BOCATRAMPA [POR: JESÚS VARGUEZ]

FOTO OFIC CHUCHO

Tras un largo año de confusión y la sensación de una creciente soledad después de haberse jubilado, Santiago decidió darle rumbo a su vida, con un pasatiempo. De niño soñó con poseer una bocatrampa. Es decir una jaula adaptada para capturar aves. Le fascinaba el cardenal con su color rojo y su canto aflautado, el decidir emprender una actividad le lleno de adrenalina.

Santiago despertó con un silbido en los labios, se bañó, desayuno con un apetito que le sorprendió, y fue por su bocatrampa.  El empleado de la tienda le explico, que para poder atrapar aves no solo se necesitaba una bocatrampa, también un maestro. Es decir un ave entrenada para servir de carnada. Lo pensó un poco pero estaba decidido, así que le pidió al empleado que le conectara con la persona que le vendiese un cardenal maestro

El cardenal y Santiago simpatizaron desde el primer momento. Compró semillas de girasol y una papaya; según le dijo el anterior dueño del ave, era su alimento favorito. Sacó de la bodega su oxidada bicicleta,  la limpió y la aceitó. En menos de una semana las nubes oscuras se disiparon de su cielo. El primer domingo que fue al monte, se sintió enamorado de la naturaleza, la paciencia que se requiere para atrapar a un cardenal, le inspiro una profunda paz. Su primera incursión como atrapa aves se vio premiada por dos hermosos cardenales machos. La emoción no le cabía en el pecho.

Toda la semana disfrutó de las aves, aunque le habían advertido que las aves en cautiverio no solían cantar los primeros meses de su encierro, los recién atrapados le hacían  coro al cardenal maestro. Decidió comprar una jaula de mayor tamaño, para mantener a las aves que iba atrapando.

Las semanas se transformaron en meses, cada excursión  de caza era recompensada por uno o dos cardenales, a los siete meses ya tenía un aviario de cinco por cinco y cuatro  metros de alto. Los vecinos ya conocían la casa de Santiago como la casa de los cardenales. Por las mañanas y por las tardes, el cantar de más de treinta cantores rojos, se escuchaba a varios kilómetros:

—Don Santiago, véndame un par de esos bellos cardenales—decían los vecinos. Pero él respondía que no estaban en venta. Usaba mil pretextos para no vender a sus amadas aves. Lo cierto es que la colonia se había vuelto más alegre y la gente más amable.

Un domingo, habiendo armado sus bocatrampas, se sentó sobre una piedra con la espalda recargada en una ceiba, el cielo azul acariciaba sus pupilas, el viento que movía las hojas refrescó su piel, el ambiente olía a libertad… ¿libertad? Entonces entendió que lo que estaba haciendo era quitar la libertad a los bellos cardenales. Fue corriendo hacia las bocatrampas y las bajó, libero al maestro y rompió las jaulas. Bebió un gran sorbo de agua y montando su bicicleta regreso a su casa lo más rápido que le permitían sus piernas.

Cuando llegó abrió las puertas de la gran jaula de par en par, sin prisa las aves fueron partiendo una a una, hasta que todas recuperaron su libertad. A partir de aquel día Santiago iba al monte los fines de semana pero sin bocatrampas, se sentaba a admirar los cardenales revoloteando libres.

 

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