ANTES DE LAS DOCE(POR: JOSÉ GARCÍA)

JOSÉ GARCIA

Guardó sus palabras  cuando la vio partir en el auto convertible. Iba feliz con gente de su índole. En decepción dejo caer el ramo de Sak Nicté recién cortado y que hurto en el camino. Aspiró profundamente mientras  tomaba de entre  unos arbustos su bicicleta y bajó la calle inclinada del parque a toda velocidad sin algún rumbo previsto.

Dejó caer su transporte, y  con pasos apresurados atravesó la sala, el comedor, hasta subir la escalera que da a su cuarto. Contempló el techo, la fotografía de María con él –de la última cita– y dejó escapar un sollozo hasta quedar dormido.

Dormitaba plácidamente cuando su despertador lo sacó  de la cama. Miró su reloj, ya la hora del colegio.

¡Habían pasado doce horas!

Bajó las escaleras, la casa se muestra vacía. El único sonido, la  hilera de viento que viaja por las  rendijas de las ventanas. El claxon del autobús escolar le interrumpió el pensamiento.

Se abre la puerta… ¿no era Don Filemón, el chofer? Detuvo su paso no se quedaría con la duda.

–¿Disculpe, usted es nuevo? –Ayer no lo vi– ¿y  los demás…?

Sin dejar de mirar al frente con el rostro adusto y sin quitar sus manos del volante, aquella persona no refirió palabra alguna. Parecía un “zombi”. No respiraba, no parpadeaba, no se movía. Se bajó del autobús pensativo y confuso. Algunas cosas no encajan pensó, mientras se  encaminaba a su salón.

Permaneció  solitario en el salón. Sonó el timbre para cambio de aula, en los pasillos ni un alma. Mientras avanza acecha los demás salones, encontrando el mismo escenario… ¡Nadie  vivo!

–¡Esto no me está gustando nada!—se dijo.

En las afueras, la escuela luce desierta. Denotaba un día cualquiera de vacaciones. La recorrió de adelante hacia atrás, por todos los pasillos, en el primer piso y el segundo. Volvió a su salón para ver si hubo cambio alguno, y  sintió su piel erizarse al descubrir que todas las puertas tenían candado, y en el interior, se mostraba un cuadro, como de años sin usarse. El trayecto a su casa desierto, sin un alma.

Las puertas abiertas le causan confusión -nadie contesta sus gritos-. Decide ir a casa de su  abuela a unas cuadras de la suya, pero en el camino se encuentra con su vecina Doris, que presenta una cara de angustia. Se platican lo sucedido  y juntos disponen regresar a la escuela en espera de algún cambio. Sin respuestas descansan en el parque cercano.

–No me explico que pasa. Me siento en otro mundo– le comenta preocupado.

–¡Cuando desperté vi todo raro…!

–¿Cómo? ¡Lo mismo me pasó!—acotó.

Se miraron  alarmados. Se comentaron cosas  y en ello una situación símil los hizo ponerse de píe y dirigirse al lugar que ambos vislumbraron: “La casa de la gitana”.

Entre plática los dos afirmaron haber “cortado un ramo de Sak Nicté” de ese sitio y rememoraron la historia que se cuenta:

Desde que llegó a vivir por el rumbo, los vecinos la acogieron sin saber a qué se dedicaba. Siempre servicial con todos y cultivando su planta de Sak Nicté, se le veía. Nadie imaginó que dentro de su casa recibía a personas con problemas anormales. Su  actuar no llamaba la atención, hasta aquel día; cuando el hijo de uno de ellos curioseando por la ventana vio como: “pasaba un huevo blanco por todo el cuerpo de Doña Fidelia, la tendera y está comenzó a expulsar de su boca espuma, retorcerse como un animal, para  después quedar  inmóvil”.

Se corrió la voz. De la tendera nadie supo nada. La gente se alzó en contra de ella, y  si no fuera por la policía; hubiera habido un asesinato. La corrieron del pueblo, pero  antes mandó un conjuro: todo aquel que  viva  o  tome  algún  objeto de la casa después que: “el  sol  esté  en  el  punto  del  cénit…se borrará  su presente,  y  solo una esencia pura vencerá”.

Se quedaron  pensativos, al mirar el árbol de Sak Nicté marchito. Recorrieron nuevamente las calles, nada había cambiado. El sol raspa el medio día.

–¿Dime Doris, a qué hora cortaste tu ramo?

–A la salida del colegio…después del mediodía.

— ¡Yo también! —exclamó sorprendido.

 

Murió el día. Decidieron estar juntos  para resolver el dilema. Pasó por sus cabezas mil cosas, algunas esperanzadoras y otras no tanto. Acordaron muy de temprano visitar la casa de María. Quizás sabría  algo.

María, vivía en las afueras del pueblo, entre las casas bien acomodadas. Por ese lado no circulaba el autobús escolar, tenían sus propios medios para llegar. Cuándo entraron a ese espacio, una brisa fresca les erizó la cara y la piel. Volvieron al presente, al mirar  las personas que venían y pasaban junto a ellos.

Salió ella. Los miró incrédula después de aquel resumen fantástico que oyó. Se  ausento a su casa, para regresar con un ramo de “Sak Nicté”  frescas.

–¡Mira!—le mostró–.Son las mismas que abandonaste en el parque. Té vi llegar con ellas, supuse tenías celos al verme ir con mis amigos.

–Sí. Así fue. Tenía mucho coraje por ello.

Terminó explicándole que lo vio tomar su bicicleta y partir, pero en el acto también obligó a detener el automóvil para alcanzarlo; cuándo vio el ramo tirado, lo tomó y lo cuidó hasta hoy. Se tomaron  de la mano y los dos jóvenes  atesoraron el  Sak  Nicté.

Al retornar al pueblo se encontraron con Roque el lechero, saludando como siempre; más adelante, con Jaimito el carpintero sonando su martillo y pasando por la escuela a Don Filemón lavando el camión.

Parecía que el presente nunca se marchó. Lo constataron cuando Doris se abrazó con su mamá. Entonces se dijeron: “volvimos a casa antes de las doce”.

FIN.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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