SALOMÉ [POR: ANA LETICIA MENÉNDEZ MOLINA]

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Comenzaba la lluvia, y me resguardé bajo las tejas del restaurante de la esquina, sin querer pude ver el interior, había gente muy elegante, las mesas bien servidas, música de piano, y me dominó la mirada una joven trabajadora con el uniforme que ceñía su curveado cuerpo, no pude quitarle los ojos de encima, ese contoneo, su vaivén de lindas caderas, piernas bien torneadas y muslos gruesos, pero al descubrir que la observaba se sonrojó y me sonrió guiñándome el ojo derecho. Quedé electrizado, y hasta en ese momento me percaté que entre las tejas se colaba el agua fría de la lluvia y ya había quedado empapado, pero con el corazón en aquella bella sonrisa.

Ya se me habían ido como tres camiones y yo seguía ahí, observando. Fuí advertido por el gerente que no podía seguir ahí y mucho menos con la mirada clavada en el comedor del restaurante, me pidió con educación  que me alejara y hasta me ofreció una vasito de café caliente. Dí las gracias y me alejé.

Crucé al otro lado del restaurante, ya mi interés no era alejarme de aquel lugar, sino esperar a la bella chica, quien me había robado el corazón en una tarde de fresca lluvia.

Al fin los comensales iban saliendo, las luces del restaurante se fueron apagando y por la salida del costado los empleados salían terminando el jornal de trabajo. Me fui acercando con cautela y ahí mismo venía la chica de la hermosa sonrisa.

La esperaba con un ramito de mariposas, esas flores de aroma exquisito y que me recordaban tanto mi infancia, la miré y me miró. Le sonreí y me sonrió, recordé aquel viejo truco que si ella se tocaba una oreja es que estaba de acuerdo con el galanteo, estaba esperando la señal, se tocó la oreja izquierda y me acerqué a ella.

Me presenté y le confesé mis sentimientos, los cuales aceptó de inmediato. Caminamos unas cuantas cuadras y al despedirnos le pregunté su nombre: Salomé y siguió sonriendo, le tomé la mano, y caminamos hasta su departamento.

Me invitó a pasar ofreciéndome un chocolatito y pata salada con queso, y no me pude resistir, nos abrazamos y nos amamos.

Salomé era un chico de unos 20 escasos años adentro del uniforme de una mujer.

No nos importó ni hace 18 años ni ahora.

 

 

 

 

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