EXPOSICIÓN DE ALMOHADAS [POR: SONIA MAYLLEND]

sona 2

Gran Exposición de Almohadas ~ No se la Puede Perder ~ El Próximo Domingo en el Auditorio Municipal ~ ¡Ahí Los Esperamos!

En la marquesina del otrora Gran Teatro de la Ciudad se leía “IV EXPOSICIÓN DE ALMOHADAS”. Ya había escuchado los promocionales en la TV del éxito obtenido en sus anteriores giras con tan singular muestra y por lo mismo habían realizado esfuerzos supremos para “Traerla de Nuevo a Nuestra Ciudad”.

Agapo (en verdad se llamaba Agapito, pero modificó su nombre debido a que le molestaban los diminutivos por considerarlos inadecuados para un adulto), fue movido por la curiosidad, alimentada también por la ociosidad de tiempos muertos en su trabajo.

Parado en la acera de enfrente, jugaba con las monedas que guardaba en los bolsillos del pantalón, evaluando el gasto y calculando la cantidad, pero la verdad es que se preguntaba ¿qué interés podría despertar una muestra de objetos insulsos y cotidianos para atraer a la gente, ya fueran unos 10, 33 o equis número de personas?

Se reía de sí mismo, pues ahí estaba él, a punto de satisfacer una curiosidad ¿mórbida?, tal vez. En fin, nada perdía, ni siquiera su tiempo.

–Un boleto por favor.

–Cerramos en dos horas señor ¿prefiere venir mañana?

Le causó extrañeza tal pregunta, pues no creía tardar más de 30 minutos en recorrer la sala.

–No importa, es que estoy de paso y seguramente mañana ya no estaré por acá. Alzándose de hombros el taquillero le extiende el boleto diciéndole:

–Por ser visitante le cobraré sólo la mitad, ya que no alcanzará a ver gran cosa. Sea usted bienvenido a nuestra hermosa ciudad.

La verdad sea dicha, la palabrería del taquillero le provocaba apresurar el paso hasta casi correr para explorar la sala en la que se oían melodiosos violines.

El salón se encontraba a medio llenar de gente muy bulliciosa, tanto, que opacaban la música ambiental. Las personas se estacionaban frente a las “almohadas” para admirarlas o leerlas. Escuchaba exclamaciones de todo tipo; algunas risitas, otros ¡ohes! de admiración y varios cuchicheos. Por ahí también andaba un grupo de 6 jovencitas que muy seriamente tomaban notas y también fotografías, disimuladamente, ya que era una prohibición y condicionante para continuar en el recinto.

Su asombro iba en aumento al descubrir  algo muy distinto a lo esperado. En su mente brincaban imágenes de telas amarillentas, sucias, manchadas, rotas o incluso quemadas y se encontró ante más de un centenar de almohadas que pendían de hilos transparentes. Además de que eran de diferentes tamaños, formas y colores, también tenían inscritos, algunos eran breves de 4 ó 5 líneas y otros más extensos, pero casi todos tenían imágenes alusivas al tema, muy llamativas y artesanales.

En cuanto divisó un hueco se acercó para leer un haiku:

“Si me ves amor

tomas mi alma azul

y mi corazón”.

En automático se llevó la mano derecha al bolsillo de su camisa en busca de un bolígrafo y sonrió al darse cuenta de que no lo llevaba consigo, pues no había considerado la posibilidad de anotar nada. Lo que lo impulsó fue el hecho de que el haiku estaba bordado sobre una almohadilla de satén azul marino con hilo de seda blanco en letra manuscrita. Le agradó y pensó que era bonito.

Continuó su camino mirando y no sabía si acercarse a leer los almohadones cilíndricos de terciopelo dorado, o aquellos de más allá en forma de octágono con fórmulas químicas. Cuánta diversidad e imaginación.

Hallándose cerca de la puerta de otro salón quiso entrar y le fue negado el paso pues cerrarían en unos minutos más y preguntó si el contenido era el mismo.

–No señor, este es”EL SALÓN DE LOS SUEÑOS”.

No le quedó más alternativa que retirarse.

De camino al hotel se preguntó que cómo era posible que pasara 2 horas en el primer salón sin haberlo sentido y se dijo.

–Agapo, mañana volvemos, ese salón de los sueños, no se nos escapa.

A las 10 de la mañana, armado con un bolígrafo y libreta, se enfiló hacia la “Expo-Almohada” y menuda sorpresa recibió al ver una fila de más de 30 personas esperando a que abrieran la taquilla. Ahora se arrepentía de haber tomado sólo un café con pan tostado y jugo de naranja.

Ya en el interior se dirigió a la sala que le tenía intrigado y tuvo que esperar 20 minutos más, espera que desespera, se decía. Aprovecharía para echar otro vistazo a las coloridas almohadas. Por ahí divisó un corazón de terciopelo rojo granate atravesado con una flecha dorada con un parche simulando una nota que decía “Mi corazón sin ti, no quiere latir”. Anotó esto en su libretita pensando, está medio cursi, pero es simpático.

Al ver que retiraban la cadena del salón adjunto cediendo el paso a los visitantes, de inmediato entró siendo el primero en arribar a… ¿a dónde? ¡pues al Salón de Sueños!

La sonrisa amplia se le borró casi de inmediato, ahí no había otra cosa que una galería extensa en la que se exhibían almohadas y almohadones en diferentes tonalidades de blanco; beiges, amarillentos, grisáceos…, además no pendían de hilos, estaban como clavados en los muros, lo único que rompía la monotonía era que algunos tenían ribetes o encajes, uno que otro contaba con un pequeño listón o moño a modo de ornato. Otra diferencia muy notoria, es que ninguno era bordado, todos tenían sus inscritos con tinta negra-

–Monótono, aburrido –se decía. ¡Eran más de 100 piezas!– Qué desperdicio de tiempo y qué decepción.

Con desdén y desgano comenzó a pasearse sin el menor deseo de leer o tomar nota alguna. Aun así y sin pensarlo siquiera, se encontró leyendo…

“… la esperaré en la vereda a la misma hora en que la morena acostumbra pasar, la espiaré y cuando se meta al río iré a darle alcance ya desnudo para fundir nuestros cuerpos en uno solo, como sé que ella lo desea, tanto o más que yo”.

Como hipnotizado leyó otra vez, volvió a leer y lo releyó quedando estupefacto, lívido, azorado. Su mente se trasladó a sus años mozos, al lejano pasado.

Un hombre pasaba en su triciclo pregonando ¡Compro almohadas, sucias, rotas, babeadas o miadas! ¡No las tire, yo le doy 5 pesos!

Su madre salió con 2 almohadas y le preguntó si no le interesaban también las sábanas y cuánto le daría por ellas, a lo que él respondió.

–No mi bella dama, esas piezas no transmiten nada. La señora se le quedó viendo y vuelve a preguntar

–¿Y pa’qué las quiere, si no es indiscreción?

El pregonero se reacomoda, sin bajarse del triciclo, para explicarle.

–Yo prestidigito.

– ¡Ay Dió! ¿Y cómo es eso o para qué?

El hombre responde:

–Cuando me acuesto la pongo bajo mi cabeza, como si la almohada fuera mía y entonces yo veo lo que se guarda del último que la usó.

–Soy ¡El Atrapa-Sueños!

FIN

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