LO QUE EL CORAZÓN ME DICTA. POR: RITA ELENA VÁZQUEZ PEÑA

R-3

Una historia de esperanza

 

Zeus caminaba pensativo, una gran pena lo atribulaba. Su estado de ánimo no le permitía apreciar la belleza del lugar que lo rodeaba: playa de blanca arena, mar quieto que le quería transmitir su paz, sol resplandeciente que le acariciaba el rostro; todo esto pasaba inadvertido para Zeus quien  tenía el alma por los suelos. Arrastraba sus pasos sin rumbo fijo cuando de pronto escuchó una débil voz, miró por todos lados y no vio a nadie,  así que reanudó su marcha. Más adelante oyó de nuevo que alguien le hablaba, ahora aquella vocecilla se escuchaba más clara, se trataba de una tortuga carey.

-Hola, me llamo Cary, hace rato que te veo caminar muy triste y la verdad, hice muchísimo esfuerzo para alcanzarte porque me preocupaste mucho. No sé lo que te pasa pero si en algo te puedo ayudar, cuenta conmigo” – le dijo la tortuga.  -No me pasa nada-  espetó Zeus  y continuó su andar. Cary no se dio por vencida y lo alcanzó diciéndole:  – Yo igual me siento muy triste, necesito hablar con alguien, así que ya somos dos; podemos hacer un concurso a ver quién gana en tener el problema más grave ¿cómo ves? –

Al escuchar esto, Zeus hizo una mueca como sonrisa, se detuvo y dejó caerse en la arena para  observar mejor a Cary. Vio que la tortuga era muy linda, su caparazón carey tenía unos tonos hermosos y  unos ojos tiernos que se entrecerraban para observarlo mejor. Zeus ignoraba que en tierra, las tortugas marinas no tienen buena visión ni distinguen colores, cosa que en el mar sí  pueden.

La sonrisa de Cary fue la llave que abrió la confianza en Zeus y éste le  compartió sus penas: Empezó diciéndole que cuando era pequeño, fue la alegría de la casa, jugaba con los niños y era muy feliz;  pero conforme fue creciendo, comenzó a ser un estorbo. Muchas veces lo dejaron sin comida o lo tenían en el techo de la casa soportando el lacerante sol. Y así, fueron tornándose difíciles las cosas hasta que finalmente lo abandonaron en la carretera a unos kilómetros del  lugar. Caminó mucho hasta llegar a estas playas en donde lloró hasta cansarse.  Pensaba adentrarse al mar para encontrar un poco de paz cuando Cary lo encontró. Su nueva amiga lo escuchaba atenta y tenía los ojos llenos de llanto, no podía concebir que alguien tuviera el corazón tan duro como para abandonar a un ser indefenso.

Toca mi turno-  dijo Cary  – ¿Sabes?  A los treinta años de edad en la que alcancé mi madurez, empecé a prepararme para ser madre.  Me arriesgué a salir de mi casa el mar,  para llegar a estas playas y  anidar mis huevos; durante más de tres horas desové con mucho amor; regresé al  mar  y durante casi dos meses esperé ilusionada para recibir a mis hijos en su nuevo hogar, cosa que no sucedió.  Al ver que no llegaban, me desesperé y averiguando me enteré que unas familias irresponsables instalaron sus campamentos y  fogatas en donde estaban mis huevos; luego de divertirse, estos inconscientes se fueron dejando toda su basura en la playa.  Sentí mucho terror al pensar en mis hijos desaparecidos, sin embargo no quiero darme por vencida, nadé  bastante y pasé muchos peligros para regresar a buscarlos. ¡Tengo la esperanza de encontrarlos!

Zeus escuchaba  perplejo esta triste historia. Con mucha ternura abrazó a Cary diciéndole que todo iba a estar bien, que deseaba que ella encontrara a sus hijos pero si no era así, más adelante debería intentar tener otros y que tratara de buscar playas vírgenes para no exponerlos de nuevo. Ambos coincidieron que era muy triste reconocer que el hombre es el depredador más peligroso al no concientizar que debe respetar  la naturaleza y la vida.

Pasaron las horas y estos nuevos amigos  vieron caer la tarde platicando, encontrando fortaleza en cada uno. Tan distraídos estaban, que por poco y no logran ver que en la orilla del mar algo brillaba intensamente: se trataba de una pequeña tortuga Carey.   Cary no podía creerlo, avanzó tan rápido como pudo para encontrarse con aquel pequeño que por gracia de Dios había logrado salvarse de aquella trágica noche en la cual sus hermanos perecieron. Zeus  corrió hacia ellos lleno de alegría, para vivir ese instante mágico, aquel reencuentro entre  madre e hijo.

Cary se despidió de Zeus con mucho cariño y antes de desaparecer en el mar, levantó su aleta en señal de un hasta pronto.

Zeus ya no estaba triste, su corazón estaba lleno de esperanza; emprendió su caminata que luego se convirtió en una carrera jubilosa. Tan contento estaba,  que sin querer llegó hasta un grupo de niños;  entonces uno de ellos se le acercó y abrazándolo con mucho amor, gritó ilusionado: ¡Papá, mamá, el cielo me ha devuelto a mi amigo, un poco diferente,  pero tiene el mismo color de ojos y es igual de juguetón que Terry!  Por favor, déjenme quedarme con él!!  Los padres del niño intercambiaron miradas de alegría y decidieron adoptar a  Zeus, quien finalmente había encontrado un nuevo hogar.

 

 

 

 

 

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