OFICIOS SIN GLORIA: SEPULTURERO DE PUEBLO

foto Raul

Sé muy bien a que huele un muerto, pero no a que huele su espíritu, pensé, después de leer el título principal de la sección policiaca: “Se fue bien perfumado”, bajo el cual se relataba el asesinato de un hombre, envenenado por medio de un perfume. Distraído por la nota, nunca me percate que un hombre se dirigía a mí, hasta que un discreto aroma a cedro, inundo el ambiente lo que me obligó a subir la mirada.

Se trataba de un caballero con el cabello totalmente cano, de cara pálida en la que sobresalía una pequeña mancha, debajo del ojo izquierdo. Portaba una guayabera de lino y color blanco, igual que el pantalón y zapatos del mismo tono. De formas elegantes.  Me saludo, como si ya nos conociéramos.

—Disculpe Don Gualberto. Buen día, veo que está tomándose un descanso y lamento interrumpirle.

—Buenos días Caballero…

—Everardo Alonzo, su  servidor—, contestó rápido y amable.

—Gracias. Gualberto Mis, a sus órdenes—, le devolví, esforzándome por parecer cortés.

—Entiendo que lleva usted un lapso importante como sepulturero de este cementerio.

—Si, así es, llevo 20 años, como encargado de este lugar…

—Fíjese que de hoy a dos semanas se cumplen 3 años del entierro de mí amada, Doña Lía Salazar, justamente en este camposanto. Quizá lo recuerde

—Fíjese que sí; lo recuerdo bien, por el detalle que fue acompañada con música de trío y  porque nunca escuché una versión más bonita del bolero “Ella”. Fue un funeral poco concurrido, pero elegante; hasta llegue a sentirme fuera de lugar, por como andaba vestido ese día. Claro yo soy solo el sepulturero.  Pero es extraño casi puedo recordar a todos, pero a usted no.

—Me imagino, pero no es tan importante para lo que voy a pedirle.

—Usted dirá.

—A Doña Lía le agradaban los detalles, Flores y Música, por ejemplo, pero también le gustaba que en las reuniones a las que invitaba, se presentaran elegantes, bien vestidos, como se dice vulgarmente, lo que incluía a quienes prestaban su servicio. No sé si me explico.

—Claro, lo entiendo bien, como le decía, esa vez me sentí incomodo ante tanta elegancia. Y eso que he enterrado a cientos, en mis veinte años de trabajo aquí.

—Bueno, le repito, en breve se cumplirán tres años de ese hecho, y como marca la tradición se exhumaran sus restos para limpiarlos. Aprovechando la ocasión, quisiera cumplirle a Doña Lía un par de deseos que bien sé, de haberlo podido remediar en su momento, seguro lo hubiera hecho.

—Ordene patrón estoy para servirle.

—Gracias, ciertamente  “Ella” llego a formar una parte vital en la vida de Doña Lía, pero el  bolero “Sabor a mí”, era para nosotros como un himno.

No recuerdo que se haya tocado la vez anterior, incluso creí entender que “Ella, era su pieza predilecta…

—Le reitero,  “Sabor a mí” es un asunto entre ella y yo… difícil de explicar.

—Sí,  yo solo soy el sepulturero y….

—No se preocupe Don Gualberto, en realidad quisiera saber si usted me pudiera hacer el favor de contratar el mejor trío de la región, con el único propósito de, ubicados a unos 15 metros de su tumba, interpretar el bolero “Sabor a mí”, justamente el 2 de noviembre, mientras la familia procede a limpiar los huesos de Doña Lía.

—Cuente con ello patrón.

—También, y con todo respeto le pido que en tal ocasión, usted venga de blanco y si pudiera de guayabera de lino, como una manera de compensar  aquel detalle del entierro.

—Haré el esfuerzo Don Everardo, tengo una vieja guayabera blanca, en buen estado, un pantalón blanco, pero ninguno es de lino. Zapatos, la verdad no uso, desde que me casé.

—Por eso no se preocupe, aquí tienes un centenario de oro, como adelanto, que pienso cubrirán con holgura mi encargo.

—Gracias, Don Everardo, siendo así, no hay forma de negarse.

Llegado el día 2 de noviembre, en medio de tanta gente que acostumbra a visitar a sus fieles difuntos,  me dispuse a esperar a los familiares de los parientes de Doña Lía Salazar. Que con asombrosa puntualidad se presentaron ante mí para solicitar ayuda que le permitiera cumplir la tradición. Aunque me extrañó la ausencia de Don Everardo, no dije nada.

Cuando abrí el ataúd para que la familia procediera, una de las mujeres, que entendí era su hermana, al remover los restos, un ligero aroma a cedro pareció desprenderse de los huesos. Mediante una seña imperceptible, avisé al trío apostado a discreta distancia, que en el acto comenzaron a tocar “Sabor a mí”. Nunca espere que este hecho los inquietara tanto, pues tanto las cuatro mujeres como los  tres hombres que componían el grupo, empezaron a dar muestras de nerviosismo e incomodidad. La mayor de las mujeres se puso de pie y me dijo en voz baja que quería hablar conmigo. Lo que accedí nervioso pensando que me reclamarían por llevar alpargatas blancas en vez de lo que me habían pedido.

—Sepulturero, dos preguntas: Primera, ¿usa usted alguna colonia con aroma a maderas? y segunda, ¿por qué hay un trío tocando, cerca de la tumba de Doña Lía?

—Señora, ni siquiera uso desodorante, pues es dinero tirado por mi tipo de trabajo en que se suda porque se suda, y lo segundo, yo solo sigo las instrucciones del esposo de la difunta.

— ¿Su esposo? ¿Acaso aquel señor vestido de guayabera negra, le pidió eso?— Me preguntó, señalando discretamente al que parecía el más viejo de los tres.

—No, no fue él— le respondí, cada vez más inquieto.

—Pues, ese es el esposo, entonces ¿cuál de los otros dos?

—Ninguno de ellos.

—Podría decirme, ¿Cómo era o como dijo llamarse?

—Claro, Don Everardo Alonzo. Un caballero muy blanco con una manchita debajo del ojo izquierdo, que incluso me dejo el dinero para los gastos y si no pudo venir le pediría el favor que le entregue la diferencia y que me disculpe pero trate de cumplir al pie de la letra sus instrucciones.

La dama se puso pálida y pareció a punto de desmayarse y caer de no ser porque otra de las mujeres se agregó presurosa a la plática y llegó a tiempo para sostenerla y  sentarla en la losa de una de las tumbas.

— ¿Qué pasa Irene? ¿Por qué tan pálida, no desayunaste?

—Nada de eso.

—No entiendo, a quien se le ocurrió pagar un trío para interpretar ese bolero que tanto consterna a la familia.

— ¿Puedes creer que Everardo se presentó y dispuso que se interpretara esa maldita canción, que tanto ligaba a Lía con él?

— ¿Everardo Alonzo, el amante de Lía?

—Sí.

—¡Pero él murió un año antes que ella!

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