GUERRERO DE LA LUNA(POR: JESÚS VARGUEZ)

FOTO OFIC CHUCHO

Este es el día anunciado por las estrellas, el que leyeron los sacerdotes en el códice del cielo cuando nací. Nadie me dijo cuál era mi destino, pero su forma de tratarme, la reverencia con que decían mi nombre, me hacía sentir especial. Desde pequeño fui pulido como una pieza de jade, sé escribir y contar, lo único que me es vedado es el estudio de las estrellas y sus profecías. He sido adiestrado en el uso del hacha de piedra, el cuchillo de pedernal y la lanza de obsidiana, pero jamás me han permitido combatir. Parece que mi vida está reservada para una batalla única.

Hoy  cumplo  veinte años, el número mágico para mi pueblo. Apenas el sol se mostró por la mañana, los sacerdotes me llevaron al templo de la luna, morada de Ixchel, la diosa. Hoy ella librará una batalla con el sol para no ser devorada. El aire huele a monte, el aroma del copal y las flores silvestres invaden mi nariz. Mis oídos se alegran con el canto del ruiseñor y el cenzontle, el caracol suena con su llamado para la batalla.

He lavado mi cuerpo en agua floreada para  purificarlo, hoy debo presentarme puro ante la diosa.  No es una batalla cualquiera, hoy ella derramará su sangre para mantener a la tierra y la mujer, fértiles. De su victoria depende la prosperidad o la desgracia de mi pueblo.

El día agoniza, la noche pronto llegará, todo el día he meditado a solas, le he  pedido a los dioses del cielo, del monte y del mar, la fuerza en mis brazos para luchar por el honor de mi linaje, el privilegio de morir en batalla y la fertilidad para darle hijos guerreros. Ahora llegan los sacerdotes, traen la vestidura y las armas de guerra en las manos. Me han pintado de rojo el rostro, me cubren con rodilleras y armadura de algodón, protegen mi pecho con caparazón de tortuga, el escudo está adornado con plumas de quetzal e incrustaciones de jade, en mi mano izquierda mi cuchillo y en la derecha  lanza de punta doble, ambas de obsidiana.

Acostado sobre el altar, miro la inmensa noche, la brisa acaricia mi cara, el sonido del Tunk’ul y el caracol se funden con los latidos del corazón, el rumor de las hojas de la ceiba suenan a rezos. Los olores ahora son más intensos, olor a copal y balché. La luna ha empezado su batalla, se cubre de sangre, ahora sé cuál es mi destino. El sacerdote se acerca, levanta las manos, el cuchillo de obsidiana arroja un opaco brillo, oprimo con fuerza el cuchillo y lanza, con la mirada fija en Ixchel, siento como el pedernal rompe la carne, los huesos, en busca de mi corazón…

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