CAMINOS OSCUROS DEL MAYAB. POR: JESÚS ANTONIO VARGUEZ BACAB

 

FOTO OFIC CHUCHO

Lo que cuentan los milperos y cazadores:

 

 

Por los montes de Yucatán, no solo  se pasean los aluxes, la xtabay y los uayes, también lo pueblan animales misteriosos, criaturas que llevan a cuestas maldiciones o conjuros que los hace especiales, uno de ellos es el Colioch, una especie de ratón de la milpa que según los antiguos no puede cruzar el camino del hombre. Cada vez que lo intenta explota y se parte en dos, por eso no es raro encontrarlos en las orillas de las carreteras destrozados.

¿Y si lograrán cruzar el camino que sucedería? Según los ancianos crecería de tal manera que podría atacar al hombre y convertirlo en su presa, esa es la razón por la que el Dios de los montes, yum k’aax no le permite cruzar por donde pasa el hombre.

Cuantos niños mayas no habrán escuchado al calor de la hoguera que los protege de los animales y del frio esta historia y muchas más, de tal forma que forjaron su espíritu en una amalgama insólita de la realidad de nuestros días y los seres míticos de nuestros ancestros mayas, tal vez aún más antiguo en el tiempo, lejano a eones pero presente en el eco de las voces de los abuelos. Los abuelos milperos, abuelos cazadores; hombres que han pasado noches solitarias bajo las estrellas y el canto del xoch, acostados a orillas de los cenotes, en cuyo fondo habitan serpientes enormes, capaces de  volar, visto por más de uno, tal vez cientos, igual al número de municipios y rancherías del mágico Yucatán.

Otro de los animales que tiene esa facultad de crecer  es el conejo, a diferencia del colioch, el conejo no crece por efecto de algo que haya hecho su antepasado, sino por la avaricia del hombre, al cazarlo en forma desmedida y sin necesidad, según los cazadores, cuando el hombre ha llegado al colmo de la ambición, sucede que al tener en la mira al conejo y parpadea el conejo crece, cada parpadeo aumenta el tamaño de la supuesta presa, y curiosamente en lugar de huir, enfrenta al cazador con la intención de agredirlo. Basta con mirar a los ojos al hombre que narra el evento para saber que no miente, que corresponde a nuestra realidad, eso es algo difícil de  asegurar.

Cenotes de agua cristalina, canto de pájaros, vuelo de torcazas, robles añosos, flamboyanes coloridos y caminos blancos, ese es el paisaje del mayab durante el día, pero al anochecer, cuando los k’aues han emigrado a sus árboles y las golondrinas regresan a sus grutas, solo queda el crujir de las hojas secas al ser pisadas por las pezuñas del venado, entonces despiertan los seres de leyenda y rodean al milpero o al cazador, profeta ingenuo que nos revelara la existencia de esos seres de la mitología maya.

 

 

 

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