NO ME VEÍA TAN FLACO COMO ME SENTÍA(POR: JOSÉ GARCÍA)

JOSÉ GARCIA

 

Afuera solo se escucha el viento. Soy la única persona despierta en el mundo. Las cinco de la mañana hora de levantarse. El claror de la luna va muriendo también, se va alejando para dejarle turno a la alborada. En  media hora sonara la alarma y habrá cambio de guardias. ¡Listo!

La última raya en la pared. Se borró la cuenta pero ya no importa, en unas horas viene el sacerdote para dar los santos oleos y después seguramente  ofrecerán un buen desayuno” hasta matar el hambre”.

Queda poca agua. El rastrillo quedo sin filo y oxidado. Un buen corte pudo producir una infección– no era mala idea—se pudo ahorrar bastante el estado federal. ¿Se ha de extrañar…?. Que se puede extrañar en cuatro paredes húmedas,  un tragaluz a medio ver y la única ventana  que mira al poniente donde el paisaje solo son pájaros aislados en vuelo y la portentosa luna que nunca falta a la cita. Ya vinieron.

Demasiada gente para un sentenciado. Tres guardias, el sacerdote, el jefe de vigilancia.

¡Uff, ¡ toda una comitiva . ¿Vaya?, cuando menos trajeron uniforme nuevo, el  puesto ya tenía  historia.

El sacerdote  pide la confesión. ¿Para qué? Si el de más arriba no pudo salvarme en el más acá.

Después de dos años,  sin los grilletes en los tobillos, los pies flotan livianísimos, se ven desnudos. El recorrido fue corto, que decepción– esperaba mirar desde el cielo en otra perspectiva– aunque sea hoy. Me introducen a un cuarto donde solo se mira un gran espejo de frente a la silla y un registro de corriente. Muevo la cabeza negativamente cuando quieren ponerme una capucha negra; antes que la dejen fija “quiero mirarlos de frente sin mostrar piedad”. Aprietan  hasta el último orificio de las correas en las muñecas y tobillos.

El único foco distorsiona. Se adelantaron en el cuarto contiguo seguramente. Todos abandonan el cuchitril. Cerré los ojos y me encomendé a Dios.

Sé que no lo merezco, pero me dio fuerza pensar en algo bueno al final de mi última exhalación. Mi cabeza, la primera que siente el torrente extraño de escalofríos, luego mis brazos, mis piernas, mis dedos del pie, hasta  sentirlo trepar como enredadera que busca crecer.

La holgura de mi esqueleto se aprisiona,  un sube y baja  de sangre que busca un sentido para terminar. Y lo encuentra. Mis fosas nasales se llenan de sangre roja…todavía. Hace erupción y como cascada se emporcó en el uniforme nuevo.

¿Aplausos? ¿Porque o para qué? Si no estamos en la santa inquisición. Que morbosos, ven morir al sentenciado. Fui  un ente filosófico. Ahí me llevan:

Desde  acá: No me veía tan flaco, como me sentía.

FIN.

 

 

 

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