EN EL AIRE…(POR: JOSÉ GARCÍA)

JOSÉ GARCIA

 

Las letras se encendieron indicando que estaba en el aire. Una música instrumental daba paso a las palabras. El locutor comenzó su programa.

–¿Hola noctámbulos? El reloj marca la media noche y damos paso a sus preguntas.

Desde hace tres años, en punto de la media noche y hasta las seis de la mañana Luis Doria, era la voz del programa de radio “El alcohol nocturno”, en el pequeño poblado de San Bernardino, California. El formato consistía en guiar a aquellas personas dependientes del alcohol. Luis Doria pasó por ello; llegó al fondo; conoció el limbo de la vida y la muerte;  también, lo importante de una mano amiga.

Prestaba atención a todo relato que oía. No era perfecto. Esa frase lo recalcaba siempre. Pero hacía hincapié que la solución no eran sus palabras, sino, la fe de los escuchas y el deseo de cambiar. Aunque cada día era de novedades siempre deja huella situaciones que no puede cambiar. Lo sabía desde que comenzó su emisión en la radio.

Después de cada emisión pasaba a desayunar en la cafetería “Nuevo día “. Tomaba su mesa de siempre. La del rincón junto a la ventana que da a su automóvil. Su café primero y a los veinte minutos, sus hot-cakes con miel pura y un toque de margarina sin sal. La mañana era lluviosa, fría, ideal del mes de noviembre. Su mirada se quedó fija en la ventana. En el horizonte rememoró en su interior “¿dónde estaba?… y en donde está hoy”.

Era uno de los médicos cirujanos más prestigiados de los Ángeles California. Su familia lo era todo. Si había algo que Luis Doria deseaba, era dar conferencias en todo el mundo, de ahí, su fama conocida.

Hasta aquella tarde. Salía de una operación cuando le dieron la noticia de que su familia, su esposa e hijo de 8 años, fallecieron en un accidente automovilístico. La despedida de sus seres queridos lo desconectó del mundo, de su mundo que con tanto esfuerzo había construido. El alcohol  se pegó a su piel durante los cuatro días que se tomó para acomodar sus ideas. De vuelta a la realidad una emergencia lo regresó a la sala de operaciones.

¿La emergencia? Un chico de 8 años; había caído de un segundo piso. Vino con una lesión en el cráneo y era inminente una intervención quirúrgica.

–¿Estás seguro?—dijo el jefe de cirugía al ver su rosto muy cansado.

–¡Mira¡. Escúchame. Esta no es la primera vez…

–¿Lo sé? Pero no te ves bien:¿Mira tus manos?!Tiemblan¡ agregó su jefe.

Lo emergente de la situación cedió a la duda. Las luces del quirófano lo hacían sudar bastante, pedía constante le secaran la cara. Parecía que todo se iba normal y por buen camino. Hasta que la voz del anestesista; le advirtió del pulso del herido que mostraba altibajos. Significaba que debía acelerar el paso. Un oscurecimiento en su vista le causó un desmayo repentino, ante las miradas de sus asistentes médicos, quienes solo observaron el paro cardíaco en el paciente que lo llevó a la muerte.

Lo demás se dio solo. No se volvió a saber del que fuera gran médico. Hay quien asegura haberlo visto durmiendo sobre cartones viejos, bajo el puente de la entrada a San Bernardino. ¿Y otros? pepenando los botes de basura de la ciudad junto a menesterosos. La verdad queda corta en su descripción.

No tenía piernas, brazos, manos, vista…no tenía corazón. Solo botellas vacías a su alrededor y si hay suerte, una para el día siguiente. Reposaba en una casa derruida. ! Hoy¡ porque del mañana nada. Así acabó Luis Doria.

–¡Hey! ¡Doctor¡… ya no hay alcohol en la sangre–!levántate¡–Lo sacudían sus parranderos amigos para despertarlo .

Los teporochos del poblado lo redimieron con ellos. Sin sentido caminando como sonámbulo iba a todas partes. La única luz que buscaba era para apagarla por siempre. En los pocos momentos de lucidez se palpaba y comprendía que sigue vivo y eso lo dejaba hundido en la depresión pues su objetivo no se cumplía… ¡Morir ¡.

Buscó su final por otros rumbos. Cierta mañana lo despertó una voz que atraía gente a su alrededor. Micrófono en mano conectado a una pequeña bocina, les hablaba de anécdotas, de vivencias y de triunfos. Pero más le impacto su público: puro indigente. Se interesó tanto que espero al término de la plática. El locutor, era una persona con cara desaliñada, ropa remendada, no tan limpio…¿un menesteroso quizás?.

Se presentaron, le expuso su caso y el nuevo amigo quedó impactado. Quedaron en verse al día siguiente en el mismo sitio. Se sintió arrepentido después de la propuesta, pero le motivo” esa persona”, que en similitud van juntos en la desgracia. Llegó la hora y en breve plática se expuso. Los aplausos y vítores le enchinaron la piel. Se les quedó mirando, se sintió feliz, después de tantos días muerto. Se reencontró con la vida y pacto luchar.

Iba de parque en parque. Había gente que siempre le seguía y pedía consejos o querían escuchar su crónica de nuevo. Cierta mañana. Se le acercó una persona trajeada, y de buen porte—como político aburrido. Le dio una tarjeta de presentación, donde se decía el dueño de una estación de Radio en los Ángeles California.

–¿Caray, amigo? Que fuerza de convencimiento tienes. Mira que hacer que personas en esas situaciones se interesen– ¿mostrar otro brillo en sus ojos?– muy pocos…muy pocos.

Le expuso que tan importante puede ser su dialogo. No dejó de hablarle de un proyecto que traía desde hace un buen rato, pero no había encontrado a la persona ideal. Hasta hoy. Quedaron en verse la mañana siguiente. Antes de despedirse le entregó un billete de cien dólares para su arreglo personal y cambió de muda. Quería ver a un triunfador. Luis, se tocó la barbilla, se miró a los pies;  palpó su desnutrida ropa. Hay que comenzar a cambiar; se dijo. Desigual se miraba en el pequeño espejo a la entrada de las oficinas de la estación de radio. Se presentó, entrego su suéter. Sudaba a raudales, ¿la emoción, lo inseguro?.

Trascurridos unos días, entre prueba y prueba quedó listo. Por la noche se estrenaría. Su dicción renació como en antaño, cuando en sus conferencias cada palabra había que puntualizar con toda el alma. La respuesta era la esperada. La gente seguía sus relatos, aportaba palabras, pedían consejo. Una noche recibía una llamada de una mujer desesperante. Se oía de unos 75 años. Pedía ayuda. Su esposo, de  82 años, sufría de “convulsiones”.

–¡Está tirado en el suelo¡… tiembla—describía ella–. ¡Estamos solos¡.

–¡Tiene que calmarse primero¡–le sugirió presuroso. ¿Si esta boca arriba?, voltee a la persona suavemente hacía un lado. Eso le ayudara a respirar.

–¡Pesa mucho! Listo…

–Póngale su cabeza sobre algo suave, si tiene anteojos quíteselo. Vea que tenga el cuello despejado…deme su dirección–¿ le habló al 911?.

Había escrito los datos de la persona y entre corte y corte llamaba para saber que paso. Relato en todo el programa la experiencia. Se retiraba a la misma hora ( 06:00-am), y en la salida se encontró con una persona grande de edad acompañada de un joven de unos 24 años. Un “gracias”, le hizo reconocer aquella voz. Se abrazó a ella, se le mojaron los ojos,  no era por la húmeda del amanecer. Supo que su esposo padecía de ataques epilépticos desde hace años. Nunca estaban solos pero ese día se ausento la familia y porque se había vuelto su fans, tenía encendida la radio a esa hora.

Desde hace tres años sus palabras lo mantienen vivo. Su programa sigue vigente. Volvió a dar conferencias de vida, aunque no reanudo su carrera médica. Sus conocimientos han servido para prevenir, ayudar.

Y una que otra ocasión,  a salvar una vida.

 

FIN.

José  García.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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