FASE REM. POR: SONIA MAYLLEND

sona 2

 

Noche a noche busco el descanso pegando mi mejilla a la almohada, incluso sonrío ante la idea de un descanso laxo y placentero. Atraigo imágenes de aconteceres gratos, ya con mi familia u ocurrencias aisladas de lo cotidiano. Un Padre Nuestro evoco en agradecimiento por todo lo bueno que en mi vida existe.

No tengo idea del tiempo transcurrido, supongo que apenas unos minutos, incluso pienso en aprovechar que no estoy del todo dormida para beber un poco de agua y pasar al baño, pero inmediatamente desisto de la idea para no espantar el sueño, ¿qué tal que luego no lo recupero?

Me alegro por mi decisión de continuar con los ojos cerrados y acostada y me encaramo en la primera nube que pasa por ahí. Me encanta elevarme por sobre mi cuerpo desmadejado en la cama y alcanzo a ver cómo se regodea y acurruca entre las almohadas buscando la posición más cómoda. Mírome con cara de paz serena y continúo elevándome a los confines del todo, de la nada.

El vuelo se vuelve violento, tan vertiginoso que de pronto caigo. Siento encogimiento en el estómago al verme en el vacío del espacio mismo. Sigo cayendo y busco de dónde asirme para terminar con mi descenso a lo abismal. Muevo pies y manos para retomar el vuelo y busco otra nube, otra almohada, otra cama… una mano que me sostenga y que interrumpa la caída mortal.

Deambulo en forma fantasmal por lugares tenebrosos. Camino por los pasillos de recuerdos. Abro puertas de cuartos obscuros de los que emergen ayes y gritos lastimeros, voces de advertencia “¡corre, corre!”.

Sin pensarlo emprendo la huida tan lentamente como mis pies pesados me permiten. Estoy en un callejón corto y angosto que carece de paredes y techos. Hay crujías cerradas con cadenas y candados, a la derecha y a la izquierda una que otra ventana. Sigo corriendo por un túnel que se alarga con una pequeña luz al fondo a la que debo llegar. La inundación de lodo chapoteado tal vez me permita nadar, braceando y pataleando para continuar.

¡El dinero!, no debo soltarlo, son muchos billetes y los aprieto para que no se pierdan en el mar, los peces se ahogarían con ellos y querrían correr en mi lugar. No desfallezco, aunque nadie me seque el sudor que escurre por la frente, continúo la travesía hasta llegar.

Más adelante veo algo y me abalanzo para alcanzar el muelle, sin abrir mi puño derecho, con la otra mano me sujeto para trepar. Por más esfuerzos que hago no logro mi objetivo y… ¡CLAC!

–¡Mamá, mamá! ¿Qué te pasó?!

La luz se enciende y pienso ¿alcancé la luz?

–A ver mamá, deja te levanto.

Me llevo la mano vacía a la cabeza. Porque la otra mano sigue aprisionando los billetes.

–¡Ay mamá!, mira qué chipote te hiciste.

En vilo me levanta con mucho cuidado para recostarme en la cama.

–Mira nada más, te enterraste las uñas, te sangra un poco la mano.

Uno a uno, estira mis dedos y… ¡¿y los billetes?!

Le sonrío a mi hijo y balbuceo en susurro casi inaudible: “Fase REM”.

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