OFICIOS SIN GLORIA: EL POCERO(POR: RAÚL R. DZUL PAREDES)

foto Raul

 

Aunque su voz  tocó con precisión el botón de mis recuerdos, tenía que verlo de frente para despejar toda duda. Me encontraba a sus espaldas, a un metro de él, en la fila de la tortillería. Cumplido su pedido, dispuso marcharse y fue entonces  que nuestras miradas se toparon.

Efectivamente era Don Nic, el pocero, que en mi adolescencia ayudaba, en época de vacaciones, para procurarme unos pesos.

Tenía ya el pelo cenizo y  varias líneas  en la cara, que implacable el tiempo le cobró; ahora andaba enfundado en una camisa blanca de seda, matizada con un dragón rojo y de cuello Mao. Atuendo bastante diferente a lo que habituaba en el pasado, en el que no cambiaba su camisa caqui, muy militar. Todas razones suficientes para no reconocerlo, aunque evidentemente no era el caso.

En  segundos recordé la última vez que supe de él:

Me vi bajo la sombra de un roble, cerca del brocal del pozo que ese día terminaríamos, ubicado a 200 metros del cenote  Sambulá, de Motul. Esperaba la señal de Don Nic, para jalar la última cubeta de escombros. El calor del medio día me iba ganando y cerraba los ojos, mientras pensaba si había algo de cierto en que excavando el pozo más profundo acabaríamos llegando a China, situada al otro lado. De pronto, y nunca supe si lo soñé o pasó en realidad, escuche un sonido parecido a un derrumbe, mezclado con un grito que paulatinamente se apagaba.

Me levantés presto y, por encima del brocal, aceche tratando de distinguir   algo, pero los rayos del sol que caían a esa hora verticales, chocaban con una especie de polvo o quizá era humo. Comencé a gritar con todas mis fuerzas ¡Don Nic! Don Nic! ¡Don Nic!, repetí varias veces la maniobra, sin recibir respuesta.

Tomé la bicicleta del maestro pocero y me fui a informarle a su esposa Doña Elda, quien presurosa y acompañada de varios vecinos llegaron al lugar, tratando de encontrar que hacer. Uno de ellos, se amarró con una soga bastante larga y se metió hasta donde pudo. Cuando subió, desalentado, opinó que el hoyo no tenía fondo. Después supe que los policías municipales también hicieron sus pesquisas, sin resultado alguno. Finalmente sellaron el pozo y los dueños del terreno abandonaron la idea de fomentar una granja en ese lugar.

Se comentó mucho del suceso en aquellos tiempos, pero nuevos polvos fueron enterrando aquellas voces. Para continuar mis estudios salí de Motul y no había regresado hasta ahora, veinte años después…

La recia voz de Don Nic cortó mis recuerdos.

-Hola tigre, que sorpresa encontrarte-, me soltó espontáneo,              como si nada, sin signos de querer ofrecer explicaciones innecesarias.

—Que tal Don Nic, no pensé verlo por aquí, luego de veinte años—,

le devolví, tratando de forzarlo.

  • ¿Y qué me cuentas a que te dedicas?—, me cuestionó a manera de respuesta, ignorando mí intriga.
  • Pues, soy Ingeniero Civil, trabajo en ello.
  • ¿Y usted, sigue haciendo huecos?
  • Ja, Ja, Ja, —río divertido tendiendo al mismo tiempo una cortina al tema— Ahora cierro huecos, tengo un tallercito de hojalatería, dedicado a reparar ollas, cacerolas, cucharones, y en general todo enser de aluminio.
  • ¿Y dónde aprendió eso, no recuerdo que ese fuera su oficio?
  • Pues en China, Tigre, allá mismo.

 

 

 

 

 

 

 

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