SUCEDIÓ HACE ALGUNOS AÑOS [POR: JOSÉ GARCÍA]

JOSÉ GARCIA

Hace mucho tiempo. Me contaron mis mayores que a la gente le era concedido vivir tantos años. Llevaban una vida tranquila y dichosa en la comunidad. La tierra los proveía de sustento y el cielo de fluido vital.   Eso sucedió hace algunos años…

Su mirada no podía detener los cambios. Las parcelas que en antaño obsequiaban verdes verduras para la cosecha, hoy, elevaban el Sak Bé con monstruos que se alimentan de diésel y se arrastran como orugas. En otras lunas seguramente lo evitarían feroces, aquellos guerreros mayas que sin más armas que el orgullo, caían vencidos ante el esputar de pólvora de largas bayonetas.

Hacía apenas diez meses que cientos de gentes ataviados con cascos y chalecos iban desmontando montes, avivando el revoloteo de aves, el chirriar de gajos que se vencen por la mano del hombre, vientos que  desfloran… el fin de un pueblo.

Como uno de tantos, Florentino Puc emigro a la gran ciudad en busca de mejor vida. En su mochila -un costal de harina- solo cabían sueños y una que otra muda. Vendió la poca tierra que le quedaba. Tenía en mente conseguir un puesto en el mercado y dedicarse a vender verduras, miel,  lo que se pueda. No dejo raíces más que la de sus ancestros.

Recorrió los alrededores del mercado principal buscando los mejores precios, ya tenía su pequeño espacio para vender. Ofrecía, especies para cocinar, miel de abeja, algunos limones, varias cositas. Pero lo que le dio a conocer, fue la  raíz de árbol que ayuda a eliminar los cálculos renales, el elemuy . Sus ancestros, vivieron de la medicina natural, por lo que conocía tantas plantas que la tierra, su tierra, le brindaba. No era un lugar muy a la vista, pero había afluencia de gente en buena parte del día.

Unos de los padecimientos más comunes en la península es el problema de piedra en el riñón. Llegaban a su puesto personas ya de edad cargando su calvario, así como jóvenes que no creían, hasta que lo vivían. Florentino sabía que no era la única planta natural, tenía que conseguir también: el chíntok, la moringa, y la Claudiosa…

–¿Y pensar que solo los del pueblo lo consumíamos?– se preguntó emocionado.

Como la venta que se perfilaba y con pocos ahorros,  se aventuró a rentar un cuchitril a las fueras del mercado, mandándole a rotular palabras llamativas…¡Le funcionó de maravillas¡. Lucro con el dolor ajeno, pero se respondía a sí mismo: ¿Diosito me puso en el camino de los sufridos?.

Todo iba bien, pero siempre hay una piedra en el zapato.  Se enteró que en el mismo mercado donde comenzó, llego de Tulum un personaje que la gente fue esparciendo: “ El Tzotz “.

Él Tzotz no solo también manejaba las hierbas naturales, sino que, su éxito fue un jarabe que adelgaza hasta la mirada, acompañándolo de una crema anti-estrías  – así lo anunciaba.

Y claro su público más exigente fue el sexo opuesto, de todas las edades, de todos los rincones, que se amotinaban en su puesto, como en días de votaciones que se roban las urnas.

Florencio decía siempre, que como en todo negocio la competencia maneja sus mejores armas por tal de vender. Su público le era fiel, ¿Pero por cuánto tiempo?  Una mañana, se apersonó al puesto del Tzotz.  Quería saber sus armas. Buscó a una muchacha en la larga fila, le ofreció un billete para que le consiguiera una muestra del jarabe. En ello estaba cuando la fila se deshizo, y como priistas pidiendo su gorra, rodearon el pequeño puesto de su contrincante. El bullicio que se oía, era de aplausos, bravos y brazos alzados que con dinero en mano exigían su pócima.

En medio del redondel de gente dos chicas hablaban a los presentes, daban su testimonio de los cambios en su cuerpo y de los productos que si sirven.  Descartó su teoría, se dio la media vuelta y se encaminó a su local con el pensamiento confundido.

Se vencía el mes.  La exasperación le ahorcaba. Ya ni las moscas planeaban en su espacio. Sentado en su banquillo, se abanicaba con la sección de trabajo del periódico del día recién terminado de hojear. Buscaba otras alternativas para subsistir o morir. En eso andaba cuando vio  llegar a una chica.

“Se sobaba el costado derecho de su vientre. La cara llena de muecas y los tirones en su cabello revelaba que no la pasaba bien”.

El diagnóstico de Florencio era un cólico severo. Escuchó atento a la paciente y en momentos se agarraba la barbilla sin dejarla de mirar, como haciendo memoria de ese rostro.

–¡Ah! ¡Ya recuerdo!–Interrumpió su diálogo  para preguntarle si era cliente del Tzotz, el yerbatero. Toda adolorida afirmó con la cabeza.

Mientras le preparaba un té de árbol de elemuy, le pidió siguiera su relato…

Yo era su palera. La engatusadora de la prole. Me daba un 7 por ciento de su venta y si quería un poco más, le llenaba sus frascos en la toma de agua  que está a espaldas del mercado, donde rellenan sus pipas los que riegan los jardines de la ciudad. A ello, le mezclaba unos polvitos de colores, que más bien, era  refrescos de niños que sirven en las fiestas y una pizca de sal.  Por eso la gente no le sentía mal sabor y lo bebían con gusto.

Sorprendido por la noticia, en vez de musitar insultos, soltó sendas carcajadas mientras se daba golpes en la cholla.

A la hora,  Fátima, el nombre de la engatusadora del enemigo comenzó a sentirse mejor. Florentino le explicó que por tanta agua que bebió contaminada le vinieron los dolores, y no descarta que en poco se pueda presentar cálculos renales, así, como las personas que ingieran la extraña pócima.

Le dijo que su negocio es atildado, que él no juega con sus pacientes, al contrario los ayuda. ¿Y por ello, mi estimada Fátima…? hagámosle la guerra al enemigo. Propuso que le pagarán con la misma moneda. Se dirigieron al puesto del Tzotz.  Había quorum. Ideal para desmentirlo.

Ella se trepo sobre una fila de tarimas y huacales para llamar la atención, y con una estentórea voz, logró que la avisten en todo el mercado.

–¡Escuchen raza! Se están enfermando con la bebida de éste farsante.

–! El agua está contaminada ¡–enfatizó –. Es agua de tubería.

Las murmuraciones entre los presentes pululaban con fuerza. Se miraron incrédulos. Veían de un lado al otro a la chica y al Tzotz . Algunos observaron su frasco en la mano que recién compraron, y como efecto dominó, salían como proyectiles hacia la humanidad del yerbatero y su palera, llevándose el polvo del piso tras de sí.

–No sé si la huida los llevó de vuelta a Tulum—pensó Florentino…pero no hay retorno.

“Como buen maya, previó que la lluvia de gente, pronto, muy pronto invadirá su parcela y los troncos del famoso  elemuy, apaciguarían las aguas…”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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