EL AVE SOLITARIA(POR: SONIA MAYLLEND)

sona 2

 

De un salto salió Úrsula de su cama para ir directo al escritorio y ponerse a teclear en su computadora portátil.

“El ave solitaria”

La cigüeña de San Blas, con singular alegría, surcaba los cielos. Su vuelo no era zaético, pero tampoco lento, más bien era artístico. En veces se daba el gusto de dar giros sobre sí misma, también hacía movimientos zigzagueantes, pero no en forma brusca, eran ondulaciones armoniosas, como una danza. Al volar de esa manera ella creaba música con el viento que a sus oídos llegaba y la escuchaba con embeleso dejándose llevar por las tonadas.

Las nubes formaban parte del instrumentaje para componer sus melodías y cada una, según su densidad, marcaban la pauta para el siguiente movimiento. Invariablemente después de un largo, venía el adagio. El ave entrecerraba los ojos y al cabo de unos momentos buscaba que la siguiente nube fuese más ligera para practicar el movimiento que más le gustaba, el allegro…

Úrsula se quedó quieta mirando el monitor. Leyó lo que había escrito y sin quitar los dedos del teclado, se mordía los labios y cerrando los ojos buscaba imágenes idóneas para su historia, pero comenzó el típico dolor en el cerebro, síntoma de que la inspiración, por ese día, se había agotado.

─hora de ir a dormir mujercita, se dijo, por más que quieras ya no tienes nada en la sesera que exprimir.

Somnolienta deambuló hacia la cama para acostarse y antes de cubrirse hasta la cabeza, se cercioró de contar con papel y lápiz en su buró, siempre esperanzada en que algo se le ocurriría en mitad del sueño y presta estaría para plasmarlo y evitar que más tarde se le olvidara, ya le había pasado antes y hoy no se lo permitiría, ¡no, hoy no sucedería!. Balbuceando esto, la incipiente escritora, se quedó dormida.

…apartándose de la parvada y batiendo sus alas frenéticamente, se reta a sí misma a romper la velocidad de la luz ascendiendo en forma vertical. A su paso ensartaba pequeñas nubes con su pico que se quedaban adheridas como si fuese un collar que adornaba su bello, blanco y largo cuello.

La cigüeña había elegido ese día para llevar a cabo su plan y tiene la firme convicción de que hoy lo logrará “Conquistar el cielo capa por capa”. Primero la atmósfera, siguiendo con la biósfera y estratósfera… todas las capas.

Sin pensarlo más, se pone en posición y emprende su veloz vuelo.  Corta el aire con su gran pico para alcanzar mayor altura, con la determinación de elevarse más y más.

Los primeros 500 metros los alcanzó sin dificultad alguna y continuó. Llegando a los 1000 metros sintió que aún le quedaban fuerzas para proseguir. Se asombró al descubrir que a esa distancia se encontrara con nubes, ya que tenía la idea que más allá de las que ella conocía, rebasando cierta altura ya no existían. Y proseguía su ascenso. Al llegar a una altura insospechada, calculó que había rebasado los 2000 metros, tal vez eran 2300 y sintió que, para ser su primer intento, era suficiente.

Comenzó su descenso por lo que suspende el aleteo y extiende sus alas para que oleadas de viento la muevan a su antojo y goza del placer al sentir el contacto con las nubes que acarician su esbelto y agotado cuerpo envolviéndola en un amoroso abrazo como premio a su odisea.

Continuaba desplazándose por los aires y para restar velocidad planeaba su vuelo, como bailarina de patinaje sobre hielo, siempre con graciles movimientos al ritmo de las flautas que se escuchaban en el basto cielo.

Los paisajes que divisaba eran su mejor regalo. La vista del mar y sus grandes ballenas haciendo gala de su corpulencia azotándose contra las aguas para demostrar supremacía haciendo una invitación a los delfines que a su alrededor nadaban para que se unieran a la algarabía, efectuando saltos y piruetas en perfecta armonía.

Más adelante estaban las islas con sus playas bañadas por las olas que en rítmico vaivén dejaban su espumosa sonrisa. En el centro, palmeras y árboles daban colorido al panorama. El espectáculo era exuberante, una acuarela que ningún pintor podría igualar.

La puesta del sol, como el Rey Midas, ilumina el paisaje convirtiendo en oro todo lo que toca, anunciando el fin del día y la hora propicia para dormir…

─Buenos días señorita ─ la mucama del hotel le avisó, a través de la puerta, que en 15 minutos estaría listo su desayuno.

Úrsula, antes de abrir los ojos, frunció el ceño tratando de ubicarse en tiempo y espacio. Estiró los brazos y las piernas, como los gatos al despertar. A medio bostezo recordó ¡el sueño!, de un tirón se retiró el antifaz, estiró la mano y tomó el papel y el lápiz que dejara sobre el buró. Se enderezó para quedar sentada en posición de flor de loto, aún sobre la cama, y comenzó a escribir

−entre las nubes… volando alto…

─¿qué más, qué más pasó?

Los esfuerzos de Úrsula por recordar el sueño fueron infructuosos, su mente se quedó en blanco… otra vez.

 

 

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