LA ÚLTIMA ROSA(POR: JOSÉ GARCÍA)

JOSÉ GARCIA

 

Con  paso lento, seguía de último la procesión camino al cementerio. No había llanto. Sólo un dolor por dentro que disimulaba con una irónica sonrisa. A su paso, manos amigas le daban el pésame. La tumba donde descansará ella, su madre, está vestida de crisantemos y gladiolos y de tierra que huele a húmeda por la llovizna que cayó; las rezadoras callaron sus plegarias cuando la vieron acercarse. Besó la rosa blanca que tenía en la mano, cerró los ojos por unos segundos y la deposito con delicadeza sobre la tumba. La tarde moría también.

De retorno a su hogar, entristecida mira los cuartos; la cama tendida con una sábana blanca y con olor a rosas, como siempre lo era. Encendió algunas luces y se dirigió a la terraza en espera de su padre. Suspira; su mente confusa y preocupada, parece llegar a buenos pensamientos. Ahora, lo importante, sería cuidar de su padre que con 85 años a cuestas y delicado de salud, la tristeza abriga su espacio lentamente. En el entierro se veía recio… sólo lagrimaba por momentos, quizás por pena aguantaba, quizás, quería guardar su dolor.

60 años de matrimonio. Pareja ejemplar; se tenían el uno al otro. Cuando a su padre le diagnosticaron “angina de pecho” los cuidados de la esposa se multiplicaron a pesar de su dificultad en el andar. Una pequeña prótesis de cadera le apoyó a un bastón y le cambió todo. Nadie imagino que se invertirían los cuidados. Fue un calvario la despedida, aquella tarde lluviosa. Otra queja en su cuerpo (el síncope del único pulmón sano) la postró en una cama de hospital por un mes, hasta el día que falleció.

Convaleciente. Una mentira tras otra, el vocablo que mantuvo la tranquilidad del padre. Asentaba con la cabeza toda explicación, y solo agregaba ¡Mientras no sufra¡.  No podía volverse intangible tanto amor de pareja. Así que, una tarde posterior al deceso, su padre hablaba de los recuerdos, de cómo conoció a su madre, y de las tardes ¿cómo estás? que unieron sus vidas. Un nudo en la garganta, dejó sus ojos acumulados de lágrimas. Improvisaron el juego de palabras y finalmente supo la verdad sobre su esposa recién enterrada. Todo cambió.

Lo vió caminar dando vueltas en la terraza de la casa. Se sentaba, se ponía de píe, rasgaba sus ojos, y pensó que una llovizna vespertina le cubrió la cara. Hasta que el sentimiento lo envolvió en su soledad. Su hábito se volvió costumbre. Las hojas del calendario se acumularon, dejaron de caer .En su mirada no había punto final, solo un abismo de silencio y negrura.

Recio se miraba. Parecía que todo había sido un mal sueño. Retomó su rutina diaria, que era barrer la terraza, regarla, y después de un desayuno, el relax, al leer el periódico del día. Se guiaba del pequeño reloj de pared de la sala, en él  cronometraba cada hora, cada movimiento de su día porque así se sentía vivo.

Por espacios se refugiaba en la ventana de su cuarto buscando en el las nubes su rostro. En el baúl de madera junto a su cama, guarda las reprimendas de ella, cada vez que su muda usada no caía adentro. Y en cada textura de la pared, de las cortinas corredizas y de la media docena de santos sobre la repisa pintada de blanco, que en la noche, se  iluminaba de una lámpara en forma de rosa conectada a la entrada de luz.

Cierta mañana,  entre sus santos vio un libro empolvado; parecía un diario personal—pensó es de ella—Abrió sus páginas ¿ era un libro de cuentos?. Se  enredó en sus palabras y relatos  y descubrió al final de cada lectura el nombre de su finada esposa: Patricia.  Se maravilló con todo lo que leyó. No había tarde, ni medios días, que no se le viera aunque sea cargando el libro. A su edad: ¿lentes? que es eso–se preguntaba.  No sé cuántas veces se puso a hojear “su libro”. Cuando solo meditaba, lo asentaba en su pierna, y lo palpaba sutilmente  mientras su mirada se eclipsaba en una lágrima.

Encontró en un libro la manera de alargar el tiempo. El auge que renovó su alma lo tradujo en dos palabras: “mis hijos”. Comprendía en su dolor, que unos se van y otros se quedan. Y ellos, los que se quedan: también sufren, también recuerdan, también aman. Y más lo entendió; cuando descubrió que en la última hoja de su libro, la dedicatoria que transcribió su esposa fueron hechas para él especialmente.

Y decía así….

“En los últimos momentos de mi sentir, su cobijo, su delicadeza, su mirada…y todo el amor mostrado en el camino que hemos recorrido juntos; me ha llevado a escribir estas líneas. Para cuando me adelante al señor, me tengan en cada palabra aquí escrita. Y cuide de mi amado esposo, en su soledad “.

Patricia.

Hoy. Solo escucha la lectura y sonríe. Cuando me confundo…me corrige con una sonrisa…

FIN.

José García .

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s