CERO MUERTOS [POR: RAÚL R. DZUL PAREDES]

foto Raul

Fijaba, mi tío Dan, la última de las estacas, cuando remotamente se escuchó algo parecido a un bramido retumbante, a lo que el monte y su fauna respondió con el suyo notablemente nervioso. Mi tío, sin decir nada, apresuró la tarea y con sogas de buen grosor ató, con mi escasa ayuda, una veintena de cajas de abejas, que contra su costumbre no emitían sus zumbidos. Tenía la esperanza que las estacas y las sogas resistirían cualquier embate.

Las rachitas de viento que nos habían acompañado previamente, cesaron para dar paso a gruesas gotas de agua y, casi de inmediato, unas fauces gigantescas, con múltiples lenguas líquidas, comenzaron a exhalar, con lujo de violencia, toda clase de objetos: pedazos de ramas, animales vivos y muertos, y otros objetos que no alcanzaba a identificar. Quería ver, pero el agua, a veces caliente a veces helada, me pegaba el rostro infringiéndome un dolor insoportable. Involuntariamente la tenía que tragar pues no podía mantener los labios cerrados y su sabor salado me provocaba nauseas.

No entendía por qué seguíamos allí, como sembrados, ante ese monstruo amorfo, cuyo tamaño (y tenía que ser inmenso) no alcanzaba a identificar. Así, con los ojos casi cerrados y en medio de la semioscuridad producida por cortinas de agua, y chorros provenientes de cualquier punto, creí ver cómo aquellas fauces formidables se tragaron un par de cajas de las abejas.

Mi tío apretó la mano que me tenía tomada, y supe que su cuerpo acababa de recibir un golpe letal que le había roto algo por dentro. Pensé que iba a caer, pero me equivoqué, porque, acaso temiendo que la bestia me tragara igual, salimos del monte y nos dirigimos a su casa, que por fortuna no quedaba tan lejos.

Mi tía Flora nos abrió la puerta. Dio gracias a Dios de que hubiéramos regresado, mientras nos envolvía con unas sábanas para secarnos. La luz de una vela alumbraba el interior de aquella casa de paja.

–Se acabó –soltó con voz dolorosa mi tío, y mi tía no supo, o no quiso, decir nada.

Comimos huevos estrellados, directos de la sartén, cocinados por mí tía en el rincón, sobre un brasero formado con tres piedras y carbón.

Nos acostamos para tratar de dormir. Una veladora rompía la densa oscuridad. El movimiento de las hamacas dibujaba sombras caprichosas. Mientras pensaba en el monstruo de agua y su probable tamaño, me dormí y, sin querer, reviví una y otra vez en sueños lo ocurrido esa tarde.

Cuando desperté, al mirar el techo, sabía que estaba en mi casa. Llevaba cuatro noches consecutivas soñando lo mismo. Andaba de vacaciones y pronto regresaría a la escuela para iniciar mi tercer año en la secundaria.

El día anterior habían enterrado a mi tío Dan, tres días después del paso del ciclón “Beulah”.

Inevitable, rememoré que la mañana del día después, me quedé dormido y apenas esclareció, mi tío retornó a su parcela “a ver qué salvaba”.

Regresó por allá de las once la mañana, ardiendo en calentura; le preguntaron si quería comer, pues había salido sin desayunar y contestó que “sólo un poco de pozole”. Dijo que todo se había perdido, el henequén se había quemado y de las abejas, ni rastro.

Tomó su hamaca y se durmió casi enseguida. Al poco rato mi tía le pidió al vecino que fuera por un doctor porque mi tío ardía en fiebre y deliraba gritando incoherencias.

El doctor Matos, amablemente, consintió trasladarse a la comisaría de Cancabchén, donde vivía el tío Dan. Lo revisó y no le encontró signos de enfermedad alguna. Le recetó unas tabletas para bajarle la fiebre y recomendó a mi tía que lo ayudara con paños fríos. Cuando quisieron levantarlo para hacer sus necesidades, descubrieron que tenía la boca torcida, tampoco podía caminar.

Ya no volvieron por el doctor porque mi tía y varios de los vecinos concluyeron que mi tío había cargado los “malos aires” que acompañaban a los ciclones. Mandaron por don Claudio, el yerbatero, para sacarle esos “malos aires”, pero tampoco tuvo éxito.

El tío Dan murió fundido por la fiebre. Siguiendo la ruta de sus pencas quemadas.

Tomé el diario de ese día que mi padre había dejado sobre la mesa, y me dispuse a leer la página de deportes para distraerme. Antes de encontrar dicha sección, me llamó la atención el encabezado de las noticias locales:

“SALDO BLANCO DEJA EL HURACÁN BEULAH: CERO MUERTOS”.

“Reporte oficial, ofrecido por el Gobernador del Estado”, se podía leer en el subtítulo de la nota.

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