LO QUE EL CORAZÓN ME DICTA (RITA ELENA VÁZQUEZ PEÑA)

R-3

NOVIEMBRE NOSTÁLGICO

El aroma a chocolate me despertaba… mi humilde casita en Hoctún se tornaba en un espacio mágico y místico  por  los días de finados. Mi mamá, desde muy temprano, se levantaba a hervir el agua para hacer chocolate  en su batidor de madera.  Una noche antes,   ya había preparado los tamalitos de espelón con queso “deysi”  -que le daba un sabor especial- y se disponía para  armar el altar en honor a los fieles difuntos.

En la mesa, mis hermanos y yo podíamos  admirar aquellas  flores aromáticas: mariposas, cempasúchil,  rosas con sus  limonarias y también devorábamos con la mirada  el manjar formado por tamales,  pan dulce: conchas, tutis,  saramullos, cuellitos y demás.  Tampoco podía faltar el vaso con agua, la cruz, santos y sobre todo, fotos de los difuntos: mis abuelitos, tíos y demás familiares que se adelantaron a la eterna morada.

Antes de rezar el rosario,  mi mamá “llamaba” a sus difuntos, diciéndoles que vinieran a degustar las ofrendas en su honor. Entonces, con delicadeza,  acariciaba cada cuenta del rosario rezando con la mirada puesta en las fotos. Para entonces, yo era una niña que no alcanzaba a dimensionar esos momentos solemnes, sólo esperaba que terminara el rezo para que nos repartieran los tamales y chocolate espeso.

Cada año, esta costumbre se hacía presente en nuestra casa, quizá ya no la de Hoctún, era en otros lares, pero con el mismo amor y devoción mi madre les rezaba a sus muertitos y yo, con más edad y razonamiento, comenzaba a comprender aquellos gestos, miradas y  suspiros cuando me platicaba anécdotas de aquellos por los que rezaba.

Llegó el momento en que mi mamá ya no estuvo para preparar el altar, pero quedaba el otro pilar de la casa: Mi padre. Juntos, seguimos aquella linda tradición, ahora ya había una foto más en el altar, una muy especial.

Pasaron algunos años y en el altar que ahora preparo con la misma devoción, mis hijos pueden observar las fotos de mis dos grandes amores, quienes ya están juntos, seguramente orgullosos y felices de que siga la tradición de mantenerlos vivos en nuestras mentes y  corazones.

Antes de rezar  “los llamo” a disfrutar las ofrendas, entonces, acaricio cada cuenta del rosario y observo sus fotos sonrientes; me transporto con el pensamiento a  cualquier recuerdo feliz y sonrío. Mis hijos sólo me observan, todavía no alcanzan a dimensionar mis gestos, miradas y suspiros…

Bienvenidos sean los fieles difuntos.

 

 

 

 

 

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