LO QUE EL CORAZÓN ME DICTA. POR: RITA ELENA VÁZQUEZ PEÑA

R-3

El niño de la cara triste

  

La casa de Manuel era muy grande y bonita, tenía amplísimos jardines con  juegos de resbaladillas y columpios, una amplia alberca y demás lujos que la mayoría de las casas “ricas” tienen. Manuel era hijo único, su papá era un adinerado industrial y su mamá, socia honoraria de famoso club altruista,  lo que hacía que en muchas ocasiones por las múltiples ocupaciones de éstos,  el niño se quedara solo con la servidumbre.

El día en que Manuel  cumplió ocho años, invitó a todos sus compañeros del colegio. Sus papás prácticamente “tiraron la casa por la ventana”  porque adornaron los jardines con infinidad de globos, contrataron juegos de feria y amenizó la fiesta el  payaso “Bolita”.

Durante este convivio, el show del  payaso arrancaba carcajadas de la audiencia, menos en Manuel, cuya mirada reflejaba una aguda tristeza. Esto no pasó desapercibido para el payaso,  quien  al término del show se acercó al pequeño y le preguntó por qué tenía esa carita triste,  si había hecho el mejor espectáculo de su vida dedicado a él, quien era el festejado.  Manuel  lo miró  con recelo y no contestó;  pero Bolita, (quien realmente se llamaba Francisco),  comenzó a hacer piruetas y además  contarle chistes que lograron alegrar al niño y a la vez  le dio la confianza para contarle las razones de su  estado de ánimo.

“Me siento muy solo” – le confió Manuel –  “Casi no veo a mis papás, a veces tengo muchas dudas con mis tareas de la escuela y mi nana me ayuda pero no es sólo eso, sino que me gustaría que mi mamá esté conmigo para contarle lo que me pasa, me gusta mucho abrazarla y que me diga que me quiere… Fíjate que  la otra noche soñé cosas horribles y desperté gritando, corrí al  cuarto de mis papás pero no estaban, es cuando recordé que esa noche  tuvieron una fiesta y no durmieron en la casa… A papá le tengo miedo porque la otra vez me regañó muy feo porque tuve bajas calificaciones, pero si no está para aclarar mis dudas, ¿cómo quiere que saque dieces?”

Francisco escuchaba atento. Manuel prosiguió: “ Para navidad, recibo muchos regalos, pero hasta hoy Santa Claus no me ha traído lo que tanto le he pedido en mis cartas: Que mis papás me quieran y me dediquen más tiempo; además, deseo tener un amigo de verdad, porque no tengo ninguno,  los compañeros de la escuela se burlan siempre de mi cara pecosa,  porque uso lentes y tengo alambres en los dientes”

El payaso trató de consolar al pequeño, le dijo que sus papás sin duda lo querían pero que tenían mucho trabajo, le aconsejó que hablara con ellos y les dijera cómo se sentía,  que igual les contara sobre las burlas de sus compañeros de escuela; ya vería que sus papás al saber lo que le sucedía, podrían recapacitar y ponerle más atención. Respecto a los amigos, le dijo que no perdiera la fe, porque sin que lo esperara, encontraría  al  verdadero amigo con quien podría compartir juegos y sueños.

Francisco a su vez le contó que trabajaba en una fábrica de ropa y muchas veces laboraba doble turno. En los fines de semana, hacía shows como payaso, todo esto era para  juntar dinero y pagar la operación de su hijo Carlitos de ocho años, quien tenía un problema en la columna que le impedía caminar.

Estaban tan concentrados en su plática que no se percataron que alguien los escuchaba y este personaje los interrumpió con voz suave para decir: “¡Hijo, ven, te vamos a cantar con tu pastel!

Manuel tomó la mano de Francisco y lo llevó hasta la mesa donde estaba un hermoso pastel de chocolate en forma de cancha de futbol; entonces le pidió al payasito que juntos, con los ojos cerrados,  pidieran un deseo. En la mente de cada uno, estaba aquella petición y la esperanza de que se les cumpliera; ambos soplaron las ocho velitas, para luego abrazarse.  Se unieron al mismo los padres de Manuel, quienes estaban muy conmovidos.

Al retirarse de la singular fiesta, Francisco se sentía muy feliz al recordar la cara sonriente de aquel pequeño jugando con sus papás  y porque la generosa paga que recibió de éstos, completaba el dinero que necesitaba para la operación de su hijo. Sin duda, la providencia lo había enviado a aquella casa en la que había tenido la oportunidad de conocer y  hacer feliz a un pequeño de cara triste y  a quien en un futuro muy cercano le presentaría a su hijo Carlitos  para que juntos jugaran  una cascarita de futbol.

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