ENTRE TODO(JOSÉ GARCÍA)

JOSÉ GARCIA

 

En medio de la polvareda vio alejarse el vehículo colectivo. En este mes los días son  cortos y las noches largas, recordó mientras veía el sac-bé  recto sin desniveles casi oculto por la alta yerba. Desde que dejó su comunidad no había vuelto, hasta hoy que finalizó sus estudios. “Cuando las oportunidades se te presentan y son pocas, hay que guardar los recuerdos y atrapar los sueños”, rememoró las palabras de su padre mientras seguía su camino.

El pequeño parque de la comunidad luce unas primitivas bancas de cemento y un gran laurel aún en pie. Con lámparas nuevas, “confidentes” con buena lechada que  se miran solitarios; y su Palacio Municipal vestido con traje nuevo, la farmacia, la tienda comunal…todo en el mismo sitio.

Camino a su casa le hizo sonreír el aroma a panuchos y caldo de pollo. Recordó, como de  pequeño lo mandaba la abuela con la olla de peltre a casa de Doña Pilar. Entonces la recordó con su larga caballera grisácea recogida en chongo y su tenedor como peineta.

– Suspiro de nostalgia.

Cuando miró a la chula –como dulcemente decía su padre– sentada en la puerta de su casa, con su hipil fresco y unas arrugas de más, su corazón se le quería salir de alegría. Fue un reencuentro de recuerdos.

Comenzaba a amanecer y la naciente claridad del nuevo día le recordó cosas de su niñez. Como aquellas húmedas mañanas, abrigado con dos camisas; cargando su boca trampa, internándose en el monte, sentir el rocío,  ver  los venados brincando tan  largo como sus patas se muestren. ¡Eso, no se borró  jamás¡.

Salió a la calle, se dirigió al  mercado, y  lo que vio lo dejo preocupado. Niños de entre seis y nueve años, junto a su mamá vendiendo, cargando pitas y otros corriendo descalzos. Pensó sería algo normal, por la situación de ayudar con el gasto de la casa. ¿Pero así sería siempre?…le quedó la duda.

Se pasó preguntando por la escuela. Y con la mente confusa retornó a su casa. Lo encontró dubitativo su madre bajo el frondoso flamboyán. Terminó explicándole que las cosas son difíciles por aquí. Al emigrar por trabajo los adultos a la capital, se cambiaron los libros por unos pesos.

Continúó narrando ella: Había para comer, y los mismos padres determinaron que ayudan más aportando dinero que sentarse a aprender. De lo que fue la escuela, sólo quedaban las cuatro paredes, una lámina en el techo,  sillas rotas, ventanas, piso…

!Nada¡.  En total abandono.

Tomando nota de las necesidades se le veía caminando bajo los vivos rayos de sol. Se murmuraba qué algunos progenitores–en las cantinas sobre todo– lo señalaban como un personaje que “está contradiciendo “, la mente de sus hijos.

Lo mencionaban como el hijo de Don Silvino, que retornó de la capital. Nadie sabía  hasta ahora, qué estudió.  Unos suponían que es doctor, otros, licenciado…y… otros despistados, sacerdote.  En el mercadito, las más gritonas, hostigaban con su ignorancia a su mamá  que con inteligencia, sonreía.

Se cerraban las puertas. Para los desinteresados, en el mapa no aparecía el nombre de la comisaria. Dejó pasaran los días y que las aguas vuelvan a su nivel. Los pobladores sin cambiar su vida le restaban importancia al verlo. De cierta forma eso buscó.

Una tarde fresca, rica, llena de trinar de pájaros se sentó en una banca del parque; sacó un libro de su mochila y se puso a leer en voz alta llamando la atención. Poco a poco modulaba su sonido; se formó un grupo de ciclistas al poniente, otro en el oriente,  venteros a  pie, y de frente a él, tres chamacos que asentaron sus trompos y canicas en el suelo para escucharlo atentos.

Esa noche no pegó los ojos. Se pasó mirando el cielo sonriendo, imaginando a esos niños leyendo, soñando… ¿y  por qué no? …pensó.

Por segunda vez en la semana, llamó la atención con sus lecturas; se sumaron ancianos,  niños, que en sus rostros pintaban cara de suspenso, sorpresa y alegría en cada relato.

–¿Qué ves con tanta insistencia?—Preguntó su madre mientras le acariciaba su cabello.

–La escuela derruida–  respondió meditabundo.

La mañana siguiente se ausentó a la capital muy temprano; su mochila iba llena de esperanzas.

Ya pasaban de las 4 de la tarde cuando lo miraron llegar. Traía tres pares de cajas de cartón, un fardo de láminas de chapopote y media docena de pupitres a medio pintar, que venían amoldados en el vehículo de redilas. Se detuvo en la escuela abandonada, justo cuando se reúnen los adultos en la cantina que queda a contra esquina. Comenzó solo la descarga  y  de reojo miraba, como esperando acudan en su ayuda. Tomó aire para proseguir, y una mano le palmeó la espalda. ¡Era su madre!, que le sonrió.

No esperó que la montaña venga a él. Construyó un techo con láminas de cartón, acomodó los pupitres y con sus propias manos un caballete para el pizarrón. Se presentó por dos días esperando que los pájaros descubran su nuevo hogar. Leía sus cuentos, uno tras a otro. No se vencía, le enseñaron sus padres que el tesón y el amor al prójimo, son dos valores heredados.

Aquel segundo día recibió una novedad. Una prestigiada universidad de la capital sugirió sus servicios. Lo que tanto anhelaba. Llegó a su casa, “la chula” lo esperaba en la cocina, ya tenía preparada la olla con la comida y un pequeño “lec” con las tortillas.

Apenas tres  años que se recibió y regresó a su pueblo. Vino con la ilusión de hacer algo generoso y cuando a punto estaba, la buena noticia se vuelve un infortunio. No se culpó, nadie sabrá cómo consiguió el mobiliario y todo eso lo dejaba en paz, lo animaba a seguir sus sueños. Ya volvería en tiempos futuros a cosechar.

Llego el día de partir. Fuertes golpes a la puerta temprano lo pusieron de pie.

–¡Hijo! ¡hijo, no lo vas a creer¡– dijo agitada  su mamá– . La escuelita se va llenando de niños, adultos, ancianos…!ven¡ .

–¿Pero, cómo?—con asombro comentó–, mientras se vestía presuroso.

Sus ojos quedaron fijos al mirar el público presente. Llegó a contar como 30 personas, que cuando lo vieron lo ovacionaron sonrientes. El comisario ejidal lo vio venir y salió a su encuentro.

–¿Dónde consiguió todo el mobiliario? Grato gesto.

–Bueno eso es un secreto. Le dijo sonriendo.

El comisario asintió sonriente, suspiró y se apoyó en su hombro. Entre los asistentes salieron tres personajes bien formales provenientes de la capital, que escucharon la breve historia:

“Los trámites ante las oficinas escolares serían largas, sabía que cualquier día llegaría la hora de partir. No solo deseaba levantar la escuela, también ser el Maestro. Entre  sus conocidos, recolectó lo necesario para inspirar. Juraba que el desánimo le ganaba y más, cuándo le avisaron de su contrato”…

–¡Ah¡ ¿modesto el maestro?—agregó su madre presente– Le faltó decir, que gastó sus ahorros de todo un año, y que empeñó las escrituras de los terrenos que le heredó su padre. Y al ver descalzos a los chamacos en la calle, mirarlos trabajar…no prepararse para el futuro…lo dejaba desalentado.

Abrazó a su madre cuando se enteró de la buena nueva. Los visitantes agitaron  las manos y de alguna calle, algunas gentes con cascos amarillos y maquinaría comenzaron a levantar la escuela. Gritos de chiquillos de alegría  pintaron el escenario perfecto.

Germán. Es su nombre. Hijo de don Silvino y Elena (la chula). Le regresó a su pueblo natal aquella pizca de tierra que un día, de hace tres años,  se adhirió en la suela de sus alpargatas al partir. Y  que hoy,   entre todos…escribirán  un final feliz.

FIN.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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