LA BANDA DEL PODER. POR: JOSÉ GARCÍA

JOSÉ GARCIA

 

Cuando colgó el auricular, en su rostro una sonrisa insolente se miró. Debió ser algo muy importante. Se dirigió a mí, me palmeó la espalda y me dijo:

–¡Jacob! ¡Regresamos!

–¿Regresamos a dónde? –quise saber.

El Licenciado Fernando del Río es un político de carrera. Ha ocupado puestos altos en poco tiempo. Hace dos semanas que es Embajador en la Argentina. No lo aceptó de buena manera, pero la llamada de su padrino, el senador Roberto Bustos, le hizo cambiar raudamente.

Ando con el licenciado Del Río desde que fue diputado local en su natal Yucatán. Soy su asistente. Lo conocí cuando llegó a su oficina. Me encontró limpiando su escritorio y acomodando los papeles. Entró sin saludar, se sentó en su silla de cabecera alta y piel. Sin voltearme a ver me preguntó quién era y qué hacía ahí. Así era él, de pocas palabras pero muy astuto cuando hay que mover gente para su beneficio o el de su padrino político.

Llegó el día para regresar. Compré los boletos directo al Senado de la República. Durante el trayecto no soltó su celular. Habló con su padrino más de veinte veces. Ya tenía indicaciones para el fin de semana, así que descarté una visita a mi tierra, Veracruz.

Lo primero era llevarle un costoso ramo de rosas blancas a la señorita Claudia. Una vedette sin fama, pero de muy buen ver. Siempre estaba disponible al patrón. Son amantes hace un año. La conoció en la fiesta privada del capitán Albores. Era una de las chicas acompañantes que vinieron escondidas en el pastel colosal, obsequio de algunos amigos del gobierno.

Los martes, si se prolongaba la sesión en la cámara alta, mi tarea era ir por la señorita Claudia a su departamento de la colonia Roma. Se lo compró mi patrón para que esté contenta y tenga en donde relajarse.

Lo malo de este trabajo es que nunca puedes decir “pero”… Si el jefe dice “¡Jacob ve por Claudia!”, ahí estamos. Si dice, “vamos de parranda”, ahí vamos. Si dice, “¡espérame!”, lo espero. No hay tiempo, día, ni lugar para no hacerlo.

Si él duerme cómodo en una suite con servicio al cuarto, yo inclino el asiento del chofer a todo lo que da, una cena con agua y lo que hubiera guardado en la guantera y a contar las estrellas hasta desplomarme en los brazos de Morfeo.

Pero no todo era malo. Nunca creí conocer sitios fascinantes, viajar, probar bocados exóticos, buenos vinos, en fin, darse buena vida, aunque limitado. Y la paga ni que contarlo.

Hacía veinte minutos que lo pasé a dejar en el hotel donde vive. Iba entrando a mi departamento cuando sonó el celular. Era el licenciado.

–¡Jacob, regresa inmediatamente! –sonó muy preocupante su voz.

Ya me esperaba en el lobby. Cuando me vio, ni me dejó hablar. Me tomó del brazo y nos dirigimos a la camioneta. Me indicó el destino: la casa de su padrino Bustos.

¿A esa hora?, nos va a sacar a balazos el licenciado, imaginé.

En el trayecto no hice pregunta alguna. Cuándo está con las cejas fruncidas, mascando chicle y respirando agitadamente, es que algo grueso está sucediendo.

–¡Alto! ¡Mejor vámonos a la chingada! ¡Llévame con Claudia! –refunfuñó.

Andaba en la modorra cuando tres golpeteos al cristal me levantaron. Le abrí la puerta al jefe, encendí el motor y le pregunté hacia dónde. Miré mi reloj, ya pasaba de las diez de la mañana.

–¡Vámonos a la chingada mi querido Jacob!

¡Oh, no! ¿Otra vez? Manejé dos cuadras en línea recta en espera de alguna orden, cuando comenzó a vociferar.

–¡Y se dice mi padrino! !Perro! –sus palabras estaban fuera de línea– Siempre le conseguí gente, peces gordos y en sus mítines cientos de personas de relleno ¡para que me pague así!

El motivo de su enojo fue que a su padrino, el senador Bustos, lo habían postulado para la grande. “La presidencia de la República”. Y a mi jefe lo hizo venir nada más para presumirle, sin tomarlo en cuenta para alguna secretaría o cercano a él.

De esto ya una semana. De vuelta a la Argentina, mi jefe llevaba su agenda normal, claro con no cara de buenos amigos por la noticia y por tener lejos a su morra, la tal Claudia. Hasta aquel mediodía que sus ojos se desorbitaron de su cara al recibir la visita del licenciado León y su morra la Claudia, que por el clima raro que se vive aquí, andaba sin mostrar más que los dedos de los pies pintados muy tricolor.

El licenciado León y mi jefazo se conocieron en la toma de posesión de su padrino como Presidente de la República. No era un político de carrera, pero sí un próspero empresario que abrió su cartera en la compra de votos para conceder tal asignación al Lic. Bustos. De ello, se volvió el brazo derecho del hoy presidente nacional.

“No me des, ponme donde hay”, la frase favorita del Lic. León. Se volvieron constantes los viajes de mi jefe a México. No por la morra que hacía 15 días que no sabía de ella. Más bien por la relación que llevaba y un plan que iba cocinando junto al Lic. León. La creación de un partido político y una futura postulación para contender por la grande apenas concluya el coetáneo presidente.

Todo iba concerniente en el tiempo. En algo valió la buena relación. De Argentina pasamos a Washington. Los viajes sin dificultad de tiempo ayudaban. A dos años de creado el Partido Único Mexicano, mi jefe, como presidente del mismo, estaba alejado del padrino, pero se había acercado a la crema y nata de empresarios chipo-coludos del país, y todo por el discreto conducir de su socio, el Lic. León.

–Mi estimado Jacob, hoy nos vamos de cacería –en tono festivo expresó.

Me pidió le llevara al antro de moda en la capital. Esa noche, sólo él y yo llegamos. Su servicio de vigilancia tuvo descanso, decía el licenciado que menos bulto y pasamos desapercibidos. Lo noté con una mirada de animación que hacía rato no denotaba. Después de varios whiskies llamó a dos acompañantes sacadas de una revista de caballeros. Nos hicimos pasar por empresarios fuereños. Entre baile y baile y copa y copa, parecíamos grandes amigos.

Con la confianza de los alcoholes, le pasé el brazo por los hombros, le di una palmada en el pecho y le dije:

–¡Pinche Licenciado! ¡Eres una reata! ¡Me caes a toda madre, que por ti haría cualquier cosa! –eufórico le alabé.

–¿De verdad mi estimado Jacob? ¿Cualquier cosa…?

–La neta Licenciado –haciendo la cruz con los dedos lo pacté.

Una esteparia mirada lo transformó. Retiró a las chicas del club con una buena propina. Ya a solas, miró a los lados, se frotó la cara con la mano, y me dio una palmada…

–¡Jacob! –dijo mi nombre hechizado– ¡Quiero que asesines al presidente de la república!

Quedé en sosiego ante tal solicitud. Un breve espacio lo quise camuflar con una risa grotesca, pero ni eso hizo que la mirada del jefe fuera otra.

Me dirigí al baño, me miré al espejo. No di importancia al comentario. Con dos botellas de whisky encima cualquiera dice una pendejada.

Al regresar a la mesa, el licenciado ya andaba con otras bellezas. Me senté y aún con el agua que me refrescó la memoria y la cara, lo miré con desconfianza…

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