LA DUDA(POR: JOSÉ GARCÍA)

JOSÉ GARCIA

 

Casi siempre los primeros días de clase son aburridos. El protocolo de la presentación, obligado lo exige el maestro. ¿Me llamo fulano…? ¿Me gusta tal cosa? Palabras con hueva hasta de abrir los labios. Pero esa ocasión fue distinta.

Al escuchar su nombre todo a su alrededor se detuvo, el viento se contuvo; como maniquís en aparador cada uno ahí presente se congeló para que admirase esa beldad.

Frida. No sé de donde proviene su nombre pero en su boca suena a canto de sirena que se oye deleitoso en mis oídos. ¿Qué tiene ver la equidad de género en el salón, al  intercalar los asientos? un varón, una mujer, un varón…y así. No creo en la suerte porque voy tras ella siempre. Pero cuando se sentó a mi lado, y compartimos el breve espacio entre silla y silla, como muñeco de vudú dos punzadas penetraron mi estómago, y una sonrisa disimulada de sorpresa gesticulé en mi cara para ella.

A partir de ese momento parecíamos conocernos desde siempre. Resultó una chica de buena charla y sobre todo, al  sincerarnos de los problemas en casa, encontramos similitudes. El último día de clases de la semana nos acompañamos en la salida, andaba cabizbaja, casi no charlaba y sus ojos parecían  suplicantes.

–¿Puedes confiarme tu problema, soy todo oídos?—le propuse.

–¿No sé de qué hablas…?—asentó sin mirarme.

Nos detuvimos en el parque cercano. El sigilo respetó las  ondas  del viento de lluvia aproximándose. Iba pintando de un color plomizo las nubes. Le levante la barbilla y un beso sin dudarlo le di y me fue correspondido. Todo era maravilloso. Sin mostrarnos ante los amigos bastaba una sonrisa y más que suficiente. Las charlas por teléfono se alargaban y mis dedos se entumían en los mensajes que llegaban sin pedir cuartel ¡Sí que tiene charla! lo reafirmé.

–¿Porque comenzamos a hablar de religión? ¡Ah! Ya recordé.

En la comunión de Lucía, mi prima, todo iba bien hasta que llegamos a la Iglesia, toda cortesía, saluda a la familia, aplaude, da la paz, y se abstuvo de persignarse y comulgar.  Esos dos signos son comunes en cualquier católico despistado como a veces soy. Agarró rápido el hilo en las conversaciones con los primos y los malos chistes de algunos. Pero que puedo describir de alguien que aclara todo en mí.

–¿Vamos sácala a bailar?—alentó Verónica mi hermana—cuando se exiliaron de la mesa para echar bola en el centro del local. Un ademán con las cejas le sugirió, pero la apertura de sus dedos dijeron lo contrario, conté las veces que sirvió los refrescos el mesero hasta que nos despedimos de la familia, así calmé el ritmo de mis pies por bailar.

Pasé a dejarla a su casa. Sus papás esperaban en la terraza. Las tres de las tarde es hora propicia para depositar en su palacio a la reina; nos presentamos y nos despedimos reservados, ellos  y yo.  En su franqueza me entero que es de otra religión.  El mundo está dividido por fronteras, lenguas y religiones…algo normal: le dije. Aquí en donde estamos  hacen que se eclipsen los días.

El mundo sigue girando y nuestra relación también,  apartados de los problemas mundiales, preferíamos más los locales (o sea, los nuestros). Habían personas que no caminan, más bien corren  y antes que cante el gallo “sentenciaban nuestro futuro”. La abuela Jacinta—por ejemplo– sin ser pitonisa, echaba la sal sobre los hombros y desde que la conocí, nunca delante de ella, me sermoneaba con que: “Esta relación no se dará por ser de diferente religión “…”nadie cederá “—cosas así.

Como tsunami se regó la noticia; las miradas se fijaron, primero en ella y después en mí. Alguien nos miró tomados de la mano al salir de clases y creo saber quién fue. Javier, un antiguo enamorado que profesa su dogma. Seguía dolido por el cortón y por lo feliz que está a mi lado. Ya envalentonado lo grite a los cuatro vientos.

— ¡Nos amamos!

Los días pasaban. En ocasiones le acompañaba a su templo los domingos temprano. No la presionaba para ir a mi iglesia. Y si, para algún fin de semana en casa con mis padres, ninguno tocaba el tema de la religión;  mamá solía decir que vivamos el día a día, que estamos jóvenes para cargar con la duda.

La primera navidad la pase sacado de onda. En sus cosas, ella, solía quedarse inmersa. Sonaba el celular para leerle un solo mensaje. Malhumorado el rostro decía todo y dentro, en mí —las vocecitas malosas— taladran mi pensamiento. Al volver a la realidad como si nada. Antes de reclamarle me callan sus besos y se rebobinan los sentimientos para seguir llevándola. Todo lo veía normal. La evolución de las creencias, la imaginé como los políticos que cambian sin tener fe en su partido  y nadie los excomulga.

Cierta tarde en una de tantas caminatas que cargamos el silencio. Ella tomó la iniciativa.

–¿Dime la verdad?—detuvo mi caminar—Tiene importancia en ti la religión.

–¿Cómo?—respondo sorprendido.

La abracé, le di un beso en la frente y en pocas palabras le expresé que decidí estar con ella porque me llena en todos los aspectos y el amor mutuo va más allá de esa y otras diferencias.

–Si lo entiendo, pero…

Nos sentamos en la primera banca que encontramos; sus ojos se nublaron, sus palabras salían confusas, y termine diciéndole que hemos aprendido a vivir el momento presente.

–¿Y si nada de esto funciona?—insistió—si las diferentes ideologías nos lleva a discusiones y desacuerdos…

–Calla—silencié su duda— Sólo recuerda que la prioridad es ser feliz y sentirnos plenos día a día; después de todo es el estado mental para estar en contacto con el creador.

–¿Qué te parece? ¿Lo intentamos…?

 

FIN

 

 

 

 

 

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