón por los nervios.

El cuarto estaba obscuro, aunque por la ventana se filtraba un poco de luz del exterior, apenas se podía distinguir el mobiliario.  En la penumbra y a tientas buscaba el apagador y de pronto sintió una mano sobre la suya. El miedo le puso la piel chinita y los ojos se le querían salir. Quiso gritar pero solo le salió una voz temblorosa para preguntar ─¿eres tú Gustavo?─. alguien le tapó la boca y le dijo en la oreja ─¡claro que sí mensa!,─ encendió la luz y al momento de soltarla le puso un dedo en los labios haciendo un ¡ssh!, hablando en voz baja le preguntó ─¿a poco te asustaste? ji ji ji─ al ver su cara de espanto se apresuró a decirle ─ no, no vayas a llorar porque despiertas a la gente─ Esther le dio un manotazo en el brazo diciendo ─¿cómo crees zonzo? es que no te vi─ aún temblaba pero no quería que Gus lo notara porque seguiría burlándose de ella.

Pasado el susto sacó una hoja  que llevaba oculta bajo la manga del suéter, en la que tenía algo escrito y le dijo ─ándale, vamos a empezar, yo te voy diciendo y tú buscas─ Gustavo no paraba de reír tapándose la boca con una mano y mordiéndose los labios cuando vio que la hoja se movía por que ella seguía temblando. Esther le dio la espalda mientras se tallaba los ojos tratando de que no se notara y Gus le dijo ─no creí que te asustaras tanto ¿me perdonas?, no lo vuelvo a hacer─ ella muy orgullosa contestó ─¿cómo crees?, ándale apúrate, si no, nos van a descubrir.

Esther comenzó a leer y a dar órdenes y éste, sin dilación ni protesta alguna, seguía paso a paso todas las instrucciones. Esther también estaba muy atareada, cada uno metido en su papel, solo de vez en cuando miraban hacia el reloj de pared como midiendo tiempos, pero sin hacer pausas, ya que el día comenzaba a clarear y ellos debían terminar antes de que los de casa despertaran.

Habiendo terminado, voltearon a verse y Gus le guiño un ojo a Esther haciendo una señal con la mano que significaba “perfecto” y de inmediato, los intrusos se dieron a la fuga.

Con el mismo sigilo con el que habían llegado, se escabulleron olvidando apagar la luz.

En la planta alta del dormitorio principal, se escuchó el ruido de un reloj despertador que sonaba insistentemente. De entre las sábanas emergió una mano para oprimir el stop y acallar la alarma. ─papá, ya levántate, se te hará tarde, hoy es tu final de futbol. ¡Ah! y por favor dejas encendido el boiler, yo me levantaré en media hora, gracias─ el esposo de Trini despertó y antes de enderezarse por completo, depositó un beso entre la maraña de pelo de la cabeza de su esposa ─si vida, no te apures, continúa dormida─ Federico salió de la cama y bajó para prepararse un café, como a diario lo hacía. Él no daba paso sin su humeante bebida, todo podía esperar y faltar ¡menos el café matutino!.

Bajaba las escaleras medio arrastrando los pies, y con los bostezos a todo abrir de boca; por ello la cubría, de hecho, en una ocasión bostezó con tantas ganas que al jalar aire ¡se tragó una mosca!, y desde ese día, siempre se lleva la mano a la boca para cubrirse. Cada que se acordaba le daba escalofríos, pero como ya había pasado tanto tiempo de ese suceso, ahora también le causaba risa.

Llegando a la cocina empujó la puerta abatible y lo que vio lo dejó boquiabierto. El espectáculo era dantesco; hizo un recorrido con la mirada tratando de asimilar todo ese desorden; las puertas de todas las alacenas estaban abiertas de par en par, los cajones de cubiertos y utensilios a punto de caerse, los bancos altos también estaban fuera de su lugar y uno de ellos se encontraba tirado; hasta ese momento asimiló el hecho de que la luz se encontrara encendida antes de que él llegara a la cocina: de súbito sacó conclusiones. Dio dos pasos hacia atrás y subió las escaleras con grandes zancadas. Llegando a la recámara, le dijo a su mujer ─¡Trini, ponte la bata y vamos a la cocina, tienes que ver esto!─ en menos de 10segundos ambos estaban parados frente a la cocina.

Trinidad sujetaba la bata con una mano y con la otra se alisaba el cabello. Las lágrimas no la dejaban ver bien. A Federico se le hizo un nudo en la garganta al verla tan turbada. En medio de ese desorden, en el centro de la mesa, se encontraba un maltrecho pastel de galletas con mitades de fresas. A sus espaldas estaban dos niños de 6 y 8 años gritando a todo pulmón ─¡Feliz Cumpleaños Mamá!

 

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