RELATOS SENCILLOS (LA REBELIÓN) [POR: JOSÉ SALATIEL TEC]

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El dolor que aqueja ahora al joven Anastacio Huchim no proviene de lo duro del trabajo, ni tampoco de alguna pena aplicada por la gente del patrón. Su dolor es más profundo porque tiene que ver con los latidos del corazón. Es algo parecido también a una intensa marejada que se revuelve en su interior y asoma entre sus ojos como un par de lágrimas…

Cuando la conoció, fue como haber tenido de golpe todas las estrellas, como si el arco iris de pronto se hubiera desleído en su mirada, o como si una gran cadena de cocayes hubiera encendido de repente su oscuro corazón, y pudo sentir entre su pecho algo así como el frenético aletear de los colibríes.

El día en que los padres de ella, junto con los suyos, y de acuerdo con la venia del patrón, formalizaron su noviazgo, comenzó a andar por un sendero lleno de panales deliciosos, por caminos blancos de lluvia y encendidas limonarias, se hizo dueño de la luna para dársela a su amada en cada una de sus manos.

Y los días se hicieron cortos no importando las largas jornadas de trabajo, el sol intenso se hizo hielo en su epidermis comparado con el tiempo en que estaba junto a ella…

Pero ahora su semblante luce triste. Sus pasos son más lentos. Ya no escucha el canto de los pájaros, no levanta los ojos hacia el cielo para buscar figuras en las nubes, camina con los ojos hacia el suelo, porque cree que su corazón se parece mucho a las piedras del camino, y todo esto porque el amo de la hacienda pasó toda la noche, por la fuerza, con su dulce prometida.

Sin embargo, su dolor va encaminado ahora a un profundo sentido de justicia, y más que nunca desea ser completamente libre, y luchar para que nunca un dolor tan grande como el suyo, se vuelva a repetir en la vida de los jóvenes como él, que sólo desean formar una familia sencilla como el viento.

No puede comprender cómo un derecho detestable pueda existir sobre la tierra.

Cuando el padre de su amada se enteró de todo aquello, levantó la voz de rebeldía, pero él y su hija perdieron la alegría de vivir. Se les veía caminar tristes y en silencio, el dolor de ella aumentó, cuando trajeron de la selva el cuerpo sin vida de su padre.

Los esbirros del patrón dijeron que fue un tigrillo, pero Anastacio Huchim y el joven profeta sabían que había sido un lobo.

Por eso la voz del joven profeta es el reflejo de las lluvias de septiembre: Un furioso vendaval que cimbra los árboles del monte, y resuena en el corazón de los peones de la hacienda.

“¡Nuestra causa es la justicia! ¡El derecho nos asiste!

“Antes nuestra felicidad era única, pero vinieron ellos para someternos, y en esto son felices, a costa de nuestro sufrimiento. A veces la felicidad de algunos existe sobre el sufrimiento de otros. Se acerca la hora de volver a nuestra antigua felicidad, porque aquí están nuestros hogares, nuestras familias, la razón es poseer nuestra tierra como antes, respirarla, sentirla en nuestro cuerpo como otra piel”.

Y habiendo dicho esto, se inclinó y besó la tierra. Los indios hicieron lo mismo y lloraron también sobre ella. Y al día siguiente, una multitud de flores blancas surgió de la tierra besada y tenían en los pétalos pequeñas gotas cristalinas, como el llanto de los peones y como el alma pura de la prometida de Anastacio Huchim.

Pero… de lejos… el viento iba trayendo algo así como un rumor que salía de los árboles… ¡Como un caracol de guerra!

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