LA FOTOGRAFÍA(POR: JOSÉ GARCÍA)

JOSÉ GARCIA

Era una mañana de diciembre. No se precisa explicar que me hizo cubrirme como un esquimal. Necesitaba aclarar mis ideas después del mal momento que pase la noche anterior; las charlas con Ana María, mi ex –esposa por teléfono, nunca llega a feliz término. Mis pasos me llevaron a la cafetería “Buen viaje”. No la conocía, seguramente es nueva, y como siempre ando en automóvil  la habré pasado alguna mañana.

Se ve cálido su exterior; el olor a café de olla no se pierde. Me detuve en la entrada para curiosear las pocas mesas y sillas de mimbre y ratán, los maceteros de barro con flores de ornato bien tupidas, lámparas de cierto lujo, con luces claras, divididas por un entrepaño de acrílico que lleva al jardín de fumadores. Acogedor y propicio para relajarse ¡justo lo que buscaba!

Desayuné cada página del periódico del día, seguido de dos tazas de café. Retiré el periódico  de mi vista, y ante mí, sentada, una dama con lentes grandes oscuros, blusa oscura, guantes negro y sollozando, me dejó desconcertado.

–¿Disculpe usted ? –me refirió consternada– pero entré a este lugar sin pensarlo y solo buscaba sentarme un momento para calmarme.

–Claro no hay problema. ¿Le puedo ayudar en algo?

Se quitó los lentes, mostrando unos ojos azules como el cielo que va aclarando y su rostro angustiado se mostró lívido. Comenzó su relato diciendo que su “ex­-esposo la venía siguiendo, la celaba.  Retornaba de una reunión, lo vió borracho, le causó temor, por lo que antes de bajarse a su casa, decidió  seguir de largo y toda la noche la paso en una banca del parque cercano”.

Le invite a un café; me dejó intrigado su nerviosismo. Miraba a todas partes como buscando la presencia de alguien. Me extrañó su comportamiento, por lo que le hice conversación. Dialogaba con frases muertas, es decir incompletas. A las nueve de la mañana ya con la luz extensa, el área de fumadores seguía vacía, a excepción de ella y yo como  inquilinos. De repente se colocó los lentes oscuros, se cubrió con una mano el rostro y con la otra señaló detrás de mí.

Hice un giro y en la última mesa una persona de edad, de cabello canoso, barba blanca, también de anteojos y una bata traslúcida, fijaba su vista en nosotros. Me dejó sorprendido la presencia del otro inquilino; por lo que busqué al mesero que me atendía para aclarar mi duda, ya que la única puerta de acceso quedaba frente a mí. Al regresar vi que ella se dirigió a la persona del rincón.

En un acto desesperado sacó de su bolso negro una fotografía, la pego a su pecho como atesorándola, para luego dársela al desconocido. Fue un movimiento fugaz, que en mi reacción solo me dejo clavado en la silla. ¡De pronto…! un aire fugaz  cegó mi vista; me rasgué los ojos y, ya disipados, los otros inquilinos habían marchado. Me dirigí a la siguiente pieza para preguntar si los vieron pasar y la única persona visible sin hablar “el mesero”,  encogiendo los hombros no dio respuesta. Regresé a la mesa y en ella de una forma imprecisa se leía grabado:    V-O-L-V-E-R-E.

Llegué a mi departamento. Moría la tarde. Encendí la contestadora sin resonar mensaje alguno. Un baño de agua caliente me dejo tendido en la cama, el ulular de sirena en la calle me abrió los ojos. Mi reloj despertador marcaba las cinco AM, del siguiente día. Inverné como oso; no usual en mí  que siempre me degustaba  con el amanecer.

Me colgué la bufanda y unos guantes afelpados. El frío no daba paso, entre queriendo y no, el sol asomaba tenue sus primeros rayos de luz; dejé el carro en la puerta de la casa y me encaminé sin rumbo. Con la mirada pasmosa iba aclarando–¿Lo viví?  ¿Oh, lo soñé?

Confundido  acomodaba mis pensamientos, ¿quería recordar? pero… ¡no recordaba qué! Dormir demasiado me atrofió el cerebro, afirmé.

En eso andaba cuando una llovizna gélida me provoco escalofríos. Me detuvo en una casona cubierta de matorrales y bazofia, sin ventanas, tapizada de cintas amarillas; esas que  colocan los policías en una escena de crimen; me cubrí debajo de dos horcones que sostienen el chapitel de la entrada, lo único vivo de ella…

El chirriar de la puerta abriéndose llamo mi atención; me encaminé para descubrir el interior;  poca luz logra colarse a pesar de que el sol está calentando, como si una malla sombra lo evitase; no hay espacio con ruido, tal parece que data de algunos años. Su olor mefítico lo confirma. Mientras no salga un vivo—pensé—todo marcha bien. No era grande, llegué a una segunda estancia; que desprende un olor a humo…de cigarro fresco…

¡Bah! ¡Vámonos para afuera! me dije.

Justo daba el primer paso cuando un chillido me dejo medroso. Viré en el acto; en un rincón algo ardía en el suelo. Evadiendo un arsenal de basura llegue a ello, tirado, dentro de un círculo de fuego, un trozo de papel sin arder. Cuando lo tomé, el fuego se extinguió diligente. No distinguía bien que era.

En la claridad del día presencie una “fotografía”, un poco borrosa. Mostraba el rostro de un varón joven. ¿Por su vestimenta, es de los años, 40…50 ?– ¿tal vez?  De regreso a casa después de varias calles caminadas y preguntando—aún sin saberlo—desconocía el lugar por donde anduve.

Después de una jornada de trabajo extenuante llegué a casa. Dejé caer donde sea mi maletín, y con un brinco llegue al sofá-cama. Expulsé los zapatos de mí y el primer sorbo de vodka, calentó mis extremidades rico. Ya me dominaba el sueño cuando el sonido de la televisión dirigió mi atención; levanté los cojines en busca del control–de seguro lo encendí sin querer– hoy no tenía ánimos de ver las noticias.

Me quedé absorto al ver el control sobre la televisión y la “fotografía” que encontré se iba aclarando por partes; se notaba más el rostro de la persona  y unas palabras aún sin entender. Enfocado en ello me olvidé de lo insólito acontecido. En el trascurrir de los días, puse la atención precisa en la fotografía. Con recelo al regresar del trabajo la observaba, veía cambios—más claros los ojos, la boca, el pelo—que se pierden en su totalidad al amanecer.

Me estaba dejando intranquilo las secuencias y  descifrar el misterio. Cierta noche al calor de unos alcoholes con los buenos amigos, saqué la fotografía del cajón de la cómoda –una de esas tardes encabritado lo quise desaparecer por completo– la puse frente de mí. Mis ojos en vaivén no la enfocan fija, mis manos no la alcanzan… ¡enojado le asenté un manotazo!  Y en giros subía y bajaba.

“Unos suaves labios recorrieron mi piel; las sombras de su cabello impregnaron su aroma celestial, y sus ojos azules eclipsaron a la luna, que celosa se marchó. ¿Volviste?– le dije; tal como lo prometiste aquella tarde-noche y  bastaron unos minutos para amarnos una eternidad”.

Lo declame de la manera referida sin saber cómo. Mi primera reacción al volver a la realidad tras no sé, cuantas botellas de vodka. Miré el reloj de pared; aún las diez de la mañana. Es sábado,  por fortuna  no hay oficina. Mire a través de la ventana, un sol esplendoroso, ¿y el clima? …¡Abrasador!

Encaminé mi vehículo al primer supermercado cercano para apagar mi hambre. Hacía mi alto, cuando una polvareda se dirigió  a mi automotor, cubriéndome todo. Al desvanecerse, me vi varado frente a un café, denominado: “BUEN  VIAJE “.

Me acerque  impávido, la puerta se abrió sola, y en interior me erizo la piel el lugar. ¡Ya estuve aquí!–lo afirme sin más—y busque con la mirada a algún inquilino. A mi voz, tras el mostrador salió una persona de edad (85 años)–de cabello canoso, barba blanca,  de anteojos  y vestido todo de blanco.

–¿Bienvenido, pase ?—mostrando blancos dientes extendió el brazo.

Me senté en medio del local rígido, con las manos entrelazadas, los ojos sorprendidos. Estaba a punto de salir rápido de ahí, cuando una voz dulce y de un sonido a gloria me detuvo. Sus ojos color cielo reflejaban mi rostro en ellos, y su sonrisa aceleraron el corazón. ¡Era ella!… ¡No había duda!

Era ella. La dama misteriosa que una mañana se sentó de frente, y se ausentó sin despedirse. Era ella. La que me susurro palabras para que deletreara en mi sueño. La dama de negro.

Desordenadas las ideas me levanté sin dar gracias. Me encaminé a la salida. La puerta se abría cuando la fotografía enmarcada a un costado, fijó mi atención:

–¡Era yo…!—en la mente hice énfasis—mientras volteaba para saber de ella.

–¿Disculpe? ¿Quién es el del retrato?…

–¿Quién? ¿Ese?– No sabemos. Cuando rentamos el local, en los arreglos la encontraron en un rincón, chamuscada, pero de repente, cierta tarde fueron renaciendo los blancos y negros. ¿Algo extraño, no cree?

–¿Lo conoce?—me refirió—Enseñando ambas caras y una palabra conocida. ¡No creo que se llame: Volveré…!

–No. Nunca lo he visto.

Le di las gracias. Ya camino a casa—preguntando, porque no conocía el lugar por donde anduve—me dejo frío…la tarde que asomaba.

Siempre me preguntaré… ¿Quién escribió? : V-O-L-V-E-R-E.

 

 

 

 

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