OFICIOS SIN GLORIA: MATARIFE(POR: RAÚL R. DZUL PAREDES)

foto Raul

 

A Don Abel, parecían conocerlo todos, niños y ancianos, su edad era como de alguien que hubiera vivido desde siempre.  Dueño de una imagen inmutable, a semejanza de algún personaje de cuentos. Llevaba siempre la camisa abierta y como si fuera su propio cabello lucía un  sombrero de ala ancha, doblada en forma circular. Colgaba en sus espaldas un sabucán  tejido con hilos de henequén, del que sobresalía el mango de un cuchillo enorme y una lima para afilar. Prendía de su cinto, una daga enfundada en cuero negro.

Si alguien era capaz de turbar un ambiente, ese alguien tenía que ser Don Abel. Su oficio de matarife,  ofrecía la impresión que matar le era natural, omitiendo el distingo entre hombres o ganados. Pero no era cualquier matarife, era el mejor del pueblo, y por ello, sus servicios, muy solicitado. Cuando el “mataba”, el éxito de la venta era cosa segura. Por ello, no hubo sorpresa que mi padre, lo contratara para beneficiar un torito que habíamos criado durante casi dos años, en el patio de nuestra vivienda.

La noche previa, nadie dormiría en casa,  y en lo que a mí respecta, quería ser testigo de este suceso extraordinario. Como pude me acomode entre los que velarían haciendo los preparativos.

La noche ya estaba avanzada,  las velas que aliviaban la oscuridad consumían su último tercio. Con enorme sigilo llegó Don Abel que enseguida dictó algunas órdenes, acatadas con prontitud.

La inicial tensión se fue relajando y cerré los ojos para descansar, hasta que logre alejar y convertir las voces en lejanos murmullos.

El bullicio de un ajetreo creciente me despertó, apenas para atestiguar el sacrificio del torete…

Erguido frente al animal, con la mano derecha en todo lo alto, como si se tratara de una ordenanza,  Don Abel asesto, una violenta puñalada en la nuca del animal, que al sentir el golpe brutal, emitió un bramido de dolor o angustia, notoriamente trunco, quizá porque no le alcanzo la vida para completarlo, y como en una secuencia de acciones deliberadas, el animal, primero cayó hincado, para luego rodar hasta quedar de espaldas con las patas al aire.

Estupefactos ante la crudeza de la escena, todos parecieron congelarse, imposibilitados para asimilarla. No sabría decir que les pasaría por la mente. Pero en lo que a mí respecta, bien pude caer muerto, porque la intensidad de la violencia me alcanzó de tal forma que igual sentí que el alma amenazaba con dejarme.

Detenido el tiempo, miramos como Don Abe se acercó al animal inerme, tirado al suelo con los ojos abiertos como retratos del miedo mismo. Con destreza le cortó la yugular y dejo que el chorro de sangre rebosara  una jícara de regular tamaño,  sacada de su inseparable sabucán.

Sin que nadie osara seguirlo, se dirigió hasta un tamarindo de tronco grueso y resguardado detrás, alzó la cara hacia el cielo y pidió perdón con voz quebrada hasta tres veces; algunas de sus lágrimas alcanzaron a caer dentro la jícara; enseguida se la  llevó a la boca y bebió la mezcla sin pausa alguna. Luego, con el mismo pañuelo rojo que llevaba anudado en el cuello se limpió cuidadosamente la cara. Sólo hasta entonces retornó a proseguir su trabajo.

Acaso para comprobar que seguían vivos, sin proferir comentarios de lo que acababan de vivir, todos reanudaron como si nada el ajetreo

Don Abel checó que se hubiera desangrado completamente la res, la movió del sitio un poco y con la destreza de quien lo ha hecho toda su vida, se dispuso a beneficiar el animal. Separó la piel con absoluta precisión, a sabiendas que de ello dependería su precio posterior. Abierta en canal, le extrajo cada órgano interno. Frenético, a veces hacía un alto para sacar filo a su enorme cuchillo y una especie de hachilla, satisfecho con el filo alcanzado, reanudaba haciendo los cortes que nadie le cuestionaba porque apenas tenían tiempo para acomodarlos en los ganchos para su posterior detalle en la venta.

Avisados del evento, los vecinos, a lo largo de la mañana, fueron llevándose por partes los huesos,  la carne y las vísceras. Entrada la tarde, él mismo se dispuso a freír el llamado “xix de sebo”. Conforme salía la fritanga, una parte la vendían, y otra se la iban “botaneando”, por lo cual mandaron por cervezas y licor para “empujarla”, argumentaron entre risas.

Ya se había abonado otra noche a la larga jornada. El alcohol ingerido se medía por litros ya. Los ánimos estaban relajados. Las confidencias  empezaron a aflorar. Alguien le lanzó una pregunta directa a Don Abel sobre su férrea soltería y conocidas relaciones con varias mujeres del pueblo.

Con todo y el ambiente relajado, el semblante del matarife, ante el cuestionamiento, impuso silencio. Pensaron que la impertinencia había llegado lejos y él que la formuló movió su silla y se preparó para salir corriendo.

Pero al contrario, Don Abel, rompió en llanto, agacho la cabeza y permaneció así, por varios minutos. Parecía que a todos se les había bajado la borrachera.

¿Cómo voy a casarme y tener hijos?  ¿Qué voy a enseñarles, que oficio sino sé hacer otra cosa? ¿Qué clase de oficios es el mío,  basado en matar? ¿Con qué creen que sueño a diario?

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