EL DON DE LA NATURALEZA(POR: JOSÉ GARCÍA)

JOSÉ GARCIA

 

Ella se marchó. Dejo los platos sin lavar, su foto en el trinchador, las ropas lavadas sin guardar. Los muebles de la sala cubiertos con sabanas viejas, las ventanas sin cerrar dejando se exilie el viento, y  en medio del bosque con el plato vacío a “Rocky”, mi perro. Ella, dejo todo. La última caricia en el espejo, la cama sin tender, docenas de cartas sin leer y al final apago la luz  para llevarse también su sombra. La entrada con las puertas de par en par y el vaivén de la mecedora, único sonido vivo que me dono.

Me senté en uno de los tres escalones de la entrada. Encendí el último cigarrillo de la caja  y una fuerte bocanada me dejo ligero. Hasta el aire se llevó—me dije—los árboles en espera dejan caer sus ramas. Los petigrises  solo miran y dudan en escalarlos–  les robo su decisión.

En medio de la floresta de común acuerdo levantamos nuestro hogar. Algunas tablas yo las trabaje y otras no tan lejanas las escogía en sus caminatas matutinas por las veredas apiñadas que siempre le enamoraba, y más el correr del río tropezando con los pedruscos. Embelesada por el sonido que produce el suelo entablado  le gustaba hacer pasos de ballet. Ella me lo conto:

¿Recuerdo?… me robo diez minutos camino al trabajo contemplarle su silueta a través de las cortinas traslucidas de su escuela. Como una reina lucia con su traje de leotardo y malla, y sus zapatillas de punta elevándola como un ángel. Siendo la primera bailarina alcanzaba el cielo, bailaba en las nubes y de retorno a la tierra, un accidente la postro a un bastón por semanas.

Perdió la condición y la fuerza. Y condiciono su fuerza después dando  clases. Le apasiona sentir las melodías, seguir el compás con los dedos y más, los rostros de sus alumnas cuando van comenzando a sentirse libres. De eso ya paso.

Ella de rostro afable; me convenció del don de la naturaleza, de respirar aire puro—del inicio del paraíso. Y cuánta razón tenía. Si lo planeamos, no andaríamos juntos, pero de lo que estoy seguro, lo necesitamos. Anduvimos por varios senderos buscando el portal de luz. Parecía una chiquilla, platicaba con los árboles, les pedía permiso para migrar junto a ellos, igual lo hacía con la tierra, los animales…

Qué más puedo hacer, cuándo sus besos crean la necesidad de iluminar mi existencia abstracta que vivía antes de ella. Cuando el edén estando aquí, no lo tomaba. En medio del bosque nacimos después de morir terrenalmente y mental. Con la claridad de la luna, y el silencio del viento, nos sentábamos; ella en la mecedora y yo, en los escalones. Nos miraba el amor, su amor, que me limitaba la vida, pero me  recompensaba la espera con noches sin amanecer y tardes sin hambre.

Le bañaba el roció cuando en sus caminatas matutinas-muy de temprano—sin desprender las hojas del calendario, se hacían costumbres. Me gustaba verla feliz. Tender su mano a las aves, que descendían guiadas por su voz. Ella, matiza el cielo, la habitación, los ríos…el amor.

No la juzgue nunca. Así era ella. Su Juventud aún no se ha ido, su cuerpo me lo presume, y el ímpetu de sus palabras termina siempre con mi cabeza en su pecho, y mis manos redescubriéndola. Se aprisiono a mi vida.

Cierta tarde con dos conejos en mano y una sonrisa de satisfacción entre llamándole. Acordamos no pensar en el tiempo, sólo vivir, y verla acostada con los ojos húmedos me dejo súbito. Espere sentado a que hablara, mientras la miraba fijamente. Ella, se giraba de lado en lado, sin  verme. Rompió el silencio cuando me puse de píe para salir. Dejo las sabanas, se abrigo y camino a la ventana. Se rasgaba su cabello largo, se frotaba la cara  y su respiración se mostró en el pecho.

¡Que me dejo de amar! Incrédulo  escuché sus palabras. Una leve sonrisa le disculpe y me acerque a ella. Dio un paso atrás y lo repitió de nuevo. No insistí en escucharla, y con un ademan de mano me encamine para descubrir un par de maletas junto a la puerta. La mire de frente y en un arrebato le pronuncie: ¡Bien, pues  adiós! …¡no se te olvide cerrar la puerta!

Encendí un cigarrillo y me senté en uno de los tres escalones viéndola partir. Antes de pagar el quinqué de luz, me asome por la ventana buscando en la noche alguna luz con ella. Me preocupaba más su andar por ahí que su partida. Lleno de coraje busque balancear mi sentido. Con la luz nueva salí a recorrer el bosque. A unos cinco kilómetros está la carretera a la ciudad. ¿Lo habrá caminado ya ?—pensé—mientras seguía andando. Oscureció más temprano cuando retorne. La cama siguió arrugada y mi perro silenciado, bueno mientras no acabe su alimento.

Con las manecillas del reloj marcando el medio día, llegué a casa. Se volvieron sensibles mis oídos ante tanto ruido en la ciudad. Un cuadro símil me encontré en el interior. Mejor me pregunte: “que cosa anda en su lugar”. No entendí que cosa cambio, ¿Que necesito? Si en su mano bebía el agua para que a ella, no le faltara. Dejé que caigan las hojas en invierno y espere  la primavera.

Camino al nuevo trabajo me detuvo diez minutos ella. Un gran cartel anunciaba a la primera bailarina del ballet del país, tras un retorno triunfal de diez meses, y a su magistral directora de baile. Volvió ella, con su gran amor…el que nunca  abandono—admiti.

 

FIN.

 

 

 

 

 

 

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